Mi amigo el monstruo
Reseñas generalesDicen que en lo profundo del bosque negro, donde la niebla nunca se disipa, habita un monstruo. No uno de esos de cuentos infantiles, sino una criatura enorme, de ojos brillantes y garras que podrían desgarrar árboles. Lo temen todos, incluso los más valientes cazadores. Pero yo sé la verdad. Yo conocí su alma.
Todo comenzó una tarde de otoño, cuando la tierra aún sangraba hojas rojas y el viento llevaba secretos en susurros. Mi pequeña ternera, Luna, se escapó del corral. Era la única que me quedaba después de la enfermedad que arrasó con el ganado. Corrí tras ella, desesperado, sin pensar. Me adentré más allá de donde los árboles dejan de sonar y el silencio se vuelve espeso.
La encontré entre zarzas, temblando. Y frente a ella... él. El monstruo.
Su silueta gigantesca se alzaba entre las sombras. Pensé que todo estaba perdido. Pero no atacó. Se agachó lentamente, como quien teme romper algo frágil. Con una ternura que no esperaba, acarició el lomo de Luna con sus enormes manos peludas. Ella no tenía miedo. Se quedó junto a él, como si ya fueran viejos amigos.
Yo me escondí, observando en silencio. Día tras día volví al mismo sitio. Siempre los encontraba juntos: la ternera dormía entre sus patas, él la cubría del frío. Llevaba frutas y pan, que dejaba cerca. Él me miraba desde la distancia, sin acercarse, pero sin huir. Sus ojos, aunque temibles, eran tristes. Había soledad en ellos, una antigua herida sin cerrar.
Pasaron semanas. Una noche, escuché gritos. Un grupo de hombres del pueblo, armados con antorchas, había seguido mis huellas. Habían oído rumores, y temían que el monstruo me tuviera prisionero.
Corrí, grité que no hicieran daño, pero llegaron antes que yo. Lo encontraron acurrucado con Luna entre sus brazos. Él no se defendió. No rugió. Solo se quedó quieto, esperando lo peor.
Pero entonces, Luna se interpuso. Baló con fuerza, miró a los hombres con ojos llenos de súplica. Y yo llegué justo a tiempo para explicar la verdad.
No fue fácil convencerlos, pero al final vieron lo mismo que yo: un ser solitario, herido por el rechazo, que solo buscaba un poco de compañía.
Ahora, el bosque ya no es un lugar maldito. Los niños juegan cerca, los adultos traen ofrendas de comida, y Luna corre feliz entre flores. El monstruo, mi amigo, tiene un nombre: Nuve A veces ríe, a veces canta. Siempre protege.
Dicen que los monstruos no existen, pero yo aprendí que a veces solo son almas tristes esperando ser vistas. Y que hasta la más oscura criatura puede ser luz, si alguien le tiende la mano.


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