El visitante
Narrativa
Ayer lo vi de nuevo, con su boca asquerosa, su aliento fétido, los ojos apagados, el cabello escaso y la piel llena de marcas y arrugas. No me gusta verlo, pero siempre me saluda. Es amable, pero…
Lo vi por primera vez hace unos meses, justo después de la fiesta. Habíamos estado cantando y bailando, sin problemas, sin fantasmas ni monstruos. Al terminar, fui a sacar la basura, y de pronto apareció, sin decir nada. Me asustó, me llenó de angustia. Estaba ahí, solo, afuera de casa. Solo me miró, y sentí cómo se me erizaban los nervios. No pude dormir esa noche; su cara no se me salía de la cabeza.

Después lo noté otra vez por la mañana, cuando iba a tomar el autobús. Me esperaba en la parada. Se acercó a mí y me tocó. Me sorprendí al verlo. Casi tropiezo. Subí con dificultad al camión, tambaleando, pues me dolía la rodilla. La gente me miraba y me preguntaba si estaba bien. Les dije que sí, por pura vergüenza.
Lo vi días después en la oficina. Era de noche y estaba solo, y su mano, casi esquelética, me tomó del hombro. Estaba apurado por terminar un informe. De nuevo, llegó sin avisar, sin que lo esperara o lo viera. Me giré y lo vi ahí, sonriendo con su dentadura sucia, con huecos entre los dientes. Salí de la oficina aturdido; hasta se me olvidó terminar el trabajo. Por supuesto, mi jefe me regañó. Le dije que simplemente se me había olvidado hacerlo. ¿Qué más podía decirle?
Después de ese día, sabía que lo vería de nuevo, así que, en vez de sorprenderme, su llegada me hizo estar alerta. Era un monstruo y me acechaba. Pasaba las noches sin dormir, esperando a que llegara de nuevo. Tenía sueño, estaba cansado, me veía viejo y se me empezó a caer el cabello.
Dejé de ir a reuniones, a fiestas; solo iba a trabajar, pero regresaba rápido. Mis amigos… mis amigos dejaron de frecuentarme, o ¿yo a ellos? No lo sé. Solo sé que me quedé solo. Ya nadie me hablaba, ni me buscaba. Me veían y me daban la vuelta. Cuando las personas me veían con él, se iban de inmediato… o eso parecía, como si oliera mal. Comía solo, paseaba solo, andaba solo… hasta que un día se sentó a mi lado y no se movió.
—¡Hola! —me dijo, y yo lo saludé de vuelta.
Solo se sentó a mi lado, sin decir nada más. No me atrevía a mirarlo directamente, pero sabía que estaba ahí, con una sonrisa. Me acompañaba. Era el único que lo hacía. Casi nunca se apartaba de mí.
Con el tiempo, me he acostumbrado a su presencia. Ya no me angustia ni me sorprende, pero… no me gusta verlo. Le cuento cosas, pues no hay nadie más con quien pueda hablar. Me sigue a todos lados. Me acompaña.
Le hablo de mi día, de mis problemas, como si no lo hubiera visto. Vamos al parque juntos, nos sentamos a ver los patos, a pasar la vida. Río de mis propias ocurrencias, y su sonrisa amable me conforta. Su cara vieja se ha vuelto amable, hasta tierna.
Casi ha pasado un año, y de nuevo, será otra vez mi cumpleaños… y ahora ya lo puedo ver a la cara. Y he notado algo: se parece a mí, a mi yo viejo…


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