EL ENCUENTRO
Reseñas generalesEl aire quieto y denso del pantano se pegaba a mi piel, un abrazo húmedo y pesado que prometía miseria. Había estado siguiendo las huellas durante horas, marcas imposibles que deformaban la tierra blanda: una combinación de garras, un arrastre pesado y una huella de tres dedos del tamaño de un plato. La superstición local hablaba de un "Desollador", una criatura de la que solo se susurraba en voz baja, responsable de la desaparición de ganado y, ocasionalmente, de algún viajero incauto. Yo, un naturalista con más curiosidad que sentido común, había decidido desentrañar el mito.
El sol se hundía, tiñendo el cielo de un violeta enfermizo y reflejándose en las aguas estancadas. El concierto de insectos, que antes era una cacofonía irritante, se había silenciado, reemplazado por un silencio antinatural y opresivo. Mi corazón comenzó a latir con la insistencia de un tambor de guerra. Sabía que estaba cerca.
Un crujido de ramas rotas a mi izquierda me hizo girar, levantando mi rifle con una rapidez practicada. No había nada. Solo los árboles retorcidos y los helechos gigantes que parecían mirarme. Pero entonces, un hedor. Un olor a tierra mojada, carroña y algo más, algo punzante y químico, que me hizo arrugar la nariz.
Un movimiento en la oscuridad, una sombra que se desprendió de la penumbra y se materializó ante mí. No era como las historias. No era un demonio alado o un hombre lobo peludo. Era una criatura de proporciones gigantescas, su cuerpo cubierto de una piel gruesa y escamosa de un color verde oscuro que se mimetizaba perfectamente con el follaje. Sus patas traseras eran macizas, las garras como hoces, y un par de patas delanteras más pequeñas se extendían desde su torso, terminando en manos sorprendentemente delicadas, casi humanas, pero con garras afiladas y curvas. Lo más impactante, sin embargo, era su cabeza. Alargada, con una mandíbula que se abría para revelar hileras de dientes irregulares, y dos ojos grandes y saltones, de un naranja brillante, que me observaban con una inteligencia escalofriante.
El Desollador.
Me quedé inmóvil, mi mente luchando por procesar la realidad de lo que veía. No había rugido, ni embestida. Simplemente me miraba, una criatura de la noche, un depredador que había salido de la oscuridad. La bestia inclinó ligeramente su cabeza, como si me estuviera evaluando, una curiosidad casi palpable en sus ojos anaranjados.
El miedo, puro y primitivo, me golpeó. Era una criatura de pesadilla, real y presente. Levanté mi rifle, pero mis manos temblaban tanto que la mira danzaba. No era una bestia salvaje para ser cazada. Era algo más, algo ancestral y poderoso.
El monstruo dio un paso, su movimiento lento y deliberado, y el suelo bajo mis pies vibró. No pude disparar. No pude moverme. Estaba paralizado, no por terror, sino por la abrumadora sensación de estar en presencia de algo que desafiaba toda mi comprensión del mundo. No era maldad lo que emanaba de él, sino una indiferencia brutal, la de un depredador ante su presa.
Entonces, tan repentinamente como había aparecido, el Desollador se giró y se desvaneció en la oscuridad del pantano, su silueta masiva disolviéndose en las sombras como si nunca hubiera estado allí. El silencio volvió, aún más pesado que antes, roto solo por el latido frenético de mi propio corazón.

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