SOMBRA
Reseñas generalesLa ciudad de Neotérra dormía bajo un cielo rojo, teñido por la grieta dimensional que se abría en el horizonte. Los ciudadanos se refugiaban en silencio, temiendo lo que pudiera emerger del vacío. Solo una figura caminaba con determinación hacia el abismo: Sombra, el último Centinela Interdimensional.
Vestido con un traje negro de nanofibras que absorbía la luz, Sombra era más que un humano: era el resultado de un experimento del Consejo de Dimensiones para defender la Tierra de invasores extradimensionales. Su rostro estaba cubierto por una máscara sin rasgos, salvo por sus ojos blancos que brillaban como faros en la oscuridad.
Una voz estalló en su comunicador.
—Sombra, aquí la Comandante Alina. La grieta se está estabilizando. Las criaturas de Ekran-7 están a punto de cruzar. Tienes cinco minutos.
—Solo necesito tres —respondió Sombra con frialdad.
Corrió por los tejados, su silueta fundiéndose con las sombras. Cada salto era preciso, cada movimiento una coreografía entrenada para la guerra. Cuando llegó a la grieta, el aire vibraba como un enjambre de abejas furiosas. Y entonces, ellos llegaron.
Criaturas insectoides de cuatro metros, con pinzas brillantes y caparazones de obsidiana, se arrastraron desde la grieta. Detrás de ellos, un ser gigantesco emergía lentamente: El Devorador de Ecos, un ser que consumía no solo materia, sino memoria.
—Sombra —dijo una voz desde el vacío. No era un sonido, sino un pensamiento proyectado—. No puedes detener lo inevitable. La Tierra caerá.
—Entonces morirás conmigo —susurró Sombra, activando las cuchillas fotónicas de sus guantes.
Se lanzó contra la primera criatura. Sus movimientos eran un borrón; una danza de muerte. Cada golpe iba directo a los puntos débiles que solo él conocía. Dos, tres, cinco enemigos cayeron antes de que una pinza rozara su costado, rasgando parte de su traje. No sangró. No aún.
Sombra extendió su brazo y lanzó una bomba de sombra: una esfera que absorbía la luz y la convertía en un vórtice de gravedad temporal. Las criaturas cercanas fueron succionadas y desintegradas.
Pero el Devorador ya estaba a medio cuerpo fuera de la grieta. Su mera presencia alteraba la realidad: edificios se derretían como cera, el cielo lloraba fragmentos de tiempo congelado.
—Alina —gruñó Sombra—. Necesito la Lanza de Entropía.
—Eso fue destruido en la batalla de Nixaris —respondió ella—. Lo único que te queda es el Núcleo Oscuro.
Sombra vaciló. El Núcleo Oscuro era una fuente de energía prohibida. Si lo usaba, su cuerpo sería consumido por completo.
—Entendido.
Desde un compartimento en su cinturón, extrajo una esfera negra que vibraba con energía caótica. El Núcleo Oscuro. Lo incrustó en su pecho y gritó cuando la energía se fusionó con su alma.
Un halo de sombras puras envolvió su cuerpo. Sombra se elevó por el aire, ya no como humano, sino como entidad viviente del equilibrio entre luz y oscuridad.
—¡DEMONIO! —rugió el Devorador, retrocediendo por primera vez.
Sombra lo atacó como un cometa de tinieblas. Cada golpe era una explosión de antimateria. Los cielos temblaban, la tierra se quebraba. El Devorador lanzó un alarido sónico que rompió cristales a kilómetros, pero Sombra no se detuvo.
El combate fue titánico. A cada segundo, el poder del Núcleo Oscuro lo consumía más. Su piel se agrietaba, sus ojos brillaban con una furia inhumana.
Finalmente, lo arrastró hacia la grieta, usando toda su fuerza para empujar al monstruo de vuelta a su dimensión.
—No... puedes... ganar... —jadeó el Devorador.
—No necesito ganar. Solo necesito encerrarte.
Con un último esfuerzo, Sombra activó su comunicador.
—¡Alina! ¡Cierra la grieta! ¡Ahora!
—¡Pero tú aún estás—!
—¡CIÉRRALA!
La grieta comenzó a cerrarse, envolviendo al Devorador y a Sombra en un vórtice de luz inversa. El mundo tembló. Y entonces... silencio.
Neotérra quedó en calma. El cielo recuperó su color. Las criaturas desaparecieron como polvo llevado por el viento.
Durante horas, el Consejo y la Comandante Alina rastrearon señales de vida. Nada.
Días después, en una zona remota del planeta, un niño encontró una figura tirada entre ruinas: un hombre envuelto en sombras, apenas respirando, con ojos blancos que apenas parpadeaban.
Era Sombra. Había sobrevivido.
Pero algo en él había cambiado.
Ya no era solo un defensor. Ahora era un puente entre mundos.
Una advertencia viva de lo que acecha más allá del velo.
Y mientras se recuperaba, con su cuerpo reparándose poco a poco gracias al Núcleo que aún latía en su pecho, una nueva grieta apareció en el cielo.
Él se levantó. Aún tenía una misión.
Porque mientras existan amenazas de otros mundos...
Sombra nunca descansará.



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