Español

Reseñas generales

Te masturbarías en la casa del vecino? Si la respuesta es no, ¿por qué hablas español? Piénsalo, tiene la misma lógica. Estás usando algo ajeno como tuyo, algo que viene de otro lugar, algo que no es tuyo, no es de donde vienes. No es nuestra lengua, es una traída de Europa, una que no es de nuestra casa, no es de nuestro hogar. Es un hogar ajeno, es algo tan íntimo, es algo que todos hacemos, es algo que debería ser hecho en nuestra casa y no en otra, pero lo hacemos y lo aceptamos como si el idioma ajeno fuera nuestro.

 

Y es precisamente en esa aceptación donde reside la tragedia silenciosa, la herida que sigue supurando. Hemos interiorizado la lengua del colonizador hasta el punto de que se nos hace impensable concebir nuestra existencia sin ella. Nos han convencido de que es la lengua de la civilización, del progreso, la única capaz de articular pensamientos complejos y emociones profundas. ¡Qué falacia! ¿Acaso los vastos conocimientos ancestrales de nuestros pueblos originarios, sus intrincadas mitologías, sus sofisticadas estructuras sociales, no fueron expresados en lenguas que hoy consideramos "primitivas" o "extintas"?

La imposición del español no fue un acto neutral de intercambio cultural. Fue una violencia epistémica, un borrado sistemático de mundos, de cosmovisiones enteras. Cada palabra indígena que se perdió, cada gramática silenciada, significó la amputación de una forma única de entender y nombrar la realidad. Nos arrancaron las raíces lingüísticas para sembrar en su lugar un idioma que, por más que intentemos adaptarlo y hacerlo nuestro, siempre cargará con el peso de su origen: la voz de la conquista.

Pensemos en el acto de nombrar. En las lenguas originarias, los nombres no son meras etiquetas; son descripciones, historias, conexiones con el entorno, con los ancestros. Un árbol no es solo "árbol", es "el que da sombra al abuelo", "el que susurra los secretos del viento". El español, en su pragmatismo europeo, nos despoja de esa riqueza poética y espiritual. Nos obliga a encasillar la realidad en categorías preestablecidas, limitando nuestra capacidad de percibir la interconexión de todo lo que existe.

Y lo más doloroso es cómo esta imposición se reproduce en cada generación. Desde la escuela, se nos castiga por hablar nuestras lenguas maternas si estas no son el castellano. Se nos adoctrina en la superioridad de la lengua impuesta, relegando nuestras propias formas de expresión a un folclore exótico o, peor aún, a un signo de atraso. Hemos llegado al punto de sentir vergüenza por nuestros acentos, por nuestras cadencias que no se ajustan al estándar "correcto" dictado desde la metrópoli.

¿Cómo podemos entonces iniciar un proceso de descolonización lingüística? No se trata de abandonar por completo el español de la noche a la mañana, una empresa, quizás, utópica en la actualidad. Se trata de reconocer el daño, de ser conscientes de la violencia que subyace en su imposición. Se trata de revalorizar y revitalizar nuestras lenguas originarias, de aprenderlas, de enseñarlas a nuestros hijos, de luchar por su inclusión en los espacios públicos y educativos. Se trata de entender que el español, por útil que nos resulte en el mundo globalizado, no es nuestra única voz, ni mucho menos la voz más auténtica de nuestro ser.

Es tiempo de reclamar nuestros propios hogares lingüísticos, de permitir que la pluralidad de voces que habitan esta tierra emerja y florezca. Es hora de dejar de masturbarse en casa ajena y de empezar a construir y habitar con orgullo la intimidad de nuestras propias lenguas. Solo así podremos sanar la herida colonial y, quizás, empezar a nombrar el mundo con nuestra propia y verdadera voz.

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