Las canas doradas.
Reseñas generales“Las canas doradas”
Un relato de trucos por no perder la dignidad.
En un rincón polvoriento de algún suburbio olvidado por el gobierno y de Google Maps, se erigió el “CUERTEL DEL RETIRO”, una institución semi-clínica, semi-penitenciaria, donde residen los grandes nombres del ayer. Ahí, entre goteras, terapias de grupo y sillas ortopédicas con el logos de S.H.I.E.L.D., BATMAN, SIPDER MAN entre tantos más grabado con cariño, viven los superhéroes que una vez salvaron el mundo… repetidas veces. Hoy, no pueden ni salvarse de sus dosis de píldoras y baños de esponja por enfermeras muy enojonas que no quieren oír de sus “AVENTURAS”
¡¡Esto es un lunes cualquiera en ese lugar —porque todas las tragedias verdaderamente modernas comienzan en lunes!!— cuando el Capitán América, intenta infructuosamente levantarse de su silla reclinable mientras grita con voz cascada:
—¡En mis tiempos peleábamos contra el mal, no contra estas sillas ridiculas!
A su lado, Bruce Banner, el ex-Increíble Hulk, medita en su versión vegana zen, tratando de manejar la ansiedad con respiraciones profundas. A nadie le importa que haya destrozado media ciudad en 2006 por comerse un pan con gluten por error. Lo que de verdad le molesta hoy es que su pensión del gobierno fue suspendida por “daños colaterales”.
—Somos como soldados —murmura Batman, fumando una de esas cosas que claramente no es un puro cubano, pero que dice venir “de Gotham”—. Entrenados para la guerra, pero sin un manual para la paz.
Superman, a quien ahora usa gafas de aumento aunque todos saben que su visión de rayos X aún funciona. Pero los años pesan. Ya no se absorbe la luz solar de igual manera que en aquellos días dorados Ya no puede volar sin que se le disloque una cadera, y evita salvar gatos de los árboles por miedo a no poder bajar. Él, el símbolo de la esperanza, ahora teme a las escaleras eléctricas.
Los martes son días de terapia grupal. El Doctor Strange guía las sesiones, aunque perdió la licencia médica por abrir un portal en medio de un Starbucks. Todos lo toleran porque al menos trae donas del multiverso.
—Debemos hablar de la transición —dice Strange con su tono de psicólogo de app de meditación—. ¿Cómo han lidiado con la vida civil?
Spiderman, que ahora trabaja como conductor de Uber, alza la mano:
—Una vez salvé Nueva York de una invasión alienígena. Ahora, si me piden cinco estrellas, me siento útil. Pero si me dejan una reseña negativa… boom, ataque de ansiedad.
Deadpool interrumpe, como siempre:
—Yo lo manejo bien. Me automedico con sarcasmo y tacos. Mi terapeuta se retiró después de que le conté mi infancia. Ahora hace origami en un monasterio tibetano.
Thor, que vendió su martillo como NFT antes del colapso del mercado cripto, brinda con una cerveza sin alcohol:
—¡Por Odín! Extraño los días de gloria. Ahora tengo una cuenta de OnlyFans donde leo poesía nórdica en bata. Tengo seguidores, pero no es lo mismo.
Los superhéroes, como los soldados, fueron entrenados para la batalla, para definirse por su utilidad, su sacrificio, su misión. Pero nadie les explicó qué hacer cuando la guerra termina y la audiencia se va. Ya no hay invasiones alienígenas cada semana, ni criminales con trajes temáticos. Solo rodillas desgastadas, traumas sin tratar y facturas médicas.
En un rincón silencioso, Wonder Woman observa una carta del gobierno de Themyscira: “No podemos seguir enviando fondos. Tu pensión fue absorbida por un tratado interdimensional”. Ella, que combatió dioses, ahora comparte cuarto con Harley Quinn, quien se rehabilitó vendiendo cosméticos por catálogo.
Y sin embargo, en medio de ese ocaso glorioso y patético, hay algo humano, demasiado humano. Como cuando Iron Man, ahora solo “Tony, el señor con marcapasos”, improvisa un karaoke con Jarvis en una tablet de 2013. O cuando Flash, que ahora cojea, organiza carreras de sillas de ruedas por los pasillos.
Porque quizás el retiro no es el fin. Quizás solo es otra guerra: más lenta, más triste, con menos aplausos… pero con más historias morbosas para contar.
Y ellos, al fin y al cabo, son héroes. Aunque ahora, para salvar el día, lo único que necesitan es recordar cómo se usa el microondas.



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