El viejo
Reseñas generalesPor su ventana se veía majestuosa Korfú, en toda su magnificencia.
Entendía lógico que, en sus playas, sus amaneceres y sus noches estrelladas, los antiguos hubiesen avistado alguna vez a sus deidades. “La cultura está muriendo”, solía pensar.
Sólo colores entraban por aquella ventana. El mar, del perfecto color del mar. La arena, de su perfecta textura arenosa. Los dramáticos cipreses dibujaban los horizontes, ya dibujados por la altura de aquellas colinas, ni tan altas ni tan bajas (sino tan sólo griegas), que encerraban al agua para hacerla menos maleable a los caprichos del viento.
No hacía calor. No hacía frío. Y cuando lo hacía, no molestaba ni al tacto ni la vista. Hasta la lluvia, cuando caía, era graciosa, y las nubes dotaban al cielo, casi siempre despejado, de chispazos de belleza.
Las flores, en primavera, tenían el aroma de las flores cuando la primavera llega. Y hasta las sombras eran brillantes en los rincones en donde reinaba. Del resto, el Sol mismo se encargaba.
Por su ventana, Korfú se veía majestuosa.
“La odio”, decía el viejo Hércules, que no soportaba que hubiera algo más hermoso que él.
No había Olimpo para él inalcanzable, cuando joven alguna vez fuera. Ni centauro que no pereciera ante su fuerza inigualable. “He protegido a mis fieles hasta de los fuegos de Hades”, miraba sus manos temblorosas, mientras recorrían con suavidad las arrugas de su frente.
Otrora había sido invencible, y su miseria era que lo sabía. “El tiempo corre para todos”, buscaba consuelo cada vez que su reflejo se aparecía. “Tonto”, completaba luego: “si te sabías mortal no hubieras vivido así la vida”.
La parte buena del mar calmo era que la pesca se le hacía de fácil empresa. Sus flácidos muslos no debían esforzarse para adentrarse en el cardumen, y sus reflejos, o la falta de ellos, no ponían en jaque su tarea. Bastaba para Hércules mirar hacia abajo para verse los pies, y quedarse quieto para que se acercara incrédula alguna presa. Fallar no era un problema, pues apuro no tenía, y había, ya hace tiempo, aprendido la paciencia. No obstante, contadas eran las veces en que precisaba más de un tiro.
“Fácil”, pensaba en aquel mágico segundo en que recuperaba su sangre potente. Pero si tan fácil era conseguirlo, era su mente la que no podía encontrar el mérito. Más aún cuando con el pescado entre sus manos, recordaba que, alguna vez, había sostenido un león muerto.
Quizás no era a la Hidra a quien realmente le temía, ni la protección de Atenas el motor de sus proezas. Tal vez no fuera Megara la doncella misteriosa a quién Hércules deseaba, sino sólo lograr, una y otra vez, que su musa lo admirara.
Había sentido amor, de eso estaba seguro. Mas su duda era saber si éste era real y correspondido. No el amor que tuviera por su amada o pueblo, sino el que sentía al mirarse el propio ombligo. Él se amaba, pero no tanto como a odiarse había llegado, luego de que su juventud se hubiera extinguido.
Por su ventana, Korfú se veía impresionante.
“La odio”.

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