Capitàn Amèrica, o un Subterfugio Fallido?
Reseñas generalesMayo, 2025. Sam Wilson sincroniza con Steve Rogers un primer reencuentro en el hermoso lugar donde el glorioso escudo del Capitán América cambió de manos, a saber, en el Hudson River Park, a orillas del ancho y tranquilo río Hudson, acto trascendente que se llevó a cabo exactamente hace 5 años. Comparecieron puntualmente a la cita, se abrazaron por más de un minuto junto al banco donde habían conversado extensa y amistosamente por primera vez. Se sentaron y estuvieron en silencio por un rato, admirando la extensión del río hasta su orilla opuesta, donde comienza Jersey City con sus altos edificios y, tras ella, bajo un sol vivo que comenzaba su descenso, el horizonte adornado con matices obsequiados por la primavera. Para cualquier visitantes, el parque Hudson es un espacio generoso, de áreas verdes y bellos senderos que invitan a la reflexión.
— Admiro tu destreza para combatir en sitios herméticos atestado de adversarios —así comenzó Sam el diálogo.
— No es gran cosa, te bebes un litro de suero màgico y me superas —le ripostó Steve con humildad.
Sin embargo, sobre Sam caía como un peso supremo la imagen umbría del ascensor donde el entonces Capitán América Steve Rogers combatió, en un muy estrecho espacio, rodeado por los agentes de HYDRA, transformando la desventaja que representa la cercanía de los atacantes y la limitación de los movimientos en una espectacular ventaja. Valiéndose de las paredes del elevador, ejecutó toda suerte de malabares insólitos con los que sorprendió y contraatacó a sus enemigos, desplegando su inmensa fuerza física. A cambio, para Sam, la mera noción del espacio cerrado le producía ansiedad. Era claustrofóbico.
— He decidido poner fin a mi carrera como Capitán América —y su voz apenas fue un hilo.
Steve miró compasivamente a Sam. Su mirada se detuvo unos buenos segundos sobre su rostro. Sam devolvió la mirada y retomó el diálogo.
— Cuando tomé de tus manos nuestro escudo, sentía en mi espíritu un fresco y amplio sentido de fraternidad que recorría no solo la gran geografía que era mi patria, sino, más allá de sus fronteras, en todos los rincones del planeta. Me dije a mí mismo que había comenzado a cerrarse la brecha de todas las divisiones entre las personas, y yo anhelaba hacer mi contribución- Steve le correspondió fraternalmente:
— Observé perplejo tu combate con los Flag Smashers, que te superaban en número y armas. Sentí una inmensa admiración por la destreza en el uso combinado de tus alas y el escudo, tanto en la defensa como en el ataque. Tuve la seguridad de que mi legado había pasado a buenas manos y a un gran espíritu. Yo fui el insuperable combatiente de los espacios reducidos, y tú eres imbatible en los espacios abiertos, sobre todo en el espacio aéreo, que potencia el sentido de libertad. Tu vuelo no solo era acrobático, sino bello, armonizando con nuestro inmenso cielo.
Sam se revolvió en su asiento, como buscando una posición más firme, respiró hondo y expresó lo siguiente:
— Pensé que Trump nunca retornaría a la presidencia después de todo lo que el Capitán América afrodescendiente había hecho por América y el mundo. Yo me consideraba el epítome de la libertad y la justicia, al que se agregaba el feliz crisol de la fusión de las razas. Sentía que la planetización del movimiento woke era un hecho. Este era el sentimiento que latía en el gran público respecto al Capitán América en su versión negra. En todos los rincones del globo se daba por sentado que el Capitán afrodescendiente daría paso a la versión latina, y luego a la asiática, etc. América, para su gloria, señalaba el sendero universal... Pero retornó Trump con su resquemor racista y xenofóbico, y desde los primeros minutos de su ascenso volcó su andanada de violencia y brutalismo contra los migrantes de todas las razas. Este repunte de intolerancia me coloca en la situación caótica del ascensor de S.H.I.E.L.D., en el que tú fuiste un insuperable guerrero, pero es precisamente donde soy débil y me asfixio. Me invade la feroz sensación de que he despertado súbitamente en medio de una pesadilla, encontrándome en la era de otro Capitán América: un personaje decrèpito y despiadado, que difunde el odio, el escarnio, la falsedad, la hostilidad, la violencia, en síntesis, la decadencia social.
Después de esta confidencia, se alzó una nueva capa de silencio sombrío entre ambos, al cabo de la cual Steve retomó la conversación exponiendo otro punto inesperado.
— Todo fue un equívoco desde el principio, me refiero a la parafernalia de la moral, el coraje, la defensa de la democracia y la libertad contra el fascismo. Cuando acepté ser el Capitán América, en ese entonces, no solamente era bajo de estatura, frágil y físicamente débil, también sufría de impotencia sexual. Vivía arrasado por el sentimiento de inferioridad. Me las arreglé para que me suministraran el Suero del Supersoldado con la esperanza de que superaría esta condición, pero no fue así. Amaba a Peggy y anhelaba hacerla mi esposa. Así lo hicimos, pero mi emprendimiento personal resultó un rotundo fiasco. Nuestros hijos no son mis hijos. Creo que no necesitas los detalles.
— Steve, excúsame, pero para mí es un respiro enterarme... Siempre he padecido de eyaculación precoz. Desde que soy Capitán América, me han llovido las mujeres de todos los colores, pero nunca he dado la talla con ninguna. Las impresionantes alas del imbatible Capitán no lo han liberado a él fisiológica ni psicológicamente. En el momento incómodo en que me miraban fijamente a los ojos, nunca mantuve la mirada firme ante ninguna de ellas. La frustración y la ira me corroían. Por eso, mis relaciones románticas las he relegado al plano estrictamente personal, hasta este momento. También he decidido ponerles fin.
El silencio se impuso nuevamente entre ambos. Se escuchaba el gorjeo de los pájaros, incluso el susurro apagado del flujo sereno en la orilla del majestuoso río. Steve se aproximó a Sam y lo tomó de la mano sin decir palabras. Sam volvió la mirada hacia él y se observaron a los ojos firme y decididamente. No tuvieron necesidad de más explicaciones.
Al frente, los rascacielos de la apartada Jersey City comenzaban a encender sus luces tímidamente. Tras sus espaldas, como un monolito azotado y ajado por la inclemencia corrosiva, aún seguía erguida la Estatua de la Libertad. Los dos amigos continuaron sentados, abrazados uno al otro, observando el estuario del río, que reflejaba el mosaico de tonalidades producidos por el descenso patético del gran astro. La brisa corría fresca, y sobre sus acariciantes ondas se deslizaba un susurro arrullador. Todos los elementos, naturales y humanos, encajaban en armonía, enlazados por el suave y dulce esplendor del ocaso.




Comentarios 2