1923: una odisea hacia el amor… y la humillación al llegar a Estados Unidos
Reseñas generales1923, una de las precuelas de Yellowstone, ha llegado a su fin. Aunque dista mucho de ser una obra maestra, al menos no tuvo el mismo final desastroso que la serie original.
En el sexto episodio de la segunda temporada, alrededor del minuto 25, vemos a Alexandra —una mujer de la clase alta de Inglaterra que traicionó a su familia por amor verdadero y viajó a Estados Unidos en busca de su esposo— siendo rescatada en Chicago por una amable pareja británica tras atravesar numerosas penurias. Esta pareja compasiva decide ayudarla una vez más, emprendiendo un viaje por carretera para llevar a esta obstinada mujer hasta la casa de su esposo en Montana. El hombre comenta:
No tengo un avión, pero sí un auto y también sé cómo manejarlo. Haría casi cualquier cosa por ser, aunque sea, una pequeña parte de esta odisea en la que te encuentras.

Sí, odisea. Esa es la palabra que ha resonado en mi mente desde que comenzó la segunda temporada. Este arduo trayecto de dos amantes obligados a separarse en realidad comenzó a mitad de la primera temporada, cuando Spencer Dutton recibió una carta de su tía informándole que el rancho familiar estaba bajo una seria amenaza. Sin dudarlo, partió desde las remotas sabanas del este africano junto a su flamante prometida, Alexandra, determinado a encontrar el camino de regreso a casa en Montana.
Hoy en día, ese angustioso regreso sería muchísimo más sencillo. Luego de recibir el mensaje en el Parque Nacional Serengueti, la pareja podría manejar poco más de ocho horas hasta Nairobi, tomar un vuelo intercontinental con escalas en Doha y Seattle y llegar a Montana en menos de 27 horas. Unas tres o cuatro horas más en auto, y estarían parados frente a la puerta de su casa, —armados con superpoderes y una Medalla de Honor del Congreso— listos para enfrentar a sus enemigos. Y, ¿qué hay de los gastos del viaje? Para una pareja con semejante fortuna familiar, no sería un problema.
Incluso hace cien años, ese viaje que comenzó como luna de miel y terminó siendo un regreso a casa no habría sido necesariamente tan agotador ni tan exagerado como lo retrata la serie. Al fin y al cabo, Julio Verne ya había imaginado una vuelta al mundo en 80 días allá por 1872. Y cualquiera que haya leído Al oeste con la noche, la autobiografía de una piloto en la Kenia de los años treinta, sabrá que para, las élites británicas y estadounidenses adineradas que vivían en África oriental, volar entre las grandes ciudades y los parques nacionales era casi tan sencillo como pedir un viaje compartido hoy en día.
Teniendo en cuenta el contexto histórico y los medios de transporte de la época, creo que incluso en 1923, un trayecto desde Serengueti, en Tanzania, hasta el rancho de los Dutton en Montana, habría tomado, a lo sumo, un mes.

Sin embargo, como una de las subtramas más importantes de la serie, los guionistas de 1923 claramente se rompieron la cabeza pensando en cómo crear innumerables obstáculos para los desafortunados amantes y terminaron dándole a su viaje la grandeza trágica de una odisea griega. Spencer primero se inscribe como miembro de la tripulación a bordo de un remolcador que parte de Mombasa rumbo al canal de Suez. Un carguero francés embiste y hunde por accidente al remolcador y la pareja es rescatada justo antes de ser devorada por tiburones del mar Rojo. En camino hacia Marsella, se casan en alta mar. Luego parten a Sicilia para tomar un barco de vapor hacia Londres, donde se encuentran con el despechado exprometido de Alexandra. Un duelo con el rival termina en un accidente, lo que obliga a Spencer a desembarcar en el puerto más cercano, mientras Alexandra no tiene otra opción que continuar hasta Londres sola.
Para el comienzo de la segunda temporada, lo que debía ser una luna de miel o, mejor dicho, una “luna de hiel”, se convierte en una odisea por separado. Por un lado, Spencer reúne fondos para viajar trabajando a bordo de un carguero de vapor, donde rescata a un joven italiano llamado Luca, quien había sido víctima de una agresión sexual en el trayecto. Luego de llegar a Estados Unidos, finalmente desembarca en Galveston, Texas. Allí, el hermano de Luca lo convence de contrabandear whisky ilegal a Fort Worth, desde donde planea tomar un tren de regreso a Montana.

Por su parte, Alexandra le ruega a su mejor amiga que le compre el boleto más económico de tercera clase en un transatlántico. Escapa de Londres a Nueva York, solo para soportar un examen médico humillante e invasivo en la isla Ellis. Una vez que le permiten la entrada, le roban todo en la Grand Central Terminal.
Para reflejar los horrores de las duras políticas de inmigración de Trump, los guionistas ponen un énfasis especial en la entrada de Alexandra a Estados Unidos: las largas filas, los exámenes invasivos y los interrogatorios deshumanizantes. Justo antes de recibir el sello final de aprobación, esta mujer resistente, que oculta su origen noble en busca del amor, le dice furiosa al agente de inmigración: “No tienen dignidad ni piedad, y aun así ustedes dicen ser los guardianes de la libertad”.
Taylor Sheridan, el creador indiscutido del universo de Yellowstone, ha sido considerado durante mucho tiempo un nostálgico tradicionalista: un extraño campesino de Hollywood que parece añorar la época de los vaqueros y transmite un espíritu de “Hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande”. Pero esta intensa y sofocante secuencia migratoria de 1923 sugiere lo contrario. El profundo apego de Sheridan a la tierra, los vaqueros y los nativos estadounidenses no significa que se alinee con las políticas retrógradas y antimigratorias de Trump. Por el contrario, honra y enaltece a los inmigrantes, aquellos Odiseos modernos que se sacrificaron enormemente para perseguir el sueño americano y llegar, al fin, a esta tierra.

Reflexionando sobre la interminable odisea de Spencer y Alexandra en 1923, que parece extenderse a lo largo de todo un año, terminé abriendo Google Maps. Si Odiseo hiciera ese viaje hoy en día, —desde las ruinas de la antigua Troya cerca de Çanakkale, en Turquía, hasta su hogar en Ítaca— podría simplemente cruzar los Dardanelos en auto, atravesar Tracia y el Peloponeso, y tomar un ferri a Ítaca. ¿La duración total del viaje? Solo 14 horas y 6 minutos.







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