Robin, el superdelivery
Reseñas generales
Robin aprieta la empuñadura derecha del manubrio y acelera a fondo la Zanella. Un nuevo llamado a la aventura está en marcha: cuatro panchos con poncho y una porción de papas fritas extra grande a tan solo tres minutos de viaje. Las calles de la ciudad son peligrosas, están llenas de yonquis. El “joven maravilla” anda calzado con una vieja pistola de industrias Wayne. Y eso, queridos lectores, lo hace sentir poderoso. Esta noche, Robin, combatirá contra el mal.
Está llegando a destino, así que reduce la velocidad. Luego de dar su identificación en la puerta de entrada al barrio privado, es autorizado para continuar. Acelera nuevamente, dobla la esquina a la derecha, sigue dos cuadras más, entra por el puente hasta la vereda de la casa 18. Desciende del vehículo, camina hacia la parte trasera y abre la cajuela. Extrae una caja, se acerca al timbre, lo presiona y espera que lo atiendan. Mientras tanto, baja la mirada y lee en el cartón “EL SUPERPANCHO DE GÓTICA, ¡qué crimen no probarlo!"
— ¿Sí? ¿Quién busca?
— PedidosFLASH, señora.
— Ah, llegaron. Ahí salgo.
Se escucha el ruido de una cerradura, la puerta se abre y una señora delgada de unos cincuenta años sale de casa. Entre sus piernas, una gata negra ronronea.
— Ya está todo pago ¿No es cierto, señora?
— Así es, señor…Ricardo.
— Aquí tiene, señora. Sírvase.
La señora recibe la caja. Y afina la mirada al nombre completo que lleva escrito en la campera.
— Perdoneme, señora ¿Qué hago con este papelito que me dio la máquina en la puerta de entrada?
— Le explico, Ricardo. Cuando llegue a la puerta de salida, ese código que tiene impreso el papel lo apoya en el láser de la máquina, y el sistema le levanta la barra automáticamente para que salga con el vehículo.
— Perfecto, doña. Cuánta seguridad tienen por acá.
— Es necesario. Igualmente, de vez en cuando, roban, Ricardo. ¿Su nombre es Ricardo Tapia?
— Así es.
— Pero ese es el mismo nombre que tuvo el famoso Robin de acá de Gótica…
— Soy la misma persona, señora. O lo fui hace ya muchos años.
— Ay, no lo puedo creer. Un superhéroe en la puerta de mi casa.
— Bueno, me dedicaba a combatir el crimen cuando cuando era joven.
— Rooobin. Ay, Robin. El joven maravilla. Yo lo hacía viviendo en una mansión a esta altura. Digo, como Bruce Wayne. Millonario…
— Cuando Bruce murió, Industrias Wayne volvió a ser un nido de serpientes. Y yo quedé en la calle. Pero, ¿sabe qué? mis años de entrenamiento en el circo me ayudaron a no perder el equilibrio y aprendí a levantarme.
— Aaahhh.
La señora lanza una risa de entre dientes, pero la frena.
— Es cómico lo mío, ya sé.
— Nada. Es que lo de perder el equilibrio fue un buen chiste. Estuvo bueno. Usted era…trapecista, ¿no?
— Sí. Le decía que viví en un puente un par de años. Y con mucho esfuerzo y pensamiento positivo logré tener un trabajo estable. Ahora no solo soy encargado de PedidosFLASH, también vendo mis propias medias. ¿Tiene un minuto? Me gustaría mostrarle algo.

— Ehhhh. Bueno, está bien. Me gustaría ayudarlo.
— Yo imprimo los logos. Y tengo una máquina para estampar. Tengo de todas las temáticas. Por acá, mire, tengo de superhéroes.
— A ver. Bueno… le compro, le compro. Tengo un sobrino pequeño al que le gustaría.
Robin saca varios pares de medias de la cabina trasera de la moto.
— Tengo esta de Los cazafantasmas, esta de Batman, esta de Flash, también esta de Los cuatro fantásticos.
— ¿Otra vez Flash? ¿Qué tiene que ver Flash en todo esto? Las medias, también la empresa de comidas rápidas.
— La verdad señora, no lo sabemos. Pero le cuento una infidencia. Dicen que el nieto de Flash es dueño de la empresa. Pero nadie nunca lo ha visto.
— Ohhhhh. Qué revelación más reveladora señor, Ricardo. Flash dueño de “comidas rápidas”- vuelve a reírse, ahora ya no tan nasal, tiene la boca abierta.
— Sí, es un poco cómico.
— Es que señor Robin. Flash es dueño de “comidas rápidas” pero nadie nunca lo vio. Claro, ¡por lo rápido que es! Usted sí que es gracioso.
La señora se tienta con una risa nerviosa, laríngea, de ritmo rápido, acelerado que se agudiza hasta que se le termina el aire. Y vuelve a empezar. Parece muy tentada.
— Sobre las medias ¿Le gusta alguna en particular? ¿Qué edad tiene su nieto?
— Es mi sobrino. Me gustaría unas de Batman y Robin. Ya que hablamos del tema.
— No, señora. Yo nunca tuve unas. No tengo logo propio. Lo mejor que puedo ofrecerle son estas de Robin Hood. Que las tengo con la cara de Kevin Costner o la de Rusell Crowe.
— ¡Unas de Kevin Robin Costner quiero!
La señora vuelve a explotar . Tentada, parece una risa nerviosa, compungida. Achina los ojos, y se limpia los lagrimales con un pañuelo.
Se escucha el sonido de una moto que viene hasta ellos. Desacelera, sube por el puente hasta la vereda. Y la mano del conductor saca un arma.
— Deme las medias y los panchos. Rápido, señor. Mi intención no es maltratarlo.
— No lo vas a hacer. Sos educado. Se te nota. Claro que te vas a llevar todo. No vamos a resistirnos. Tomá mi billetera, para empezar.
— Gracias, señor. Usted, señora. La caja de la pizza. Vamos.
— ¿Qué? Pero qué caja ni qué caja. ¿A mí me vas a robar? Negro resentido. Nos robás porque me tenés envidia. ¿Querés los panchos? Tomá los panchos, negro pobre.
— Señora, por favor, le pido. Nos puede disparar – le dice Robin
— ¿Qué decís? ¿Y vos? Superhéroe. Sos el verdadero pancho que viene en esta moto.
— Nos están robando, señora. Será mejor que colaboremos.
— Ay, qué injusticia. ¡Le ROBAN a ROBIN! Y ahora ¿Quién podrá defenderlo? Sí, si yo estoy colaborando. Yo te compré las medias. Y ahora este te las está robando. Antes eras la mitad de un superhéroe. Porque un millonario te adoptó de un circo. Ahora vendés “medias” pero te quedaste con ninguna. Salís siempre segundo, Robin. Pero, no importa ¡salir segundo también es ser campeón!
La señora se vuelve a reír en risotadas. Mientras abre el bolso, y le pasa la billetera abultada al ladrón que extiende la otra mano para recibirla. La boca, abierta, desdentada, apuntando al cielo y con la campanilla latiendo al pulso de las risotadas.
La billetera nunca llega. Cae en el vacío hacia la vereda, mientras también cae la señora. Ambos caen en cámara lenta mientras el ladrón observa a Robin y a la mano de este empuñar el revólver que apunta hacia donde ya no está el cuerpo parado de la señora. En el piso, la vieja de vestido elegante, tiene un balazo en la frente.





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