El charco

Reseñas generales

 

 

Ese día tuve un dolor de cabeza que no cedía con nada. Me fatigaba, sentía frío… y pensar que el calor de la ciudad era infernal, por llamarlo de alguna forma.

Pensaba, como siempre suelo pensar, sobre la vida, mi futuro, lo poco que he conseguido y lo mucho que tengo cuando me comparo con quienes tienen menos.

A veces me quejo. Me molesta no estar donde quiero estar, pero también aprendí a culparme a mí mismo y a dejar de culpar a otros por no tener o ser lo que quiero.

Ese día, el dolor de cabeza era insoportable. Tanto, que decidí ir a la farmacia a comprar algo para aliviarlo, porque no tenía nada en casa y han sido muy pocas las veces que un dolor me hace querer tomar algo.

Entonces empecé a caminar. No son muchas calles. Eran, quizá, las cuatro de la tarde. Hacía mucho calor; el sol golpeaba mi espalda y quemaba las pocas ganas que tenía de seguir.

Mientras caminaba, vi un charco, unos niños jugando en la calle con una pelota, uno de mis lugares favoritos de comida rápida, carros volando de un lado a otro… y pensé: 
—¡Qué peligro!

Es que muchas veces pienso que a las personas les pesa la vida… y no es eso lo que me preocupa. Hay vidas que no pesan, vidas que apenas empiezan y que merecen ser vividas, que no merecen ser arrebatadas. Puedes empezar a vivir a los 20, a los 45… y otras veces, a los 5. Esto ya es un tema más filosófico.

La ciencia dice que la vida comienza desde la fecundación (esto ya es más científico). 
Sé que algunas religiones también lo apoyan.

Pero… ¿y la muerte? ¿Cuándo comienza? 
Según la ciencia, entiendo que es cuando el cerebro deja de funcionar. 
Dicho esto, hay muchas personas muertas que conducen un vehículo. 
Y hay muchos charcos con vida, sin cerebros.

Iba de regreso a casa con mis pastillas para el dolor de cabeza, casi corriendo por un vaso de agua que aliviara el carpintero en mi sien. Ese día me dolía todo.


Quizá por tantas horas frente al computador, quizá el calor de la ciudad o el sonido de los autos.


Quizá la irresponsabilidad de un padre distraído o de una madre ausente. O la imprudencia de quienes conducen como si su tiempo fuera el único importante, pisando el acelerador a la par de sus egos.

¿A quién culpamos?

El escenario: un vehículo a alta velocidad, dos niños jugando en la calle, padres ausentes… y un charco, porque la noche anterior llovió y las calles no son pavimentadas desde hace años porque el gobierno no se preocupa por los barrios.

¿A quién culpamos?

En las clases de manejo te enseñan que, si ves una pelota en la calle, debes frenar. Pero muchos no toman clases de manejo… ni de nada. Creen que nacieron aprendidos.

La suma de todos los factores crea un producto, o algo así.  
Cuando las condiciones son las correctas para que ocurra una catástrofe, ocurrirá.

Y entonces, la pelota se escapó de los niños, Rodó hacia la calle principal donde los carros no tendrían piedad, y uno de los niños corría tras ella, y lo único que podría detener semejante desgracia, era un charco, un charco que frenara la pelota y no seguiría avanzando, quedaría mojada, sucia por el lodo así que lo peor que podría ocurrir, era mojar y ensuciar su ropita.

Pero la noche anterior no llovió.  

Las calles estaban recién pavimentadas, el asfalto era liso, perfecto. 
No hubo charco. 
La pelota cruzó la calle. 
Y la vida se cruzó con la muerte.

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