Último turno
Reseñas generales
El café en la mesa humeaba mientras el viejo León Miranda hojeaba el periódico con lentitud. En la portada, una imagen borrosa mostraba una explosión en el centro de la ciudad. Otro día, otro desastre. Él ya no intervenía.
Había sido “Centinela”, el vigilante invulnerable de la justicia durante casi cuatro décadas. Ahora, con 72 años, rodillas que crujían como ramas secas y una memoria que a veces jugaba a esconderse, apenas se permitía mirar el pasado. Su traje descansaba en una caja fuerte en el sótano, junto con los recuerdos que había decidido no volver a abrir.
Una campanilla sonó. Entró una figura alta, envuelta en un abrigo gris, sombrero ladeado y una ligera cojera. León no necesitó verla bien para saber quién era.
—Llegas tarde, Aurora —dijo sin levantar la vista.
Ella se quitó el sombrero, revelando una mata de cabello blanco brillante.
—Nunca llego tarde, solo diferente. —Se sentó frente a él—. ¿Has visto las noticias?
—¿El edificio? Claro. ¿Y qué? Hay cinco equipos activos ahora. Que se ganen el sueldo.
Aurora, quien una vez fue “Relámpago Azul”, levantó una ceja.
—Nadie los encuentra. Ni a los héroes ni a los villanos. Todo ocurrió en segundos. Como si algo... o alguien, más antiguo, hubiera despertado.
León bebió un sorbo de café, sin expresión.
—No es nuestro problema.
—León, tú y yo sabemos que ese tipo de silencio solo significa una cosa: es personal. —Pausó—. Es El Vacío.
León se congeló. Sus dedos apretaron la taza con fuerza.
—Pensé que lo destruimos en el '88...
—Solo lo atrapamos en el otro plano. Y parece que encontró la salida.
El silencio se estiró entre ellos como una sombra. Afuera, el viento barría hojas por la acera.
—No tenemos las fuerzas de antes —dijo él—. Yo no puedo ni correr una cuadra sin que me falte el aire.
Aurora sonrió.
—Por eso te traje esto.
Sacó una pequeña caja metálica. León la abrió con desconfianza. Dentro, un par de guantes plateados descansaban sobre un cojín de terciopelo negro.
—¿Qué es esto?
—Última tecnología del programa “Legado”. Prototipos diseñados para extender nuestras habilidades... o sustituirlas. No es magia. Pero es lo más cerca que podemos estar.
León miró los guantes. Luego la miró a ella.
—¿Y por qué ahora?
—Porque El Vacío tiene un plan. Y todavía hay cosas que sólo nosotros entendemos. Somos los últimos con memoria de aquella guerra. El resto solo le teme a las sombras. Nosotros sabemos cómo pelear en ellas.
Una pausa.
—Una última ronda —dijo León.
—La última —respondió ella.
Esa noche, se reunieron con otros tres viejos amigos: Ícaro, que ahora vendía libros raros; Bruma, que vivía en una casa rodante en el desierto; y Titania, la mujer más fuerte que jamás existió, ahora con bastón pero con mirada inquebrantable. Juntos, discutieron, rieron, recordaron y trazaron un plan.
No eran lo que fueron. Pero tampoco eran solo leyendas. Eran testigos de la historia. Eran supervivientes.
Y cuando el cielo sobre la ciudad se oscureció sin nubes, y una grieta se abrió en el aire como una cicatriz en la realidad, allí estaban.
Cinco figuras, viejas pero firmes, dispuestas a detener el fin del mundo... una última vez.




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