Revisitando Anora

Reseñas generales

Pasada ya la temporada de premios y la histeria colectiva que se crea en torno a ellos me propongo revisitar Anora (2024) de Sean Baker, ya sin la premura de escribir para su estreno comercial, a la luz del re-visionado de Mujer bonita (1990), 35 años después. En este lapso, media la hiper-conectividad en tiempos de Internet, con la paradoja de aislamiento que conlleva. ¿Logra el largometraje de Baker transmitir algo de estos cambios sociales y por ende, en los modos de relacionarse en términos del amor? 

 

La cenicienta moderna:

Mujer bonita es sin dudas una de las comedias románticas más exitosas de los últimos tiempos, que tuvo un gran impacto en la cultura popular y lanzó al estrellato a la actriz Julia Roberts, convirtiéndola en la llamada “novia de América”. Se trata de una comedia romántica convencional que fue dirigida dentro del sistema industrial por el actor, productor y realizador estadounidense Garry Marshall, que se especializó en la dirección de comedias narrativamente sencillas, tanto en cine como en televisión, donde resalta la empatía de sus personajes utilizando un tipo de humor simple pero efectivo, cercano al público. 

El éxito de Mujer bonita se debe a la gran química de la pareja protagónica que conformaron Roberts como Vivian Ward y Richard Gere como Edward Lewis y a haber redefinido la comedia romántica de los años 80, mucho más cínica, al combinar el realismo social (toca temas como la estigmatización social y la violencia hacia las trabajadoras sexuales, que puede incluir no sólo el abuso y la explotación, sino también la muerte) con el glamour y el romanticismo de los cuentos de hadas o de princesa (Vivian anhela un príncipe que la saque de la torre en la que está encerrada, que es su sórdido trabajo, y que la rescate). La belleza, el carisma y la naturalidad de Julia Roberts, sumado a una banda sonora de la época que terminó resultando icónica; resaltando el tema de Roy Orbison que da título a la película; también contribuyeron a su impacto en la cultura popular. 

Vivian y Edward, proviniendo de estratos sociales diferentes, se conocen por casualidad, cuando él extravía el regreso a su hogar en Beverly Hills, al manejar un auto que no conocía demasiado al pertenecer a su abogado. Transcurrida la primera noche juntos y hallándose Edward en Los Ángeles, temporariamente por motivos de negocios, decide contratarla como su escort durante una semana. Edward es un empresario que se dedica a la re-venta de empresas que se hallan en la quiebra, está divorciado y recientemente se ha separado de su novia. Vivian es la joven que ha venido a estudiar a la ciudad y que ha tenido que abandonar los estudios para dedicarse a trabajar, al no poder costearse la vida, y que - a instancias de la insistencia su amiga Kit (Laura San Giacomo) - se ha involucrado en la prostitución. Ambos personajes protagonistas, pese a sus diferencias de clase social, se asemejan en no involucrar o mezclar los afectos con los negocios. Pero durante esa semana que pasan juntos somos testigos de cómo cada uno va tomando cosas del otro: Vivian va aprendiendo los códigos de etiqueta de la clase alta y se va empoderando a partir del aliento que le brinda Edward al ver en ella su inteligencia y su genuina espontaneidad, mientras que Edward que es un workalcolic, va pudiendo relajarse, a empezar a disfrutar del ocio y también a perderle el miedo a las alturas (metáfora del miedo al terreno desconocido de los sentimientos, como aquello que está fuera de lo cuantificable, que es lo que sí conoce y maneja). En fin, se van involucrando afectivamente; a pesar suyo. 

 

La separación vendrá al finalizar el plazo de la semana de contrato; cuando los límites subjetivos de él no le permitan avanzar en el terreno del amor, ir mas allá del pacto comercial y verla como una mujer. Hace de Vivian una mujer imposible para él, porque no puede dejar de verla como una prostituta y en la lógica del neurótico obsesivo, la esposa y la puta son incompatibles. Por el lado de Vivian, ser amada como una mujer, más que consumida como una mercancía, es lo que ella anhela. Es por ello que no acepta el trato con el cual Edward pretende sostenerla como una amante mantenida, de acuerdo con la política del buen samaritano que la rescataría de esa mala vida en las calles. 

 

Tras este impasse, y como en toda comedia romántica clásica, al final los amantes se reúnen, en este caso en una escena digna de Romeo y Julieta, donde él se llega hasta el balcón de ella, subiendo las escaleras de incendio. En su libro La búsqueda de la felicidad (1981), el filósofo Stanley Cavell plantea que las comedias románticas pueden presentar cierta idealización del amor al proponer el fin de la felicidad por el matrimonio, pero que al mismo tiempo, permiten considerar las complejidades y tensiones presentes en el amor porque los personajes a menudo tienen que superar ciertos obstáculos externos o internos, tienen que arreglárselas para lograr estar juntos, por lo cual experimentan un crecimiento o una transformación. Siguiendo esta línea, el final feliz que une a Vivian y a Edward implica que por amor, ella es salvada al ser situada como una mujer digna; pero también él es salvado al deponer el control, el cálculo y al aventurarse a construir un lazo afectivo con una mujer singularmente valiosa; que además lo transforma también en su manera de hacer negocios, ya no de modo especulativo sino constructivo. 

La película empieza con el truco de magia en la fiesta de Edward donde el dinero se devalúa para quien lo posee a expensas de las maniobras del mercado, pero termina con el hombre que vocifera por las calles que Hollywood es la tierra de los sueños, donde algunos se cumplen y otros no, pero de todos modos, se puede seguir soñando. De manera que mas allá del cinismo de la época, hay cierta dimensión de la utopía, de los sueños, de la fantasía, que sigue funcionando en los años noventa; lo que muy probablemente explique el éxito y el impacto que Mujer bonita ha tenido y que sigue manteniendo vigente.  

 

La cenicienta millennial: 

A Anora de Sean Baker podríamos definirla como Mujer bonita en clave millenial, de hecho hay frases textuales en la misma cuando Ani (Mickey Madison) le dice a Ivan que pagó por una hora y que le quedan 45 min para hacerlo otra vez si quieren o cuando regatean el precio que será pagado por una semana como su escort, que confirman el homenaje. Lo que hace Sean Baker es tomar un género hoy considerado menor como la comedia romántica, revalorizarlo, subvertir sus convenciones de género y re-interpretarlo desde las coordenadas del presente. De ahí que Anora sea una comedia romántica, intervenida desde la parodia de género y la comedia física o slapstick y con ciertos pasajes dramáticos. El resultado es que con estos procedimientos y al subvertir la convención del final feliz; consigue resaltar el cinismo de la época, la degradación de los vínculos humanos, y la soledad generalizada de nuestros tiempos. 

 

En la primera parte, vemos a Ani realizar su trabajo como bailarina erótica en un club nocturno, lo cual no parece pesarle e incluso su proxeneta resulta un copado que le concede tomarse una semana del club cuando Ivan la contrata como su escort, sin manifestar oposición o extorsión violenta alguna. Se le ha cuestionado a la película la romantización y banalización del trabajo sexual,  lo cual se afirma por la atmósfera estilizada por la iluminación azulado-rojiza, en las escenas del club, cuestión que es difícil de ser tolerada en el presente, pero la misma obedece a que la matriz de género dominante es la comedia romántica, que aplana los caracteres de los personajes y elimina los aspectos conflictos. 

Esta película al abordar la comedia romántica supone un corte en la filmografía de Baker donde el mundo de las/los trabajadores sexuales es abordado desde el realismo social, con la mira de visibilizar su humanidad en medio de los entornos tan duros y crueles en los que transcurren sus vidas. De ahí que sus personajes, se sostenían en los lazos de humana generosidad, ternura, amistad o sueño compartido, y que rompían con el estereotipo del personaje puramente abyecto o miserable. La paradoja en Anora es que el tratamiento por la comicidad, repele a la empatía de los personajes entre sí y del espectador para con ellos, resultando ser la  película de Baker más nihilista y más desencantada. 

De Beverly Hills y los suburbios de Los Ángeles pasamos a a Coney Island y Brighton Beach, en Brooklyn (Nueva York). El empresario en la mediana edad, adicto al trabajo, melómano, con dotes de galán se transforma en Ivan (Mark Eydelshteyn); el prototipo del niño generalizado como efecto del discurso capitalista; un joven hijo de oligarcas rusos, desbrujulado, cuya vida se reduce a la compulsión de jugar a la play, drogarse, tomar alcohol, tener sexo y salir de juerga. En esencia: un consumidor consumido. Por otro lado, la joven inteligente y encantadora de los suburbios, escondida tras la apariencia de la mujer degradada; se reduce a un cuerpo joven, sin otro recurso más que ese. Ambos jóvenes se las arreglan como pueden sin orientación adulta, que cause y acompañe el interés por algo como proyecto de vida. Los padres de él hacen su vida en Rusia, la madre de ella en Miami junto a su pareja. Para ambos, la falta de marcas identitarias propias de la tradición rusa, para devenir ciudadanos globales en tanto consumidores, funda un empuje al consumo compulsivo o a ofertarse como bien de consumo, sin que opere algo del orden del pudor como límite. 

 

En Anora, a diferencia de en Mujer bonita, la transgresión sentimental ocurre en la primera noche (Ani realiza su baile erótico, quitándose la ropa interior porque Ivan le gusta) y el matrimonio se produce pronto, en vez de al final, donde, por el contrario, será su anulación. Para Ivan el matrimonio con Ani, que es estadounidense, representa la posibilidad de salir del yugo de control familiar; pero no podrá sostener su decisión como una separación para entrar en la autonomía de la vida adulta, que implicaría renunciar al confort de esa vida opulenta, sin responsabilidades. El matrimonio se presenta para él como una travesura más de un niño que juega a ser un adulto. Ani, por su parte, ve en su matrimonio con Ivan la posibilidad de salir de la vida que lleva, el sueño de la cenicienta por el cual fantasea con la luna de miel en Disney, por eso insiste y sostiene hasta el final la ilusión de que Ivan pueda hacer valer su matrimonio ante los padres de él. Se trata para ambos de un matrimonio que se gestó por conveniencia, no por mediación del amor como acontecimiento del decir ni como un acto al que se llega a partir de la superación de un obstáculo o de una transformación subjetiva. 

 

En el periplo de la película, el arco emocional de Ani (que está acompañado por música electro-pop, hip-hop); puede leerse como: ilusión - desilusión (cuando le cae la ficha, al pie de las escaleras que conducen al avión, de que Ivan está resuelto a disolver el matrimonio, que para él todo fue una diversión más) - colapso o quiebre (que se juega al final, cuando a la gentileza de Igor - Yura Borisov -, de donarle el anillo de bodas que le fue quitado, el único personaje que la cuida, que muestra humanidad hacia ella; solo puede responder ofertando su cuerpo, y no desde el sentimiento que implica dar un beso). Las lágrimas de Anora, contenida por el abrazo de Igor, que ella tampoco responde; cifran, en el último plano, un final amargo e incierto.

De esta manera, Anora da cuenta de la fragilidad o liquidez de los vínculos en la época contemporánea, y también de la dificultad de que el amor, que hoy tiene mala prensa, funcione como un puente capaz de conectar el solitario individualismo de cada uno. A lo largo de su filmografía Sean Baker ha dado cuenta del reverso del american dream, y de algún modo demuestra que no es posible acceder a él, por pura meritocracia, sin otros que acompañen y también muestra como el presente se hace mucho más oscuro y mas cínico cuando los lazos quedan reducidos a una mera transacción comercial. Será cuestión entonces, de buscar los modos de re-encantar el mundo, de re-inyectar algo de la ternura, del amor y la empatía, de recuperar algo del romanticismo noventoso bajo un nuevo modo, en medio de tanta desolación. 

 

En suma, Anora es una película que está bien lograda como espejo de nuestro presente, pero acaso sobre-valorada por influencia de los premios que ha obtenido, ya que los diferentes tonos que emplea produce que sus actos no sean tan parejos. El tiempo dirá si consigue lanzar la carrera de Madison, como otrora ocurrió con Roberts; e incluso si consigue instalarse como un clásico con potencia para seguir teniendo algo que decir a las futuras generaciones. 

 

Comentarios 3

E
Escritor Ocult@29 de abril de 2025
Muy pero muy bueno como siempre la verdad! Saludos y exitos!!!
F
Fernanda Choy29 de abril de 2025
Excelente análisis tanto desde lo fílmico como desde el psicoanalisis
F
FantasticJaime27 de abril de 2025
Coincido al 100: Anora es una mierda disfrazada de comedia. Lo que más me duele es cómo romantiza el laburo sexual, como si ser prosti fuera un chiste. Recién al final muestran un cachito de la realidad, pero para entonces ya te vendieron el verso. Ni aunque agradezcan a activistas en los premios, se nota que no entienden un pomo de lo que hablan.

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