Luces, Cámara... ¿Vida?
Reseñas generalesPasaron días desde aquel despertar. Intenté volver a mi rutina habitual: café negro, transporte público, reuniones interminables frente a pantallas grises. Pero cada vez que cerraba los ojos, veía la sonrisa de Emma, la arena dorada de la playa, la ciudad irreal que, por un tiempo, fue mi hogar.
No se trataba solo de una alucinación o un sueño vívido. Había algo más. Una sensación persistente de que ese otro mundo no se había ido por completo. A veces, al caminar por la calle, me parecía ver a alguien con el rostro de mi “agente” entre la multitud. O escuchaba mi nombre—Leo—susurrado entre el bullicio, como un eco de otra dimensión.
Un día, mientras hojeaba mi libreta de apuntes en una cafetería, noté una página escrita a mano que no recordaba haber redactado:
"Las películas no son solo ficción. Son puertas. Algunas se abren desde adentro, otras desde afuera. Y a veces, simplemente... se cruzan."
Debajo, una dirección: 1245 Sunset Drive, Studio 7.
El corazón me dio un vuelco. ¿Y si no había sido un sueño? ¿Y si de verdad estuve allí? ¿Y si podía volver?
Esa misma tarde, tomé un taxi hasta la dirección. Era un estudio de cine abandonado. O al menos eso parecía. Polvo en los ventanales, una verja oxidada, y un silencio que pesaba. Sin embargo, algo me impulsó a entrar. Empujé la puerta del galpón número 7 y encontré un set viejo, cubierto con telas blancas, cámaras cubiertas de telarañas... y al fondo, una única luz encendida.
Caminé hacia ella. Había una silla de director con el nombre “Leo Santiago”. Y sobre ella, un guion. No estaba impreso: era un cuaderno manuscrito, con el título “Luces, Cámara… ¿Vida?” en la tapa. Comencé a hojearlo, reconociendo cada escena que había vivido. Todo estaba allí: el despertar, la confusión, los diálogos con Emma, incluso la caminata en la playa. Pero después de la página del "despertar" en mi mundo, la historia no terminaba.
Leo —yo— volvía. No al set, sino a un punto intermedio: una ciudad ficticia donde los personajes sabían que eran personajes. Donde podían elegir entre seguir el guion o vivir como querían. Donde Emma lo esperaba.
—¿Estás listo para escribir lo que sigue? —dijo una voz detrás de mí.
Me giré. Era Emma. Tal como la recordaba, pero sin maquillaje, sin luces de estudio. Humana. Real.
—¿Cómo…? —intenté preguntar, pero ella me tomó la mano.
—No importa el cómo —susurró—. Importa el por qué.
Entonces entendí. No se trataba solo de cine o fantasía. Era una segunda oportunidad para decidir quién quería ser. Aquí, o allá. Un lugar donde la historia no estaba escrita por otros, sino por mí.
Así que me senté en la silla de director, tomé un bolígrafo, y escribí la siguiente escena.
Esta vez, empezaba con:
“Jose despertó, pero no volvió… eligió quedarse. Y por primera vez, su vida no era un guion, sino una elección.”
Y mientras escribía, las luces del estudio se encendieron una a una, como si el escenario estuviera listo para mi historia. No la de Leo, ni la de un héroe de película. Sino la mía.
Y ahora, por fin, comenzaba.

Comentarios 0
Todavía no hay comentarios.