La vida es un casting
Reseñas generalesLa primera vez pensé que me había quedado dormido con la tele prendida. Era uno de esos días en los que todo se mezcla, el cansancio y un día de mierda. Pero al abrir los ojos, todo era raro. No estaba en mi cama, ni en mi departamento, ni en el sillón. Estaba en un auto, en el asiento trasero, y afuera, un par de tipos discutían sobre hamburguesas y masajes de pies.
Parpadeé, confundido. Miré alrededor.
Vincent Vega me guiñó un ojo.
¡No podía ser! Estaba dentro de Pulp Fiction. El miedo me paralizó por un segundo, pero después reaccioné: tenía que hacer algo, no podía quedarme ahí mirando como espectador. Sabía lo que pasaba después. Sabía cómo terminaba. No podía dejar que esos tipos, esos personajes que se creían los dueños de todo, la cagaran una vez más.
Quise intervenir. Quise gritarles que no entraran al departamento, que había una emboscada, que no abrieran la valija y que no se sentaran a desayunar con los traidores. Pero mis palabras se perdieron en el aire. No me escucharon, y Jules, como si nada, empezó a recitar la Biblia.
La historia ya estaba escrita. Vincent, calmado, se acomodó el saco. Y antes de que pudiera hacer algo más, un grito, disparos y sangre por todos lados.
Una piña.
De la nada, una mano enorme me estampó contra el piso. No vi de dónde vino. Solo sentí el golpe, seco y brutal. Corte a negro. Silencio. Oscuridad.
Ahora estaba en otro lugar. Esta vez, un bar. La música sonaba fuerte, pero la escena no me era ajena. El ambiente denso, cargado de tensión. Una rubia, como sacada de una película de otra época, con la mirada fría y la pistola en la mano. Era Kill Bill, y esta vez yo estaba en el medio del quilombo.
La piña la sentí venir. Pensé que capaz era como un videojuego, que cuando te morís reaparecés en otro nivel. Pero no sabía cuántas vidas tenía, así que por las dudas intenté no ligarla. Me acerqué despacito, con las manos en alto, como diciendo "yo solo quiero ayudar". Beatrix me clavó la mirada. Esa mirada. Intuí que no iba a tener suerte.
Beatrix estaba ahí, en el baño, preparándose para matar a Bill. Todo lo que quería hacer era gritarle que no lo hiciera, que si lo hacía, todo iba a terminar mal. La venganza mata el alma y la envenena, dijo el Chavo. Le quería decir todo eso, pero solo me miró como si fuera un idiota más. Me tiró un codazo con tanta fuerza que casi me caigo al suelo.
Corte. Silencio. Oscuridad, de nuevo.
¿Qué carajo estaba pasando? ¿Por qué no podía cambiar nada? ¿Era yo el problema? ¿Me veían como un tonto, un extra perdido, o simplemente la película no me dejaba intervenir? A veces pensaba que eran los malos, que no querían que salve a nadie. O capaz eran los directores, que me echaban a patadas cada vez que intentaba meter cuchara. Otra parte de mí dudaba si no era que hablaba en español y nadie me entendía. Como gritarle a un televisor. Un montón de intentos desesperados, inútiles.
Desperté. Otra vez. Ahora estaba en un granero. Sangre por todos lados.
Me costó un segundo entender. El sudor frío ya me bajaba por la espalda. Estaba en Bastardos sin gloria. Y no en cualquier parte: en esa escena, la del bar. El encuentro con Hans Landa estaba cerca. Pero antes… antes venía la trampa. El gesto maldito. El número tres con los dedos.
Me acerqué, desesperado. Quería decirles. “¡No pidas tres cervezas así, por Dios!”. Pero no podía. La garganta se me cerraba, o el mundo no me escuchaba. Intenté hacer ruido, golpear algo, cualquier cosa. Los bastardos reían, brindaban. Y ahí estaba él, el teniente, con su sonrisa encantadora y su acento impecable, levantando tres dedos: el índice, el medio y el anular.
—¡El pulgar, usá el pulgar! —grité con toda el alma—. ¡Estás en Alemania, boludo!
Nada. Era como gritarle a una pantalla desde el living. Como si las palabras se evaporaran en el aire apenas salían de mi boca.
El alemán frunció el ceño. El ambiente se tensó como una cuerda a punto de romperse. El mozo lo miró raro. Landa ya se había dado cuenta. El silencio pesó como una sentencia. Y entonces... caos.
Disparos. Gritos. Sangre. Yo quise correr, intervenir, algo. Pero no llegué. Sentí el golpe, seco, en la nuca.
Otra piña.
Y entonces, algo en mí se aflojó. Como si me hubieran pegado la última piña que necesitaba.
Ya no tenía sentido seguir gritando. Nadie me escuchaba. Nadie me veía. Y si me veían, parecía no importarles. Era como intentar soplar una tormenta: no iba a cambiar nada.
Entonces algo cambió en mí. Decidí empezar a cagarme de risa. Dejar de ser espectador frustrado para pasar a ser turista. Un “ya fue” que no sonaba triste, sino liviano.
Y entonces… apareció Django.
Lo supe por el polvo, el calor, y la música. Un plano hermoso, como de comercial de perfume caro. El Doctor Schultz bajando del carruaje, Django con los anteojos.
Me reí solo. Era eso: estaba viendo cine desde adentro.
Esta vez, en vez de interrumpir o dar discursos, entré caminando como si nada. Me senté en el bar del fondo, pedí un whisky que nunca llegó y aplaudí el tiroteo como si estuviera en el BAFICI. En vez de gritar “¡No vayas, es una trampa!”, me puse a tararear el soundtrack. Ya no quería salvar a nadie. Quería ver cómo explotaban las cosas, con pochoclos invisibles en las manos.
Pulp Fiction. Me aparecí en la escena del baño, cuando Vincent está por salir y pum, le disparan. Me asomé y dije “¡Epa! ¡Spoiler alert!”. Me escabullí hasta la cocina, me robé una banana del catering y salí corriendo.
Reservoir Dogs. Le dije a Mr. Blonde que el tema “Stuck in the middle with you” estaba medio quemado, que se ponga un tango. Me sacó cagando.
Y ahí, cuando por fin me sentía libre, como un personaje sin líneas pero con estilo, sucedió.
Un set. Luces. Cortina negra. Y alguien grita:
—¡Corten!
Todo se detuvo. Literal. Detenido como si Dios hubiera apretado pausa.
Se prendieron las luces frías, esas que te hacen sentir como si estuvieras en un set de película. Entraron dos tipos con auriculares, uno con una tablet. Los vi hablar entre ellos, no de mí, sino de qué carajo hacía yo ahí.
—Che, este pibe no está en el guión. ¿Cómo entró?
—Ni idea. ¿Vos lo casteaste?
—Yo pensé que era un extra con iniciativa, pero se fue al carajo.
Me empujaron afuera del set, por la puerta trasera, sin gloria. Un cartelito pegado con cinta decía “CASTING P/ ANTIGRIPAL - NO MOLESTAR”.

Y justo antes de que se cierre, uno de ellos suelta, riéndose:
—Se pensó que esto era Hollywood y estamos en Flores, qué boludo.
Negro.
Al menos me cagué de risa un rato.

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