El Elegido
Reseñas generalesEstoy detenido en la Escuela de Mecánica de la Armada, conocida como la ESMA, la prisión más terrible de la dictadura militar, en la ciudad de Buenos Aires, República Argentina, el lunes 18 de abril de 1977… calculo que a la tarde, casi llegando la noche. ¿Para qué querría alguien que diera más datos, si no tengo ninguna posibilidad de ser rescatado? ¿De qué sirve hoy mi vida más que para narrar mis propias penurias?
Estos milicos tienen la misma rutina todos los días. Primero, los interrogatorios feroces; luego más blandos, para volver otra vez con la impiedad del golpe y la tortura. Todos estos momentos siempre llegan acompañados de frases hirientes e insultos, hasta que el uso de la picana obliga al alarido estrepitoso; la vida se hace tan dolorosa e insoportable que uno comienza a tener visiones místicas, a sentir que el cuerpo se tensa como una cuerda estirada y que la muerte se convierte de repente en un amigo que se queda en la puerta y que rara vez se atreve a pasar, liberadora, más allá del umbral…
Esa tarde, algo pasa en mi pabellón de prisionero. Los pasillos bullen de gente y nervios; calan los rumores, se oye el raspar de las suelas sobre el piso y los destellos de luces que, casi siempre apagadas, ahora se encienden. ¿Es que ha llegado la hora de la muerte? Quizá se hayan percatado de tener algún rasgo humano, como podría ser librarnos de una de estas miserias, no lo sé… Aunque, ¿qué saben de clemencia los perros de presa contra una liebre acorralada?
Hombres de traje, junto a la soldadesca, están revisando las escasas pertenencias de los detenidos y, aquellos que me parecen más altos, desde la perspectiva ascensional, como es la que me brinda la visión desde el piso, son los que permanecen en la puerta, con su aspecto de ejecutivos, dominando la escena, tal cual lo haría un cineasta desde su trono, apartado por completo del resto del entorno.
Alcanzo a ver parte de sus espaldas triangulares y sus anteojos oscuros; son monstruos de opereta. Ahora dan conmigo; me sujetan, me levantan de los brazos y me conducen al “escritorio”, donde el cabo Ibáñez teclea su frágil máquina de escribir con la monotonía sonora de piezas parejas, de sonido cristalino, resonando como ecos de vacío en el amplio espacio de la sala.
El ”loco” Ibáñez me odia, tal vez desde mi entrada a la ESMA, unos seis meses antes. Conoce muy bien que soy un “trucho”; sabe que mi esvástica tatuada en 1968, cuando era sólo un chico que jugaba a la guerra, no es una marca ideológica sino un delirio machista de un joven que deseaba crecer en medio de una pandilla de barrio, para amedrentar chicas, ancianas y niños solitarios. No se ha creído nunca la historia de mi admiración por Römmel o por Heydrich, el vikingo cuasi judío que murió demasiado temprano en Checoslovaquia y cuya persistencia en el tiempo tal vez habría cambiado el curso de la guerra.
Toda la coreografía oscura y encuerada de los uniformes ha llenado mis sentidos de la niñez con una sinestesia de época; pero Ibáñez es un militar zorro, intuitivo, y huele un comunista desde kilómetros de distancia; no le importa cómo se disfrace o cómo quiera aparentar o disimular su inocencia. Sus ojos de lince distinguen bien los rostros, pero sobre todo los gestos. Y también lo que trasuntan los miedos; no se le escapa nada de lo que le marca su olfato. Sabe bien qué clase de cosquillas nos afligen y por esa razón no puedo evitar el resquemor de su mirada gélida, que me recorre cada pliegue de la piel, sacando a relucir de golpe los resortes secretos de mis temores más profundos.
Pero el “loco” Ibáñez firma igual, como obligado y a regañadientes, impelido por la presencia de estos enormes hombres de traje. Sus estaturas trascienden la cabeza de los demás; sus pelos cortos y prolijos revelan la mano de algún estilista que no conoce otro corte más que el ángulo recto y paralelo a nivel de la piel, cualidad que seguramente no comparte con ningún peluquero de barrio.
-Granero… -dice de mala gana-. Vas a acompañar a estos caballeros... Firmá este papel…
Escucho a su superior que pregunta algo y, luego, a otro más, que está parado más allá y que le responde: “¡Son órdenes de arriba, querido! Queda en manos de Cancillería...”.
Sólo veo más y más sombras, pero el mero hecho de abandonar la prisión, al menos por un rato, me envuelve el alma de una súbita alegría.
Salimos a la calle, refugiados bajo el trasiego de la llovizna. El aire frío que me pega sobre la cara también es redentor; no me llama para nada la atención que la avenida que me recibe se llame, precisamente, Libertador.
Subimos a un lujoso auto oficial; no se trata de uno de los Falcon con motor fuera de borda y aceleración infinita con el que me introdujeron en ese infierno; éste es un coche amplio, de puertas generosas, que me presenta un ámbito casi suntuoso, de tapizados ocres y sedas levemente perfumadas, con olor a encierro plástico y a autopartes nuevas.
Un gigante negro que brilla como una estrella, merced a los reflejos lumínicos de la calle, gobierna el volante, ataviado con un abrigo aterciopelado. Me extraña. Pocas veces se ve un negro argentino en Buenos Aires. Pero su expresión no dice más nada que lo básico: indiferencia completa.
Aceleramos, como flotando en el éter, yo entre dos de los tipos; huelo sus impecables aromas extranjeros y apagados, que me sofocan; me retienen de los brazos, puesto que sigo esposado. Un tercer individuo, recortado en el mismo molde que los otros, encorva su cuello hacia atrás en una demasía imposible para el asiento del acompañante y habla en un mal castellano acerca de que me sostenga firme y que no intente ninguna escapatoria. Su consistencia bestial es sólo un mal augurio para mí; ahora, el albor helado del exterior recorre las ventanillas diseñando esqueléticas ramas de árboles que se reflejan como fantasmas sobre los vidrios.
Llegamos a otra amplia avenida que desemboca en una calle coqueta y adoquinada, con paraísos simétricos en las veredas; me bajan a los empellones en una casona elegante, con jardines casi versallescos en miniatura. Camino sostenido en el aire por mi custodia, bajo una hilera de luces blancas que dejan sus marcas sobre los baldosones de la entrada. El guardia de la puerta abandona su postura, acercándose con un sobre lacrado, rotulado como un libro de porte, que extiende a uno de mis opresores.
Entramos en la casa. Mientras tanto, otro hombre llama a un pequeño ascensor con insistencia, gatillando con el dedo sobre el único botón encendido; el entorno que nos rodea es frío y ventoso, como si hubiera un ventanal abierto. Esta vez noto la dureza de una pistola en las costillas; es el gorila de la izquierda; otra vez vuelve a dominarme el nerviosismo y la desazón. Me consuelo pensando que, al menos, estoy afuera del averno, aunque aquel no sea justamente el edén más codiciado.
Viajamos en el ascensor a velocidad lenta, que enmarca el profundo silencio que nos abruma; sólo el efecto de pausada detención al llegar y la luz led interna del piso elegido, el 3, nos indica que hemos arribado al lugar.
Tropezamos con una puerta blindada; me conducen hasta un living pleno de plantas y pletórico de sofás y gente madura que masculla cosas ininteligibles. “Ahí llega”, escucho de alguien; otras voces callan de repente y siento que sus miradas me hurgan las espaldas mientras me llevan hacia un dormitorio en el cual me ofrecen ropas y otro hombre enorme me muestra una ducha y me invita a bañarme, “antes de la interviú”, según me aclara, también en un mal español. ¿De qué se trata todo esto…?
Tengo la suerte de rencontrarme con mi vieja confidente histórica, el agua tibia, que baja sobre los pliegues castigados de todo mi cuerpo, con la bondad y la suave caricia de una madre cariñosa pero… claro, bajo la mirada intimidante de dos de mis captores, cuyos ojos pretendo adivinar detrás de sus cristales oscuros.
Me ofrecen una bata roja apenas cierro el agua… Todavía duelen ferozmente las “atenciones” recibidas veinticuatro horas antes en la ESMA... El contraste me parece demasiado grande entre la anterior situación y ésta, la actual…
¿Qué ha sucedido? ¿O mejor dicho, qué está sucediendo? ¿Qué es lo que ha cambiado para que me traten ahora con tanta consideración?
Espero vanamente el golpe, la humillación… Mi mente no puede dejar de girar, alocada, en medio del desconcierto de esta nueva situación; entreveo que aquel grupo me espera para algo que no será nada bueno; gente nueva, quizá, que vaya a interrogarme, sospecho que a consecuencia de alguna delación. ¿Será eso? ¿Qué está pasando?
Volvemos al living amplio, ahora apenas iluminado que, descubro, está adornado con grandes rosetones vidriados. Un tipo de traje azul, fino y muy entallado, se levanta y viene hacia mí; me mira con sus ojos grises e inquisitivos, escrutándome, como buscando en el fondo de mi rostro algo que no es capaz de percibir.
Su gesto es de incredulidad, mixturado con una mueca de desprecio. Vuelve sus pasos hacia otro hombre grueso que está sentado en el sofá, de aire bonachón, que contempla la escena con una expresión desinteresada. El hombre gordo está fumando, detalle que, no sé por qué, se me aparece importante en ese contexto; intercambian algunas frases sin sacarme la vista de encima. El hombre gordo ordena que me liberen y me hace un gesto de acercamiento; voy hacia él con lentitud y cierta desconfianza, esperando un gesto agresivo. Pero no.
Me invita a tomar asiento a su lado. Obedezco, a una distancia prudencial, fuera del alcance de una bofetada. No tengo nada que perder ni nada que ganar; estoy enclavado entre un público al que siempre odié, un hervidero de malandras sin moral y expuesto a todos sus caprichos sádicos. Soy esa liebre herida entre mastines feroces. No puedo estar más en sintonía con la locura del momento.
-Mi nombre es Gargano –dice el hombre grueso-. ¿Usted es Granero, verdad, Jesús Lucas Granero…? ¿Cómo está?
Lo miro con ironía. Atrás no tengo a nadie; me siento a cubierto.
-Confieso que tuve mejores días que éste…
No presta atención a lo dicho; sólo estira el brazo para tomar el cigarrillo en medio de una bruma espumosa, originada por la media oscuridad que reina en el ambiente. Carraspea; me mira y dice, en medio de una tos voluntaria:
-¿Sabe por qué está acá? ¿No tiene ni la menor idea, verdad?
Me ofrece un cigarrillo. He aprendido que estos gestos de generosidad tienen que ver con una doble actitud: o sirven para sacar información, de buenas maneras, o son el preludio de un interrogatorio feroz que va creciendo a medida que las respuestas no aparecen. Lo tomo con cierta temeridad; me lo prende con su propio encendedor. Es más que amable; ahora parece prestarme una atención que considero indebida para un torturador que busca sólo datos.
-No, la verdad que no sé por qué estoy acá… -murmuro. Flexiona uno de sus muslos hasta lograr una incómoda posición casi horizontal, debido a su excesiva corpulencia. Ahora está perfilado más hacia mí; aspira el humo y me mira con profundidad.
-Usted ha sido elegido… digamos que por el destino… -se interrumpe, como para corregirse-. Bah, no sé si el destino… Usted ha tenido una suerte… increíble…
No logro comprender a qué clase de “suerte” se refiere. Si me hubiera recitado La Biblia en hebreo antiguo habría sido lo mismo para mí...
El rostro tenebroso del hombre obeso me devuelve a la realidad cruda en que estoy envuelto.
Soy un preso político. No tengo que olvidarlo. Estoy a punto de morir; en cualquier momento… Es horrible sentir que uno no tiene control sobre su propia vida… Así no se es libre; solo se es un montón de carne aún viva en manos de unos matarifes, de unos asesinos a sueldo.
-Usted… Granero… ahora… o no sé realmente cuando… deberá viajar al exterior por unos asuntos que los “yonis” consideran muy importantes. Ha sido requerido por la CIA para generar un informe muy importante para ellos… en… Yanquilandia… No sé de qué tipo… ni de qué tenor. Supongo que será por una cuestión política, aunque no entiendo por qué no pueden resolverla acá mismo. ¡Ah…! Ya vienen a buscarlo.
Está entrando un nuevo grupo como el anterior, pero algo más sofisticado. La verdad, yo tampoco entiendo una palabra de nada. Si me hablaran de una disputa medieval sobre el sexo de los ángeles, habría sido más claro.
No hay peor mandato para un militar argentino que una orden incomprensible, que no pueda ser interpretada. Y ésta parece ser una que Gargano no puede justificar. Igualmente todo tiene su lógica dentro de la cuadratura esquemática de sus mentes.
Ahora escriben a máquina en unos papeles oficiales; Gargano los lee en silencio, me pide una firma y salimos rumbo al mismo auto que nos trajo.
Los que ahora me hacen compañía son unos personajes que hablan únicamente inglés y que se intercomunican con pequeños micrófonos sujetos a las orejas. En unos pocos minutos atravesamos el silencio adormecido de la ciudad y llegamos a la avenida Dellepiane, con supuesta dirección a Ezeiza, según puedo colegir. Me extraña que no me hayan cegado con una venda o con una máscara.
Surcamos en silencio las luces mortecinas de la autopista. Ya es de noche. Cuando creo recordar algo que me retrotrae a un instante puntual de mi prisión, estamos atravesando las vallas del aeropuerto, siempre a través de caminos no tradicionales, por las vías que estos mismos hombres facilitan, con su presentación de credenciales y voces imponentes que abren accesos imposibles para la gente común. Veo los demás autos, los de la gente normal, estacionados a lo lejos, como cajas de zapatos amontonadas en un orden azaroso.
En breves momentos estamos trepando las escalinatas de un pequeño avión privado de unos veinte asientos, donde nos vamos distribuyendo a medida que entramos. Se me asigna una ventanilla oblicua trasera, al fondo, donde no tengo opción de salida y donde apenas puedo vislumbrar las luces de la sórdida Buenos Aires, una ciudad a la que nunca esperaba volver a ver.
Hago inconscientemente un gesto de “corte de manga”, como para recordar al mundo que sigo estando con vida y que todo esto no debe ser más que un mal sueño, como me ha pasado en otras oportunidades, de momentos de infinita angustia existencial. O tal vez ya esté muerto. ¿Será eso posible?
Ya estamos volando. La opacidad de la cabina me devuelve a la realidad. ¿A dónde estamos yendo? ¿Qué pretenden hacer conmigo? Yo no sé nada… Soy lo que se dice un “perejil” de la política, de la militancia; mis compañeros me abandonaron apenas me detuvieron; no han tenido ningún desparpajo de hablar hasta de lo que no sabían con tal de salvarse de la “máquina”. Soy sólo un mero simpatizante de una sociedad sin clases sociales, ni explotados ni explotadores; admiro al “Che” Guevara y a Fidel Castro, pero no sé si estoy dispuesto a dar la vida por ellos. Soy, en definitiva, tan débil o fuerte como cualquier otro ser humano en mi misma situación. ¿Por qué me llevan fuera del país y mis compañeros quedan en la Argentina? ¿Están ellos… o yo a salvo?...
El suave ulular de los motores y el cansancio acumulado me adormece y caigo en un letargo involuntario. Entreveo la llegada de la recurrente pesadilla de noche por medio, esas mismas palizas que ya no me asustan pero que me mantienen tan resentido y amargo, como un marido engañado…
2
Llegamos a Washington DC una mañana de verano; sé que estamos en esa ciudad por el locuaz oficial a cargo de mi operativo; es un mexicano dueño de una sonrisa cándida y un bigote espeso de mariachi que parece falso sobre el desaparecido labio superior.
El sol se deshace en tiras sobre las calles, como una fiesta; lo siento nuevo, flamante, pleno de energía tibia. Me regresan las ganas de vivir, como una planta reseca que vuelve a renacer.
Recorremos a velocidad fantástica y silenciosa las calles, escoltados por cuatro motocicletas; veo cerca el Obelisco gigante, mucho más corpulento que el nuestro; atravesamos las anchas avenidas, transitamos por los bulevares pletóricos de humedad fresca y brotes y retoños primaverales. Al final, llegamos a un edificio cercano a la Casa Blanca, que alcanzo a distinguir detrás de unos árboles apenas floridos; entramos casi en el aire, yo empujado por tres gorilas que me llevan prácticamente en andas. Si no soy peligroso o no estoy en peligro, como me han asegurado, ¿es que no tienen noción de la educación? ¿Por qué este tratamiento bárbaro?
Subimos en silencio al amplio ascensor y bajamos quince pisos más arriba; ahora accedemos a una habitación donde hay unas cuantas personas acomodando distintos bártulos; los hombres de traje se van y sólo queda uno en la puerta, con un intercomunicador inalámbrico en la mano.
Una de las personas con las que me encuentro en el lugar se acerca con una taza de café y me invita a sentarme. Es un uruguayo radicado hace treinta años en este país; es bajo y corto de vista; dice estar encantado de conocerme, pero casi no me mira al exponerme todo lo que declara. En cambio, yo sí lo sigo y lo contemplo con una expresión inquisitiva; se va un minuto y regresa con un médico que comienza a controlarme; corazón, presión, temperatura, fondo de iris…
Mientras, el uruguayo, sin dejar de escribir con rapidez, esgrimiendo para ello un lápiz dorado, me va preguntando cómo ha sido mi vida últimamente; si he tenido alguna vez experiencias extrañas o sobrenaturales, o si al menos alguna vez he experimentado una vía de comunicación anómala, o si he escuchado en cierta oportunidad algunas voces que me hablaban dentro de mi mente. Va anotando todas mis sorprendidas respuestas en una libreta, mientras un grabador de cinta registra, además, todo lo dicho.
Mi desconcierto, ahora, es total. Una vez que logro silenciarlo con una respuesta poco adecuada a su pregunta, lo atrapo con otra:
-¿Me puede explicar qué significa todo esto?
El hombre suspira, se saca aparatosamente unos pequeños anteojos quevedos que yo aún no había visto, frunce la nariz y susurra:
-No puedo decirle nada. En realidad no porque no quiera, sino porque yo mismo sé muy poco. Sólo una cosa… usted… ha sido elegido...
Y se sonríe algo estúpidamente. Quedo aún más atónito que antes; él adivina mi cara de extrañeza y sólo atina a abrir más la boca, justificando el pasmo.
-No entiende nada, ¿verdad? Supongo que ya comprenderá cuando llegue el momento…
Busco en su mirada algo revelador.
-No… ¿No puede aclararme?-digo-. Ayer mismo estaba casi muerto… y ahora… acá. No sé…
El uruguayo suspira; dice que quiere fumar, aunque está tratando de dejar hace meses. Se confiesa muy nervioso; me aclara que está sin dormir desde hace más de 24 horas y que hay poca gente de confianza cercana al gobierno que hable fluidamente el castellano como para comunicarse conmigo.
Me asegura que el mío es un tema de prioridad 1 en la escala de importancia oficial.
Va transcurriendo el tiempo muy lentamente, como el tránsito de una nube fija en el cielo. Pasan las horas en las que recibo un largo cuestionario sobre mi origen, como mi lugar de nacimiento y un listado de hechos de importancia en mi vida, año por año. Debo remarcar, más que nada, los acontecimientos que han llamado mucho mi atención y que, en su momento, pude haber considerado extraños o tal vez estrafalarios.
La temprana noche estira los espacios y las sombras; la oscuridad cobra más presencia en el interior de la sala y los ventanales van perdiendo transparencia.
El médico, luego de revisarme exhaustivamente y hablar con otro hombre, viene hacia nosotros y nos dice a ambos:
-Las entrevistas son mañana. Este hombre tiene que dormir. Ha sido muy maltratado. Está en lamentables condiciones. Su juventud probablemente lo ha salvado de padecer algo crónico...
Por fin, en un lapso breve, se van todos; de a poco el silencio se va apoderando del lugar. Sólo queda una mucama algo gordita, morocha y robusta, el guardia de la puerta y un hombre delgado y enjuto, con aspecto de clásico mayordomo inglés, que me muestra una amplia cama, con aspecto mullido.
Voy descartando, mentalmente, algunas referencias de lo acontecido este día, mientras me dejo caer sobre el lecho. No se necesita ser un genio para darse cuenta que todo esto no puede haberse armado para sacarme información. Es demasiado desconcertante.
Pero, si es así, ¿por qué sigo vigilado? La ropa está acomodada en los cajones y colgada de sus perchas, cada cosa en su lugar… todas las prendas con ribetes que rezan “Mr. Granero”… son pruebas de ello.
¿Para qué me necesitarían en la capital del Imperio? No, no… las razones políticas deben eliminarse. El asunto que me trae aquí es otro, sin duda...
Me inclino por una herencia inesperada. Quizá algún poderoso norteamericano de la capital haya sido mi lejano pariente; tal vez ha muerto, ha quedado sin herederos y ahora me ha nombrado su sucesor.
Esto se me ocurre debido a que mi madre tuvo un padre desconocido que fue a vivir a Estados Unidos a principios de siglo… Esto es muy posible. Pero si fuera así, ¿por qué no me lo dirían? ¿Y para qué sacarme casi en secreto, como a Eichmann, fuera del país? ¿Por qué estoy vigilado como un criminal? No tengo pasaporte siquiera…
No, no… tiene que se otra cosa… Esto no debe estar relacionado con algo legal. Si fuera así, tendría que haber llegado de otra manera al país. Este procedimiento se parece bastante a lo que hace la CIA con sus enemigos. ¿Pero por qué a mí? ¿Y por qué un tratamiento tan violento?
A lo mejor ha sido una equivocación de identidades.
Claro, me han confundido con otra persona. Algún terrorista internacional, quizá. Sin embargo, el uruguayo tiene todos mis datos; me ha mostrado un álbum de fotos mías que ni siquiera yo conocía… Y las ropas con mi nombre en los ribetes… ¿Qué puede haber pasado?
Quizá quieran corroborar mi identidad… O sea que en poco tiempo más me darán la libertad. Lo único que espero es que no me devuelvan a Argentina; al menos en este país estoy libre y puedo moverme como quiera. Quién sabe, hasta podría formar un grupo de protesta contra la dictadura en el exilio. Veré más adelante…
Pronto se hace la madrugada; devoro algunos bocadillos de jamón que han quedado sobre la mesa y termino una media botella de vino blanco que ha permanecido en la heladera desde mi llegada. Me voy a la cama, imaginando que la confusión con otra persona es asimismo un tema que también resulta improbable y descabellado.
Pero ya es muy tarde y tengo que dormir. Hace tiempo que no me acuesto en una cama de verdad; es tibia y suave como una paloma. Esta noche mi sueño será por fin placentero… Sin embargo, no puedo evitar una angustia por el futuro, un temor visceral que me socava el ánimo y me perfora el vientre, con la fuerza aflictiva de una tormenta perpetua.
3
Hoy me han pasado a buscar temprano; esta vez los gorilas son dos y han llegado acompañados por una mujer atractiva y rubia, con una identificación plástica en el pecho. Se llama Susan Platt y quiere que hablemos en el auto. Me indica autoritariamente, a través de un pésimo castellano, que tengo que cambiarme de ropa y que no hay tiempo para desayunar. Se me ha dejado dormir porque era necesario para que estuviera en buenas condiciones, pero insiste en que ya debíamos habernos marchado. Es que el funcionario que me recibirá tiene otra cita en un par de horas. Ya tomaremos algo luego en la Casa Blanca, afirma.
¿La Casa Blanca? Un estremecimiento de temor que había olvidado me recorre la columna… Otra vez me aprieta la duda. De repente se me hace prístina aquella alocada idea de los jerarcas nazis que mordían la píldora suicida para evitar ser juzgados. De haber tenido una a mano, ¡quién sabe lo que haría!
Llegamos a la mansión marmolada en un efímero lapso de tiempo, después de ser escoltados por otros cuatro motociclistas uniformados. Susan me guía de la mano como si fuera su hijo pequeño en medio de una maraña interminable de corredores ornamentados con pequeños cuadros de escenas campesinas, algunos retratos de pioneros y otros teatros idílicos del viejo Oeste norteamericano.
Damos vuelta a derecha e izquierda y desembocamos al final dentro de una habitación amplia y soleada, donde se destaca un globo terráqueo enorme, un escritorio de caoba lustrada y una alfombra suntuosa.
La mujer rubia me indica que me siente en uno de los sillones clásicos donde podrían caber casi cuatro personas de mi contextura. Se dirige hacia el escritorio y habla con un hombre calvo, sesentón, que se acerca a su cara y me mira de cuando en cuando. Al final, el hombre viene hacia mí y en un forzado castellano, me espeta:
-Señor Granero, un gusto…
Estira su mano y siento que en su delicada piel de bebé se estira una larga y húmeda baba de transpiración.
-Mi nombre es John Mulford Senior; soy un contacto oficial de la Presidencia con la NASA. Es hora de que hablemos.
Su castellano es impecable, casi nativo. Me invita a tomar un desayuno que una mucama deposita sobre la mesa ratona a nuestros pies. El sofá en el que estoy sentado es ta bajo que la cabeza queda casi a la altura de las rodillas; él también se siente reducido a la molestia.
-¡Oh…! … el sillón… lo conservamos porque fue un obsequio de la señora Nixon.
Por la incomodidad de sus movimientos para alcanzar la taza de café, noto que se encuentra inquieto y que no acierta con la posición más indicada para mirarme a los ojos. Su interés estriba, me aclara, en que yo permanezca inmóvil, sin decir nada, y que sólo tenga oídos para él. Ahora sí; cruza sus piernas dejando un zapato en el aire cuya punta no deja de mover, como buscando las palabras adecuadas.
-Señor Granero… Usted se preguntará para qué lo hemos traído hasta aquí…
Muevo la cabeza asintiendo; mi curiosidad se ha sobrepuesto a mi miedo. Quiero saberlo todo y el hombre está al corriente de esto.
-Bien… -comienza diciendo, mientras consulta una carpeta que le alcanza la mujer rubia-. Afortunadamente usted es universitario y eso nos va a facilitar mucho las cosas. Usted debe desconocer los detalles del proyecto SETI, ¿verdad?… Es un proyecto aún… de muy reciente creación.
Digo, efectivamente, que no con la cabeza. El hombre sonríe, cómplice, con aprobación.
-Bien… Vea… Esto requiere de una prehistoria. Le cuento… En enero de 1966 los norteamericanos tuvimos la certeza de haber interceptado ciertas señales de radio no naturales y solo a fines de 1967 hemos confirmado plenamente este hecho.
-¿No naturales? –pregunto, admirado.
-Así es… O sea, digo… señales artificiales… Imagínese lo que significa eso… Esta fue la prueba inapelable de que algunos… alguien… estaba ahí afuera enviándonos un mensaje. Con los años hemos intercambiado mucha información. No pudimos ni tampoco podemos dar hoy a conocer públicamente estas noticias, puesto que debemos mantener una estricta reserva, no sólo desde la Presidencia sino hasta desde las propias Naciones Unidas. Sólo unos días más tarde de nuestro descubrimiento, en 1967, la Unión Soviética hizo saber a nuestras autoridades que ellos también conocían esta comunicación. Es que el intercambio de esta novedad histórica entre las superpotencias fue exigido por los extraños… déjeme llamarles así… para continuar el diálogo. En síntesis, parece que el disparador de la aparición de estos extraños fue el vuelo de la sonda Sputnik en 1961 y el de Yuri Gagarin un tiempo más tarde. Por esa razón, digamos… esta “Civilización”… por llamarla de otra manera… pudo así detectar que los humanos contábamos con una alta tecnología. ¿Sigo? ¿Hasta aquí voy bien?
-Sí… -. Mi respuesta es sólo para cumplir; sigo sin comprender nada y creo que todos, incluido mi contertulio, son todos unos absolutos orates.
-Bien… Los Estados Unidos pidieron la colaboración internacional y una discreción absoluta entre los países intervinientes que conocían este secreto del más alto nivel. Para corroborar que los seres humanos estábamos viviendo un contextos de avanzada, La “Civilización” remarcó que dejaría un mensaje en la Luna que solamente debía ser recogido por una mano humana, cerca del Mar de la Tranquilidad. Esa fue una de las razones por las cuales se armó el plan Apolo que llevó un vehículo al satélite, además de la carrera espacial con la Unión Soviética… Y esa fue, también, la causa por la cual se eligió ese lugar para alunizar. Armstrong y Collins recogieron algo parecido a un plano metálico, lo que activó una señal que intensificó la comunicación con los extraños… Tengo aquí una copia…
Hace una pausa; se da media vuelta y ahora sostiene una cartulina oblonga con extrañas figuras diseñadas. El pelo le cae sobre la frente y está entusiasmado con lo que está narrando, como si lo disfrutara, después de largo tiempo de tenerlo reprimido.
-Sólo existen unas 200 personas en el mundo que conocen esto que voy a contarle –continúa-. ¿Comprende usted la importancia del asunto?... ¿Me hago entender bien?
Su voz suena como un ruego. Lo miro y muevo afirmativamente la cabeza, sin sentido, sin expresar nada. Los hechos narrados me parecen mentiras, una puesta en escena de una farsa, un gran teatro que se va a interrumpir en cualquier momento, cuando otra vez la realidad se vuelva a imponer, tal como siempre lo ha hecho, impasible.
-Bien… -sigue-. Se ha desarrollado un diálogo intenso durante los dos primeros años entre la humanidad y… la “Civilización”… El intercambio ha sido sobre todo información de carácter científico y técnico. Pero en el año 1974 recibimos precisas instrucciones para ubicar a una sola persona, a un solo individuo en todo el mundo. No teníamos más precisiones que un número; nuestra única pista era que esa persona estaba viva… La complejidad de esa búsqueda nos impidió por un tiempo saber a quién se estaban refiriendo… es que nuestros diálogos… con ellos… se establecen a través de un lenguaje matemático adaptado y basado en ecuaciones de tercer grado y números primos. Lo único que obtuvimos fue un guarismo impreciso que identificaba a esa persona y sólo a esa dentro de toda la población mundial. Pero no había forma de encontrarla: se trataba sólo de una cifra que señalaba a alguien en particular, a un solo ser humano… Ésta ya era una tarea imposible de realizar con los seres humanos que viven hoy sobre la Tierra… pero la “Civilización” se estaba refiriendo… a solo un ser humano… pero… ¡contando desde que apareciera el primer individuo de nuestra especie, el Homo Sapiens Sapiens, en el planeta! ¡Piense en eso! Para ellos, para su estado de conciencia y su impresionante avance tecnológico, este cálculo era de una gran sencillez, pero para nosotros resultaba completamente imposible de dilucidar… Si no sabemos quién fue el primero de los seres humanos, ¡menos vamos a poder saber quién es la persona del número indicado!
-¿Quiénes son? ¿Qué es esa “Civilización”…? –pregunto, de repente. El sustantivo me parece algo especialmente aterrorizador. Mulford carraspea y se da el tiempo de beber un trago de agua.
-¿Me está escuchando?… -reclama, como para dotarse de energía-. Entiéndame… con los datos que nos habían brindado nos resultaba completamente insuficiente dar con la persona que nos solicitaban. Pedimos mayores precisiones y tuvimos respuestas evasivas en muchas ocasiones; no fue nada fácil darnos cuenta a qué ser humano se estaban refiriendo. Sólo sabíamos que ese hombre estaba vivo hoy. No me pregunte por qué habían elegido a esa persona… “Ellos”… llamémosles así, si le gusta más… o la “Civilización”, como ya le dije… había elegido a una sola persona y no había vuelta atrás con esa decisión. La única certeza que teníamos es que ese individuo habitaba hoy en algún lugar del mundo… Gracias a un algoritmo desarrollado por IBM y a la ayuda recibida (deben haber creído que éramos realmente tontos…) pudimos establecer que esa persona vivía en América del Sur y más concretamente en la Argentina.
Trago saliva y descubro que un estremecimiento helado me recorre la columna. No puedo sentir nada, nada de nada, de las rodillas hacia abajo. Me noto ridículamente incrédulo, como si alguien me dijera que en este momento alguna fuerza misteriosa me hubiese transformado en duende o en un príncipe medieval.
-Y esa persona soy yo… -susurro casi imperceptiblemente, seguro de mí mismo.
Mulford me ha oído muy bien, pero no manifiesta ninguna emoción, con su rostro impasible de hombre adulto que está entrando en la senectud. Abre levemente la boca, saca la lengua y se muerde la punta, como asintiendo y al mismo tiempo darme inequívocamente a entender que todavía no comprende como un don nadie, en ningún terreno de la historia o del conocimiento, se haya convertido en el preferido de estos extraños.
-Sí… así es… es usted el elegido… -murmura.
Se acomoda la corbata; se cruza de piernas en otro sentido y me enfrenta con lo que debe considerar su perfil más imponente.
-Señor Granero… Déjeme decirle algo. -carraspea y se aclara la voz-. Su presencia aquí conmigo es muy trascendente… tanto que… -suena algo emocionado, tanto que sus ojos se cierran y abren muchas veces, denotando cierto nerviosismo y excitación-, …tengo que admitir que el hecho de que usted esté aquí conmigo me brinda una alegría inesperada… me siento yo también un elegido, sobre todo por lo que voy a decirle. A ver… Cómo… lo digo…
Está buscando cada palabra, mirando el suelo para no distraerse.
-Usted, como nosotros mismos, cada persona… bah, es diferente a cualquier otra. Esto no es ninguna novedad para nadie… Ellos nos han revelado algo muy importante, algo que no sabíamos… A ver… usted, su vida, puede compararse con personalidades de la historia, como Jesús, Mahoma, Buda, Gandhi… no sé… tal vez Julio César, Carlomagno, Alejandro El Grande, Einstein… Bah, nosotros también, digo, cada uno de nosotros… Somos seres humanos también, claro está, pero… -vacila-,… su mérito, el suyo, es otro… digamos, que lo que diferencia a todas las figuras universales de todos los tiempos a nosotros mismos obedece a cuestiones de relevancia... De una vida relevante, digo… Los que somos descendientes de simples mortales, no estamos en condiciones de llegar a la trascendencia de esas figuras del pasado… pero usted… usted se diferencia de todos… de nosotros y de esas figuras… esto es posible por otras cuestiones; verá… usted está por encima de las categorizaciones… que no son sólo humanas. No es que sea usted superior a cualquier persona que haya vivido en el mundo desde la aparición del Homo Sapiens Sapiens… no, no… sino que es usted… o mejor dicho… parece que, a juicio de esta “Civilización”, es usted la manifestación última de la evolución de toda la vida sobre el planeta Tierra desde su comienzo, hace unos 3.800 millones de años… Entiéndame, quiero comprobar que soy realmente claro… Usted sería, aclaro, para la visión de esta “Civilización”, el cúmulo de todo el progreso evolutivo de la vida terrestre desde sus inicios… hasta hoy mismo…
El silencio es impresionante; sus ojos se cargan de diminutas lágrimas que adivino gracias al centelleo que despide el iris de sus ojos, profundamente celestes.
Me encuentro arrobado, paralizado, como dentro de una hipnosis. Mulford se siente aliviado; tal vez ha descargado algo contenido que lo apresaba hacía ya mucho tiempo. Sólo consigue cambiar de posición de un lugar a otro, como atropellándose para seguir indicándome más detalles.
-¿Sabe? –continúa-. Nos han enviado imágenes y películas que nunca habríamos sospechado que fueran posibles… Esto ha ocurrido debido a la trasposición del tiempo y del espacio según la teoría de la Relatividad. Por ejemplo, tenemos una filmación en multiperspectiva, es decir, en tres dimensiones, de la batalla de las Termópilas, de la crucifixión de Cristo y hasta del surgimiento del primer animal mamífero, hace exactamente… deme un segundo… –acerca a un papel, fija sus anteojos sobre la frente y lee en voz alta, apuntando la vista al borde de la nariz- … 186.897 millones de años, según la cronología que manejamos hoy. Todo gracias a ellos, nuestros nuevos amigos externos… Una vez que dimos con usted, el gobierno argentino lo ratificó y “ellos” nos enviaron filmaciones de su vida desde que usted nació, detalle que nos sirvió para ratificar que era a usted a quién buscábamos. Así es la estrictez exacta de estos seres, que parecen conocerlo todo...
Escucho todo ese discurso como si fuera un cántico tribal mágico, un delirio de un nigromante insatisfecho con los deseos de la horda. Los ojos de Mulford se hacen iridiscentes; otra vez está conmocionado. Ahora suspira profundamente y dice:
-No sabe usted lo que esperé para que llegara este momento… Fueron largos años de ansiosa búsqueda… ¡Me emociona tanto tenerlo frente a mí! Saber que estoy hablando con la persona más importante de toda la historia de la humanidad... ¡Si no fuera porque estoy dejando afuera todos los sentimientos religiosos, le juro!… soy un metodista practicante… y si no fuera completamente fútil y no fuera un hombre de ciencia… me tendería a sus pies para adorarle. ¡Tan fuerte son las emociones que nos transmiten la cultura y nuestros padres! Pero no…
Se reprime, traga saliva y guarda la compostura.
-Somos una especie madura, tanto como lo es la “Civilización”… somos individuos que hemos dado lo mejor para llegar… a este resultado… -afirma, señalándome-, ese resultado que ahora quieren llevarse… usted… y no sabemos con qué fines.
Mudo, consternado por tanta perorata, sólo pregunto, inmóvil y ciertamente conmovido:
-¿Llevarse? ¿A dónde…?
-No lo sé… Nadie lo sabe… -responde el hombre, colorado, quizá por una súbita indisposición. Sigue alterado, como si realmente estuviera viviendo el instante más importante de su vida.
¡Y es así! El instante más importante de su vida. No logro leer en la expresión de Mulford algo que se relacione con una mentira o una confabulación. Solamente me contempla azorado, como quien viera un muerto con vida, después de haberse asegurado que el supuesto cadáver se encontrara realmente muerto.
-Bien… -continúa, algo más calmado. Y con aire indisimuladamente altanero, declara con firmeza:
-¡Yo no sé si usted es consciente de lo que está sucediendo aquí!… Desde hace sólo unos días sabemos de usted que es un comunista, un enemigo de nuestro pueblo y de nuestra cultura, y además un ateo…. Y, sin embargo, yo lo admiro… Admiro este momento, que es único en mi vida. Estoy… -dice suspirando forzadamente-… ante el hombre más importante de la historia… No hay nadie que pueda compararse con usted… Y eso es hasta gracioso, lo irónico de todo este asunto...
Se aclara la garganta y sigue, más seguro de sí mismo:
-¿Qué logros tiene usted? No ha sido un gran conquistador, ni tampoco un guerrero destacado, un doctor, un profeta o un afamado investigador o un científico… No tiene siquiera un título universitario… ¡Nada de nada!… ¡No es nada! Y sin embargo, la “Civilización” lo ha elegido… ¿Por qué?
Se prolonga un instante conmovedor de silencio. Otra vez carraspeando, agrega:
-Lo someteremos a un estricto examen sicológico y físico para ver si encontramos alguna anomalía o característica que lo diferencien física o mentalmente de los demás humanos. Pero eso será un tiempo más adelante. Hoy iremos al despacho oval; el presidente Carter lo quiere conocer personalmente. Mañana habrá un consejo científico con usted como centro de pruebas… En marcha…
4
No siento mi propio cuerpo. Estoy anonadado, desbordado por los acontecimientos. Me miro a un espejo para auscultar mi propia realidad personal. Yo tampoco veo nada diferente en mí, nada que me separe del resto de la Humanidad.
Me pregunto… ¿por qué yo? Claro que la pregunta podría ser la inversa: ¿por qué yo no? Me hago otra pregunta, también… ¿Qué hice de mi vida desde que nací? Milité políticamente porque creía en un mundo mejor, sin un capitalismo que explotara a los obreros en beneficio de una clase social determinada, que se llama burguesía… Y ahora, que se me ha hecho carne toda esta nueva realidad, abierta de palmo en palmo ante mí, percibo que todo lo que hice no ha servido para nada, que no ha sido más que una inmensa pérdida de tiempo. Pero, ¿qué es lo que realmente tiene alguna utilidad? Es que la vida misma, completa, vista de esta manera, también parece convertirse en una nimiedad...
Yo… Soy el único humano capaz de escribir ese pronombre con mayúsculas. Siento que el ego ha sido espoleado al máximo, pero me encuentro en una situación análoga a la de un rey en el exilio: sin trono y sin poder.
El tiempo es el gran reparador de los hombres. Lo que parece tan importante hoy, es intrascendente mañana… Si todos los seres que han vivido hasta ahora, las millones formas de vida que pulularon y que todavía recorren el planeta, en el aire, tierra y agua, han existido solamente para encontrarme a mí mismo como la cúspide final de su evolución, es… que Dios no es más que un humorista con un dudoso talento...
Con el correr de los días se me hacen tantos análisis físicos y psicológicos y tanta gente hurga sobre mi cuerpo y sobre mi mente que todavía no sé cómo he sobrevivido a tanta invasión conjunta, de dedos y de palabras.
Casi dos semanas a pleno, día y noche, se ha monitoreado mi cerebro y mis entrañas con cables de colores, aparatos extraños, escáneres de resonancia magnética recién creados por un tal Damadian, artefactos gigantescos de aspecto aplastador y sofocante… Y nunca se me ha dicho nada acerca de los resultados; o quizá no haya resultados que mostrar... o mis niveles de “normalidad” son tales que asombran a aquellos que me investigan.
Quizá soy tan estándar como todos ellos. Pero, entonces, ¿qué ha llevado a la que Mulford denomina “Civilización” a elegirme como representante de este planeta? ¿Y con qué fines? ¿A dónde pretenden llevarme? Es un misterio, hasta para mí, que debería tener una explicación al menos básica de lo que se está planificando sobre mi vida.
Hoy es un día de evaluaciones. Casi todo el personal de servicio que me atiende es origen mexicano, por el tópico del idioma; adivino el tono suave y musical de sus voces apenas se me acercan. Se me ha advertido no mencionarles el tema del viaje, pero igualmente resulta tan increíble que seguro me tomarían por loco.
Todos son muy amables, la mayoría de aspecto aindiado, pero ninguno parece sospechar nada de nada. Concluyo que para ellos es sólo un trabajo más. Esta tarde volverán a sus casas y seguirán su vida normal, como si hubiesen trabajado en un banco o en un café al paso.
Mi brevísima entrevista con el Presidente de los Estados Unidos de América, James Carter, no ha sido más que un frío protocolo de obligaciones: me ha recibido unos instantes y sólo se ha referido elípticamente a mi estado, según la opinión personal del traductor. Carter no comparte para nada la teoría y el arrebato de Mulford y, para él, el hecho de que la “Civilización” me haya elegido justamente a mí es un asunto de una importancia secundaria. Además, creo adivinar que le brinda al oficialmente denominado “Granero affaire” (asunto Granero) una jerarquía relativa, yo diría que hasta trivial. En su consideración son mucho más importantes las querellas entre las grandes potencias, por ejemplo el problema sandinista de Nicaragua, que todo lo presuntamente filosófico que trasunta mi estancia en Washington. Esta opinión, que causa asombro entre la comunidad científica, es acompañada por muchos políticos y funcionarios del entorno del primer mandatario.
A la tarde me conducen hasta la computadora donde se realizan todos los enlaces comunicacionales con la “Civilización”. Me muestran las instalaciones, luego unas fotos y unas filmaciones de mi niñez, de mi entorno familiar, de mis días infantiles en Buenos Aires durante el post-peronismo. Son películas imposibles, pero que miro con extático arrobo. Mis padres, jóvenes; mis dos hermanas, vistas desde todos los ángulos, en la intimidad de sus habitaciones. Las disfruto a mi manera, pero decaigo de inmediato. Son muy fuertes en el recuerdo; de pronto salen a relucir imágenes y frases olvidadas debido al pasar del tiempo. Pregunto cómo es posible que existan; la explicación es que la luz que ha golpeado a la Tierra en ese momento, regresó al espacio y fue capturada por algún instrumento óptico inimaginable para la raza humana... Como siempre, la parcial respuesta me deja con ganas de saber más.
Mi llegada ha renovado el contacto con los “extraños”. Según podemos averiguar, con el transcurrir de los días, mi viaje se relaciona con un gran encuentro, algo así como una especie de tertulia galáctica que se realiza, medido en tiempos de la Tierra, cada lapso de… ¡5 mil millones de años!
Esta parece ser la tercera reunión de este tipo desde el origen del tiempo, desde el propio Big Bang. Pienso, en medio de un estremecimiento, que cuando se realizaba el segundo de estos actos, ¡ni siquiera la Tierra existía por entonces! Faltaban unos 300 millones de años para que nuestro planeta comenzara a formarse... Tampoco existía, desde luego, ninguna clase vida en todo nuestro, por aquel entonces, flamante sistema solar.
Me es muy dificultoso asumir el papel del ser humano más importante de la historia… y también de la prehistoria, según me sonríe Mulford… Saber que todas las posibles combinaciones de moléculas de ADN, desde que surgió la vida, han dado como resultado… a mí mismo... es un autorretrato casi inverosímil de comprender.
A ver… Cada medusa, cada ratón, alga, bacteria, rinoceronte, dinosaurio, sauce o pez que vivieron durante estos últimos 3.800 millones de años ha existido solo por una razón: llegar a mí. Es una extraña comezón para el ego, una manera algo egocéntrica y desatinada de ver el mundo. Pero, sin embargo, y gracias a esto, noto algo que antes no veía: ahora entiendo por qué cuando apoyaba la cabeza sobre la almohada, todas las noches, cuando era niño, creía que el mundo desaparecía dentro de mí. No era sólo una creencia ni una alucinación.
Tampoco soy física o psicológicamente diferente a los demás seres humanos; soy igual que todos. Pero, ¿acaso cuando cierro los ojos no desaparece todo lo existente? Eso es lo que me hace distinto: que lo mío es real. Mi soledad es la única que tiene una entidad existente y objetiva.
También es verdad que soy el tipo más solitario del mundo y… ahora, lo confirmo plenamente.
5
En todos estos días se me ha entrenado y preparado para encontrarme con seres de aspectos seguramente desconocidos y tan variados como sólo un ensueño o delirio humano pueden generar. La fecha del encuentro con la llamada “Civilización” se ha concretado para dentro de seis meses, el viernes 2 de enero de 1979 a las 2 PM. Me consuelo pensando en el mal chiste de que, siendo un fin de semana, nada puede salir mal.
Se me ha vacunado contra todos los males posibles y adiestrado contra súbitos vómitos, mareos y desmayos que puedan acaecerme mientras haga el viaje.
En estos días, y quizá debido a la llegada de gente de la NASA, los intercambios de información con los “extraños” han sido más numerosos, pero también algo más desilusionantes que los anteriores, sobre todo porque se dan por sabidos algunos detalles que superan nuestra inteligencia. Mulford considera que el motivo de que esto suceda es la desconfianza que los extraños sienten por nosotros. Afirma que sospechan que, si nos transfieren parte de sus enseñanzas, tal vez la usemos para atacarnos unos contra otros.
Otro científico a cargo del proyecto, Rollock Sydney, el de mayor diálogo con la “Civilización” y experto en cálculo analítico y encriptado numérico, me ha confesado que ante el primer contacto , en el año 1966, creyó que todo se reducía a una broma, una especie de fantochada de estudiantes técnicos avanzados. Incluso me manifiesta que en un momento determinado hasta se había evaluado que podía ser algún truco o trampa elaborada por los soviéticos. Pero que, luego, con la invalorable colaboración del propio doctor Carl Sagan, de la Universidad de Cornell y su Departamento de Lingüística, se lograron descifrar los mensajes. Sagan habría quedado tan impresionado que le señaló a Sydney que escribiría una historia del caso en particular.
Como ya dije, el proyecto recibe el nombre de “Granero Affair”, pero sólo es conocido, según me explican, por una docena de políticos, unos cuantos científicos de diversas naciones y algunas personalidades de la cultura internacional. El filósofo y matemático Bertrand Russell es el primero, de los que conocía todo este entuerto acerca de estos contactos, que ha muerto, casi centenario, en Londres, en 1972.
Finalmente se establece que el choque de culturas se realizaría de la manera siguiente: la “Civilización” no mandaría un contingente a la Tierra a buscarme, sino que más bien indicaría el modo de construcción de una compleja maquinaria como para atravesar millones de kilómetros en pocos segundos y burlar el límite de la velocidad física de la luz. Algo así como pasar a través de un agujero dentro de una manzana, cuando la ley física indica que no es posible abandonar la cáscara del fruto. Un ejemplo práctico es, según dicen, que los mensajes intercambiados tardan sólo unos momentos en ir y llegar a destino; ahora había que lograr la misma cosa, pero con un objeto material. Para lograr esto, serviría el plano que Neil Armstrong había traído a la Tierra en 1969 desde la Luna.
Finalmente, una semana antes del plazo, me conducen a Cabo Cañaveral, donde estos días vivo en una dependencia interna del ejército. Los días pasan, como todo en la vida cuando se espera algo extraordinario, con una absoluta celeridad.
Un sicólogo pasa conmigo mucho tiempo, tratando de sonsacar algunas cuestiones importantes, como por ejemplo si manejo mentalmente, o no, la posibilidad de un regreso. Esto me tiene sin cuidado; en realidad el recado es de tan enorme magnitud que mi destino final se me antoja insignificante.
-Tiene que entender que esto es lo más parecido a una condena a muerte, señor Granero… O en el mejor de los casos, de un ostracismo para siempre… Asúmalo… Si regresa, lo que no sabemos si es posible… o si es probable, tal vez encuentre que la Tierra no sea la misma, por la Teoría de la Relatividad… Quizá regrese en otro tiempo en el futuro… No lo sabemos.
No me resulta tranquilizante aferrarme a estos conceptos. Cada día que pasa aumenta mi nerviosismo y la ansiedad se me hace más y más intolerable. Mi sensación es como estar viviendo un tiempo medianamente feliz, dormirme una noche y despertarme convertido en un ciego o en un inválido.
Todo lo que he considerado como valioso en la vida, queda ahora relegado al viaje. Mi ideología política, que ha sido mi sostén en todos estos años, de lucha por la justicia y una sociedad más equitativa, queda actualmente reducida al tamaño de un átomo, ante estas contingencias. Es curioso que algo por lo que uno estaba dispuesto a dar la vida, parezca actualmente tan nimio y tan trivial.
El día anterior a la partida se celebra una fiesta íntima entre los integrantes del equipo; tengo la sensación de que me he convertido en una especie de Hitler en medio de su fiesta de casamiento… unas horas antes del suicidio. Sagan me confiesa que me envidia sanamente; me confiesa que ha filmado o está filmando una serie testimonial que aparecerá en televisión en poco tiempo más.
Ya domino el inglés bastante bien, pero no capto bien algunos giros lingüísticos, sobre todo por la fonética de esa lengua. En realidad sigo pensando en castellano mientras farfullo en inglés y todo eso me genera pequeños problemas de comunicación.
Pregunto al grupo si el mundo va a conocer alguna vez los detalles de este viaje; Mulford dice que en el año 2030, a los 50 años de producido el hecho, se desclasificará la información, pero que un año antes la NASA comunicará a la población del planeta el momento más notable de la historia del mundo: la existencia de una civilización extraterrestre.
Cinco décadas de diferencia, para la edad de la Tierra, es una minucia, según opina. Pero no lo es para una persona, pienso, mientras saboreo quizá el último trago de generoso vino tinto que beberé de aquí en más, quizá en toda mi vida.
La última noche la paso en vela, tal como seguro imagino que sucede con los condenados a muerte. Escucho en mi cabeza los últimos consejos de los especialistas. Buzz Aldrin, un astronauta experimentado que ha orbitado la Luna, me instruye en pilotaje espacial, por si hiciera falta, durante el poco tiempo que estamos entrenando. También me desea una inmensa buena suerte, ofreciéndome un fuerte abrazo de camaradería.
Fredric Stanwick, un físico nuclear inglés, representante del Reino Unido, me palmea la espalda; Vasily Marsov, el representante espacial soviético, garabatea un mal español sobre una hoja de papel y me la alcanza: “Un komunista puede solo acer este viaje”. Recibo, además, felicidades de Herman Bondi, un astrónomo austríaco y de otros entusiastas participantes del acontecimiento.
El personal subalterno y ayudante, que apenas ha dicho algo en todo este tiempo y que no son los amables y dicharacheros mexicanos, termina de colocarme un micrófono sobre la boca, sujeto a mi casco.
Mulford, aparte, cuando estamos solos, me entrega una pastilla suicida, por si las cosas se ponen feas, y me dice en tono de humor que no me preocupe, ya que no crea hábito... Ríe cuando asegura que está convencido que tiene gusto a menta. Me recorre un espasmo frío por la columna.
Estoy ataviado de astronauta, pero con un traje mucho más liviano. Se le ha preguntado a la “Civilización” qué clase de ropas llevar pero, evidentemente, ésta no ha comprendido la pregunta. Al final ha respondido que el tema carecía de importancia, conque voy lo más suelto posible.
Como aditamento especial, llevo un aparato adosado para medir la presión arterial y un casco ajustable con una pequeña luz adentro, a la altura de la frente. Todo estos aditamentos son preparados por indicación de los “extraños”, mis lejanos anfitriones.
Llego finalmente a la nave, que no es más grande que un salón de fiestas. Es la tercera vez que la veo; ahora tengo un poco más de tiempo para recorrerla. Se trata de un espacio extenso, mayormente vacío, con una sofisticada butaca en el medio, sostenida por un eje vertical y otro horizontal, en forma de cruz, que deja sólo el lugar para sentarse, tipo hamaca. Hay un tablero luminoso adelante, pero casi fuera de mi alcance.
Me acomodo en el asiento y noto que la tela se me ajusta al cuerpo como si estuviera forrada de seda o algo similar, muy fina y delicada; quedo envuelto, como flotando en el aire, pero moviéndome con una total libertad. Tres cámaras de video, sujetas del techo, grabarán todo lo que suceda y tratarán de transmitirlo a un receptor ubicado en la NASA y en Baikonur, la Unión Soviética. No estaban incluidas en los requerimientos de los “extraños”, pero tampoco se ha prohibido su instalación.
Mi excitación aumenta; me arrepiento de no haber dicho que… ¡no!... mucho antes… En un instante, unos minutos antes de mi despedida, toda mi vida se acumula en recuerdos aislados e inconexos, pero cuando voy a reaccionar y deseo reclamar algo, ya estoy firmemente sujeto a la butaca y el último hombre, otro ayudante técnico, va camino hacia la puerta.
Mi grito final de auxilio se pierde dentro del casco, que queda humedecido por el aliento febril. Se cierra la puerta con un ruido seco y un soplido neumático. El corazón me late a un ritmo feroz.
Voy, tal vez, rumbo a la pesadilla más atroz que pueda imaginarse… Tanteo mi píldora “de menta”. Está en su lugar… ojalá siga allí…
Me encuentro solo, como a la deriva, igual que un condenado a la pena máxima, pero sin la presencia de un pelotón de fusilamiento que verifique que el suplicio concluirá en muy poco tiempo. Se apagan las luces y quedo en medio de una semipenumbra, apenas quebrada por el sisear sinestésico de las cámaras de video. Durante diez interminables minutos no pasa nada…
De pronto, siento que todo tiembla, que soy impulsado hacia adelante con la fuerza de un huracán; los ojos van a escapárseme de sus órbitas; comienza a salirme sangre de la nariz y la presión arterial sube tan repentinamente que se convierte en una dolorosa jaqueca que en segundos me lleva al desmayo. Luces intermitentes me encandilan y pierdo el sentido…
Despierto. Estoy en una especie de habitación tipo dormitorio, acostado sobre una cama redonda y ataviado con un traje tipo mameluco de trabajo, pero confeccionado de seda verde. Las sábanas son también del mismo estilo y color.
¿Qué ha sucedido? Alguien me ha cambiado de ropa mientras dormía. ¿Sería alguien del grupo? ¿Es cierto que todo esto está acaeciendo ahora mismo?
Quizá todo lo anteriormente ocurrido ha sido solamente un sueño… pero entonces… ¿por qué no estoy aún en la ESMA? La ESMA sí que no era un sueño, de eso estoy totalmente convencido. Sí que era real; tengo impresiones físicas que lo atestiguan y otras marcas mentales que me persiguen… a todos lados. Pero… ¿dónde estoy ahora?
Miro a mi alrededor; todo el entorno me parece artificioso, irreal, como un escenario barato, pobremente diseñado. La traza engañosa del mobiliario ostenta la patética metáfora de un animal mal desecado que, en apariencia, se está moviendo. Pero esta sensación dura apenas un segundo; cuando salgo del colchón, demasiado rígido para mi gusto, y abandono la habitación, descubro la grandiosidad del contexto en el que me encuentro.
Estoy metido, mejor dicho inmerso, en medio de un salón gigantesco, tan vasto como una pequeña llanura, como un aeropuerto o un hipódromo gigante, aunque sin gradas, pero con ciertos desniveles, aquí y allá. Me doy cuenta de que el escenario es limitado porque, al fondo, luego de pasar la vista sobre unas suaves colinas, como a un par de kilómetros de distancia, se avizora una pared oscura enorme que se está abriendo hacia arriba con una lentitud exasperante. Las luces del ambiente, que no sé de dónde proceden, van acomodándose lentamente a la luminosidad, a medida que la pared se mueve, dejando ligeramente más oscuro el lugar.
Detrás de aquel lejano muro, y poco a poco, aparece la visión más increíble que han visto ojos humanos: una galaxia descomunal, de tamaño indescriptible, despliega ante mí sus múltiples destellos, con brillos de una blancura y colorido tan puros… que se me saltan las lágrimas… sin motivo alguno…
Se me afloja el cuerpo; los músculos ya no me responden; quedo alelado por el tamaño monstruoso de aquel conglomerado de estrellas que revientan de fulgor con una intensidad esplendorosa…
Ahora sólo me basta morir… Estoy encandilado, embelesado por la grandiosidad. Después de aquella visión en la retina, ya no me importa nada; tengo el alma tan plena, tan llena de agradecimiento por tanta belleza que lloro como un niño.
Mientras, la galaxia se estira como un mítico animal que se está desperezando. Noto que la estamos recorriendo a lo largo, una vez que la pared ha terminado de despejar casi todo el ámbito y ha desaparecido de mis ojos, hacia arriba, hacia la noche total.
La luz dorada que actualmente ilumina todo el sitio proviene del cúmulo de astros que van desfilando ante mí, un carrusel fantástico de luminarias multicolores. Muy lentamente, allá adelante, a una distancia tan alejada de las posibilidades humanas como está la cima del cielo, veo que el techo del lugar ya no existe, que se ha ido; sólo se vislumbra una continuidad rojiza cenicienta como la que dicen atormenta a los ciegos de nacimiento.
A mis espaldas existe otra pared, observo ahora, detrás del cubículo, que es el dormitorio de donde salí. Este muro, quizá algo más lejano que el otro, también se está abriendo y muestra otra perspectiva de la misma galaxia, pero vista desde otro sector. Sé que es el mismo monstruo, puesto que el espiralado se mueve en el sentido en que va el cúmulo, en una orientación contraria a las agujas del reloj. Y veo que estoy en realidad dentro de un domo transparente de un tamaño continental, que parece estar volando a través del espacio.
Se apodera de mí un miedo reverente y, luego de unos instantes, logro vencer mi inmovilidad; me meto en mi pequeña habitación –en comparación con aquella majestad de afuera- y me tiro sobre la cama a secarme los ojos.
El corazón me late rápidamente. Lloro y lloro una vez más… no sé cuanto tiempo, sin tener razones necesarias ni suficientes; es el terror del instinto animal básico a la muerte -o la magnificencia- lo que me atenacea.
Pasan las horas y no me atrevo a salir; un miedo supersticioso me hace permanecer adentro, como un infante encerrado en su habitación mientras afuera ruge la tempestad…
Me consuelo pensando que soy el hombre más importante de la historia del mundo. Todo esto, me digo, está colocado ahí para mí… Soy, seré… más importante que Cristo, Buda o Mahoma, o que cualquier general conquistador o emperador romano, chino o caldeo… Hasta La Biblia ha sido escrita para mí, para exaltarme; soy mucho más que todos los Mesías de la historia y que todos los supuestos salvadores del mundo juntos...
Todos estos pensamientos, masturbadores, me infunden cierta valentía y algunas dosis de poder que me hace levantar de mi lugar y caminar por el cuarto… Soy el hombre más grande del mundo. Lo gracioso del asunto es que no lo sabía… Tenía razón el filósofo Voltaire: “Dios es un humorista ante un público temeroso de reír”… Soy la gema de la evolución; el diamante final, la punta de la pirámide, que es precisamente la parte más pequeña y más insignificante, pero también la más sustantiva de todas. 3.800 millones de años de evolución para llegar a mí…Soy único… ¡bien elegido estoy! Representaré a la Tierra de la mejor manera, hasta que me haga merecedor de otro premio a mi regreso… Pasan las horas, hasta que quedo dormido de agotamiento…
Despierto, cuando alguien me sacude. Abro los ojos y veo una cara, un rostro que me parece humano en una primera impresión, pero que intuyo que no lo es… En seguida reacciono como en una pesadilla, con un salto atlético hacia atrás, instintivo, de supervivencia. Me alejo intempestivamente y el hombre también retrocede, para darle lugar a mis temores.
Sí, se trata de un hombre; en figura, pero falso. No es un hombre… estoy seguro de eso… Está vestido como yo; tiene más o menos mi misma edad y hasta mi misma complexión y altura, pero sus ojos parecen muertos, vacíos de expresión.
-¿Quién es usted? –pregunto, como si mi castellano pudiera comprenderse. Me doy cuenta inmediatamente de mi desubicación. En un inglés apresurado pregunto lo mismo. Pero lo mío es ridículo. Si estoy en zonas desconocidas… ¿cómo conocería él los lenguajes de la Tierra? La “Civilización” podía habernos leído, pero hablar nuestra lengua… es otra cosa…
Existe otro detalle: el sonido de mi voz no se origina en mis cuerdas vocales, sino que lo oigo sólo dentro de mí, como si me hablara mentalmente. Deduzco que no debe haber aire dentro de la habitación y por lo tanto tampoco se pueden producir sonidos. Y, sin embargo, me tanteo y verifico que no tengo un casco puesto. Es todo muy extraño…
El hombre hace un gesto amistoso, se toca el hombro derecho como para activar un mecanismo y dice:
-Tranquilo, ya está a salvo. Ustedes los terrestres se comunican con sonidos y se manejan con nombres y números; el que tengo asignado aquí para que usted me comprenda es T.O.R.K.876-A7867AP5. No se preocupe; el ambiente está preparado para que usted respire a través de su epidermis; no hay aire como ustedes lo conocen, así que no intente producir ningún sonido con la boca. Sólo se cansará…
Me quedo en mi lugar, atónito. Ese hombre parece normal; no posee ninguna característica extraña o especial, excepto por una pátina extraña y mórbida en su mirada y un color pálido sobre la piel, como si se tratara de un arreglo estético. Sorprendido, veo, sobre su pecho, y solamente cada vez que lo miro, un cartel luminoso que dice su nombre y que desaparece apenas dejo de observarlo.
-Sé lo que está pensando –dice el hombre, sentándose sobre la cama-. No soy un ser humano, ni tengo un aspecto parecido a usted ni tampoco hablo su idioma, por supuesto... Lo que sucede es que para evitar conflictos innecesarios, la “Civilización”, como usted le dice, ha moldeado nuestras capacidades sensoriales con una herramienta suficientemente capaz para que yo lo vea a usted como soy yo realmente y que usted me vea a mí como alguien familiar, de su especie, ¿comprende? Se eligió esta variedad de relación para que cada uno parezca natural a los sentidos del otro. Lo mismo sucede con el idioma y el letrero que ve usted sobre mí y el que yo veo sobre usted… Le garantizo que lo que tiene enfrente es algo muy diferente a lo que nunca había imaginado. ¡Por suerte yo lo veo como usted no es…!
Ahora sonríe. Su risa también me resulta falsa y forzada, pero no por voluntad propia, sino porque mi intuición confirma que todo aquello es completamente ficticio.
-Pero hay otra opción. Si quiere verme tal cual soy, fíjese en el punto rojo de sus anteojos.
Trato de descubrir esos instrumentos tanteándome la frente, pero no encuentro nada.
-¿Qué anteojos? No tengo nada…
-Mire hacia arriba…
Lo hago y descubro varios destellos de luz, justo debajo de donde termina mi ángulo de visión. Algo físico, pero invisible, me está envolviendo la cabeza. Advierto el punto rojo indicado y cuando vuelvo la vista hacia él, descubro una criatura indescifrable, algo como un tronco vegetal con dos simetrías radiales y una gran cabeza en el medio del cuerpo, ataviada con algo que parecen ojos pero que son tres huecos, dos horizontales y uno más grande, por arriba. Cuando se mueve me asquea tanto que tengo náuseas; al lado de esta imagen también vislumbro medidas de referencia que me indican que esa criatura mide alrededor de veinte metros.
-Llámeme Tork… por mis primeras iniciales… -dice, y se mueve torpemente a un lado. Me aconseja que mire otra vez el punto rojo; ahora vuelvo a ver al ser humano anterior, vestido como yo y mucho más agradable a los sentidos que aquella espeluznante criatura.
-Entiendo cómo es que funciona esto… -digo. Tork sonríe otra vez con su expresión retraída y se desparrama sobre el lecho, como aliviado.
-Notará que yo muevo los labios cuando hablo, pero es sólo una ilusión óptica para que usted se sienta más a gusto. ¡Así es! Yo estoy aquí hace más de un mes, según su cronología del tiempo. Mi planeta no ha sido descubierto aún por los habitantes de la Tierra, pero en su clasificación mental se corresponde a la clave HAT-P-4b que orbita la estrella BD+36°2594 en la constelación de Boötes. El suyo es llamado la Tierra, ¿verdad?
Asiento con la cabeza. Lo miro con curiosidad y Tork descubre enseguida mis intenciones para con él. Es profundamente inteligente, perspicaz y agudo.
-¿Conoce a la “Civilización”? –pregunto. Me sorprendo tratándolo de usted; se me aparece como un extraño, pero lo veo también como alguien conocido que recuerdo desde siempre, tal cual si se tratara de un viejo pariente o amigo.
-Conozco algo, sí… lo que usted llama “Civilización” es una de las primeras formas de vida en el universo, aparecida hace unos 12 mil millones de años en la galaxia NGC 6782, que no era galaxia por entonces, sino solo una nube gaseosa… Surgió después de la conversión del helio a partir del hidrógeno, en lo que ustedes llaman fusión nuclear. Luego, la aparición del carbono, el nitrógeno y el oxígeno en la naturaleza dio por resultado un solo organismo, un solo ser vivo de tamaño planetario, con una inteligencia suprema que colonizó finalmente casi todo su propio sistema galáctico. Este ser, la “Civilización”, es quien organiza este Tercer Congreso.
-¿Tercer Congreso? ¿Qué clase de congreso es?
-Sí. Se realiza cada vez que existe un salto cuántico en la disposición electrónica de la valencia de los átomos. El Primero fue realizado con la creación del neón como gas noble, cuando el Universo tenía unos 5 mil millones de años. Usted sabe; los gases nobles son elementos que no se combinan con ningún otro, o sea que cuando la evolución de la materia llega a uno de ellos, se termina, por así decir, la tabla periódica. El Primer Congreso se realizó a causa de que, después de transformado el flúor en neón, la tercera capa externa de los electrones parecía definitivamente cerrada a modificaciones. En ese Congreso se decidió construir los elementos que le siguen al neón en la tabla periódica.
Lo miro y lo escucho, incrédulo:
-¿Quiere decir que a partir del gas neón todos los elementos que existen son artificiales?
-Así es… Todos fueron “fabricados” y luego repartidos por todos lados. Ese es el motivo por el cual los elementos más pesados que el flúor o el neón se encuentran en tan pocas cantidades en todas las galaxias.
-¿Y qué sucedió en el Segundo Congreso?
-El Segundo se realizó cuando el Universo tenía alrededor de 10 mil millones de años; allí se resolvió que la tercera capa de electrones, pensada para llevar nueve más, ya era una cantidad más que suficiente para que durara toda la eternidad. Pero resultó que tampoco alcanzó. Cuando se creó el elemento argón, el próximo gas noble, hubo que decidir qué hacer. Se estableció que ya no habría limitaciones y que se harían agregados de capas electrónicas siempre que se pudieran.
-¿Y qué finalidad tiene este Tercer Congreso? –pregunto.
-Se trata, en apariencia, de resolver un tema filosófico: a la naturaleza no le gusta que la manipulen. A partir de la cuarta capa de electrones creada, comenzó a producirse cierta inestabilidad de las partículas. Y una vez que se fabrica un elemento, es imposible dar marcha atrás. Cuanto más alejado está el electrón de su núcleo, más inestable se vuelve; y cuando se creía tener todo controlado, los elementos se hicieron tan inseguros que se volvieron casi pura energía, radiactivos.
-¿Y entonces…?
Tork suspira, se acomoda un poco en su lugar y sigue:
-Hasta ahora los Congresos han sido sólo científicos; ahora éste parece ser filosófico en su esencia. Pero no conozco los detalles… ¿Sabe…? Mi civilización tiene unos mil millones de años… la de ustedes es una de las más jóvenes, al menos en esta rama de la Zona. Y precisamente mañana nos juntamos todos los representantes de la Zona 213 para exponer ideas; será dentro de alrededor de unas catorce horas terrestres. Mejor coma algo antes de ir. Le aviso que afuera usted cuenta con todos los medios que cubren sus necesidades corporales; los alimentos que consume su especie están sintetizados en compartimentos que va a reconocer gracias a sus anteojos. Un consejo: déjese guiar por ellos y no trate de comprender ni de juzgar todo lo que ve. Hay mucha ilusión óptica y efectos de cuatro y hasta de cinco dimensiones. Usted o yo, que no podemos huir de las tres dimensiones, estamos muy limitados físicamente, por ejemplo para escaparnos de lugares como esta habitación, que sólo tiene tres. Por eso nos ha tocado esta Zona. Pero hay seres de capacidades físicas e intelectuales enormes. Esas criaturas son capaces de viajar en el tiempo, siempre en dirección al futuro...
Estoy completamente estupefacto, como si de pronto me hubieran narrado un cuento infantil con reminiscencias ilusorias de enanos, brujas y hadas… ¡pero que eran ciertas! Con morbosa curiosidad, le pregunto:
-¿Usted conoce la razón de por qué me eligieron a mí?
Tork me mira con sorna, como parodiando mi ingenuidad y me espeta:
-¿A usted solamente? A mí también me eligieron… Usted y yo somos los seres más evolucionados de nuestros respectivos planetas. ¿Sabe?... ¡Me creía tan especial cuando venía hacia aquí! En mi planeta hay más de 100 mil millones de especímenes como yo… ¡pero me eligieron a mí… y no a otro! La razón, los motivos para hacerlo, no los conozco… Pero igualmente eso me llenaba de orgullo… Mi preparación para el viaje duró casi diez años terrestres; no me había convertido en una celebridad, porque la fama no existe en mi mundo… Pero todos sabían que yo era alguien especial. Pero aquí… aquí vuelvo a ser otro que ocupa una habitación compartida, con una infinidad de otros seres. Le pregunto, con ironía… ¿A dónde ha ido a parar lo extraordinario que tanto me embargaba?
Y agrega:
-Este es el Congreso más importante de los tres… Aquí se va a definir el destino final del Universo. Ojalá estemos a la altura de las circunstancias…
6
Han pasado una buena cantidad de horas en las que Tork ha despejado muchas de mis dudas. Cada habitación, como la que ocupamos, tiene dos integrantes; el más avanzado tecnológicamente de ambos debe de explicar a su compañero toda aquella compleja trama de asuntos que pueden ser incomprensibles para el otro. Averiguo que la ciencia de la Tierra es una de las más atrasadas, tempranas y básicas; también que la Zona 213, así como una cantidad incierta de Zonas semejantes, han sido seleccionadas para agrupar a las civilizaciones con un desarrollo evolutivo menor a los 1.000 millones de años, es decir, lo que equivale a ser dueñas de una tecnología mediocre. Es, pienso para mí, como si a escala zoológica, se nos hubiese catalogado como bacterias o virus.
También afirma que es la primera vez que un Congreso se realiza con acciones sociales e intercambio de opiniones. Los dos anteriores han sido con actividades individuales, sin comunicaciones recíprocas. Parece que la intercomunicación entre civilizaciones tecnológicas es muy extraña; diversos planetas han recibido las señales de radio emitidas por la humanidad desde la década del 20, pero a ninguna le ha interesado tratar de averiguar su origen. La curiosidad es una propiedad muy rara en el universo.
Al final, logro dormir un poco.
De pronto suena un timbre, de tono delicioso, siempre dentro de mi cabeza; sé, de pronto, que ha llegado el momento del primer encuentro de representantes de nuestra Zona.
La puerta de nuestra habitación se destraba y Tork y yo salimos juntos hacia un pasillo, donde veo varias salas muy parecidas a la nuestra, simétricamente dispuestas a ambos lados y a lo largo de una gran calle, parecida a una avenida vacía. Distingo que estas casitas son miles, que son idénticas entre sí y que desbordan en lo profundo de extensos callejones, arriba y abajo, como sacados de un enredado laberinto borgesiano.
A medida que avanzamos, nos siguen o se nos adelantan grupos de otros hombres, de la misma estatura y de similar aspecto que Tork (que, concluyo, es sólo una mera copia mía), todos con vestimentas parecidas, apenas diferentes en el diseño y la tonalidad del color, un verde césped suave, calco, seguro, del original ropaje con que fui ataviado cuando estaba inconsciente.
Comprendo que son todos esos hombres son toscas reproducciones de mi persona y, supongo, correctamente, que cada uno de ellos me verá como un duplicado de sí mismo.
Voy regodeándome y suponiendo que así de iguales somos en la Tierra, donde, en síntesis, cada uno parece igual a otro, pero sumido en un mundo de incontables diferencias.
Estamos saliendo casi al mismo tiempo y eventualmente atravesamos un inmenso camino de varios kilómetros de largo, que desemboca en una puerta abovedada, de un tamaño descomunal, al menos de unos 300 metros de alto.
Vemos pasar filas y filas de hombres semejantes, andando con un paso simétrico y metódico, que adivino como particular, dirigiéndose hacia la gran puerta, que se recorta monumental a lo lejos y que cada vez diviso más cercana.
A medida que llegamos, la visión me va abriendo una perspectiva colosal: se trata de una de tantas entradas a una especie de estadio, como un gran coliseo abierto en uno de sus extremos, edificado en medio de una enorme cantidad de tribunas donde se van apilando los recién llegados, en un silencio tan profundo que conmueve. No se oye siquiera el rozar de sus pasos sobre el suelo, construido de un material firme pero mullido a la vez, semejante a un piso flotante.
Ni siquiera se escucha el aliento de una respiración; claro… cómo podría suceder algo así donde el aire no existe… todo parece un desfile de fantasmas con la mirada puesta en el objetivo de llegar al mismo lugar para cumplir con el mismo objetivo. ¿Pero cuál será?
Pregunto a Tork, que camina a mi lado:
-¿Cada uno de estos es el producto de la evolución de su propio planeta?
Tork asiente con la cabeza.
-Algunos de ellos son el único ser que habita su planeta. Otros son híbridos. Los de verde más oscuros son “invasores”, seres que habitan planetas de los cuales no son nativos… Los más claros son formas vivas que no necesitan planetas, sino que flotan en el espacio y que aprovechan ciertos vacíos iónicos para desplazarse. En esta Zona 213, hay tres que habitan sobre estrellas, pero no pueden estar presentes porque su materia es esencialmente gaseosa y no son estables en estas condiciones. Igualmente participan a otro nivel, en ausencia, como seres virtuales representados por máquinas suplentes... Sería una presencia robótica, por así decirlo.
Llegamos ante una amplia escalera mecánica, de un ancho desmesurado, donde, en filas parejas, ascendemos ágilmente; allí recién puedo ver desplegada la gran majestuosidad de esta obra abrumadora.
Es una construcción en la cual cada uno puede verse la cara, desde la lejanía, claro está, pero diseñada de tal manera que al menos todos somos visibles a simple vista. Se acumulan, calculo, centenas de miles y miles de hombres dispuestos en grupos, sentados cada uno en su lugar, todos ocupados en manejar un sencillo aparato electrónico con una luz verde en el centro que yace delante de nuestro asiento.
¿Todos han sido elegidos por el destino?
Ahora comprendo a Tork. Cada uno de los presentes es como un espermatozoide en una alocada carrera; uno sólo será el escogido entre sus millones de camaradas, para dar a luz a una vida… que también será una más… entre millones…
Me siento otra vez agobiado por la cantidad fenomenal de vida existente en el universo. Tork adivina mis sentimientos agobiados y me pone una mano en el hombro.
-Amigo… Estos son sólo los seres de la Zona 213… todos los que estamos aquí somos recién llegados al mundo de la vida y tenemos una tecnología limitada. Vendríamos a ser… ¿cómo dirían ustedes…? ¡Eso…! Como los colados o los no invitados a una fiesta...
Temo preguntar, pero al final lo hago:
-Este es la zona 213, ¿no es verdad? ¿Y cuántas zonas hay?
Me mira con condescendencia.
-En este Sector hay 10.135 zonas. Nosotros somos solamente la Zona 213, una de todas ellas. Sólo en nuestra Zona existe esta cantidad de civilizaciones inteligentes que usted puede ver, una por cada uno de nosotros. Y estamos descartando toda la vida que existe pero que no ha desarrollado inteligencia o conciencia, que ha quedado en su lugar y cuyo destino también se halla en nuestras manos...
Admirado y curioso por más, pregunto:
-¿Y cuántos Sectores existen? ¿Cada uno tiene 10 mil Zonas?
Se queda mirando hacia la nada, y responde:
-Existen alrededor de un millón de Sectores, cada uno, como dije, con unas diez mil Zonas de promedio.
-Es decir… –razono, tratando de poner un poco de orden al fárrago de números-; suponiendo que aquí hay… ¿500.000 asistentes, más o menos…? con 10.000 Zonas en total… y 500.000 de civilizaciones cada una… son 50 mil millones de individuos, ¡únicamente en este sólo Sector! Y si hay un millón de Sectores, hay más de 50 billones de civilizaciones con conciencia que existen en el universo… ¿Verdad…?
Tork sonríe y sentencia:
-Se trata de un número, ¿no cree?…
En respetuoso silencio, nos sentamos en nuestros lugares, a los cuales accedemos sin conocer dónde se encuentran; parece algo extraño y aleatorio, pero no; de alguna manera sabemos a dónde ir y se nos conduce a nuestro lugar… y no a otro.
A mi derecha hay un hombre con ciertos rasgos achinados, como una mala versión oriental de Jesús Granero; todos son coetáneos y con la misma apariencia física, el mismo corte de pelo, algunos más lacios, otros más o menos enrulados. No hay uno ni excesivamente alto o gordo o más o menos robusto que yo.
Me pregunto, curioseando: ¿qué clase de ser verdaderamente extraño tendré a mi lado? Prefiero no mirar a la luz roja, no tanto para no impresionarme con lo que puedo llegar a ver, sino sobre todo porque el aspecto exterior es algo que nunca me interesó, ni siquiera en personas de mi misma especie, en la Tierra.
Le pregunto a Tork qué es lo que debemos hacer.
-Debe escribir (el verbo “escribir” denota la actividad que debe realizar usted) una pequeña frase con un pensamiento cuando se lo indique. Lo primero que se le ocurra. Yo haré algo parecido, pero a mi estilo. Es para medir el grado de conciencia y la influencia que tendría sobre el resto. Se elegirá al mejor de todos para pasar a la próxima etapa.
Veo el tablero con el botón verde que tengo adelante; lo oprimo y en mis anteojos se activan una serie de mensajes escritos y orales que, por algún poder que se me revela al instante, sé que pertenecen a cada uno de los integrantes de aquella inmensa reunión y que no se superponen con los de los otros.
Leo delante de mis ojos, como si un texto flotara en el aire, que debo lanzar mi propuesta en 30 palabras y que tengo cinco minutos para realizarla.
Mi oferta es claramente socialista: si todos los pueblos uniéramos nuestras inteligencias o encontráramos una fórmula para hacer que funcionaran en conjunto, las conquistas sobre el mundo no tendrían límite. Apenas termino de escribir, algo me impulsa hacia arriba, como si esta iniciativa recibiera una especie de aprobación.
Llega el momento de la votación; lo sé por la luz que se enciende dentro de mis anteojos invisibles y que me impele a elegir entre todas las variantes; votamos la que nos parece la mejor proposición, que aparece señalada con un punto de luz en una coordenada del espacio, en lo que creo que es afuera (o tal vez adentro, no lo sé…) de mis propios ojos.
Me inclino por una idea de un sistema de autocontrol mental, centrado en modificar el estímulo de la variedad de los colores, que aquí no son sólo los del espectro visible para el hombre, sino muchos más. En realidad no entiendo nada de lo que hace, pero lo voto sólo a causa de que todo lo relacionado con los colores me ha atraído mucho desde muy pequeño. Esta idea ha sido esbozada por alguno de mis miles de compañeros y la elijo pulsando un botón determinado… pero con la mirada.
Inesperadamente, un zumbido suena en mi cerebro; todos los hombres que tengo alrededor, de arriba y de abajo, comienzan a mirarme y tímidamente a aplaudir. Lo mismo Tork, que está sonriendo, extasiado. Esta vez la sonrisa parece más auténtica.
-¡Usted!... ¡Va ganando la elección! ¡Su propuesta está siendo la mejor!
Pasan los minutos y los aplausos continúan, uniformes y cada vez más fuertes.
Ahora todos me están mirando, al menos los más cercanos; los que están alejados se están marchando; algunos me saludan a lo lejos moviendo sus manos de arriba a abajo, en una forma de saludo cordial. El más efusivo es Tork. Señala la señal de una luz que viene de lejos y que me da de lleno en el rostro.
-¡¡Ha ganado el premio mayor!!... ¡Lo felicito! ¡Yo sé por qué ha vencido! ¡Es usted un genio!
Está realmente alborozado. Todos me contemplan, fríos y distantes, mientras se marchan en un desfile interminable de clones que van desapareciendo con el correr de los minutos. El propio Tork dice, manifiestamente nervioso:
-Ya todos pueden volver a sus planetas, pero usted y yo no…
-¿Por qué yo no…? ¿Por qué no?–pregunto, excitado, sin comprender qué cosa he hecho para merecer ese reconocimiento.
- ¡Usted ganó la Zona! ¡Yo seré su ayudante para que gane definitivamente!
-¿Qué… cómo…? –tiemblo-.
-Usted ganó el derecho a representar a la Zona 213… solamente. Ahora debe enfrentarse a las 10 mil Zonas que restan.
No sé qué decir, ni siquiera puedo comprobar si puedo pronunciar una palabra. Tork me mira, con una sonrisa amplia y generosa. Intuyo que se siente orgulloso. Está exultante
-Así es. ¡Y seguro que lo hará muy bien!…
Pregunto, ingenuo:
-¿Y cuándo será eso?
-En un momento… Aguarde aquí. Creo que con las propiedades naturales que tiene su especie podemos pasar sin mayores problemas… Voy a intentarlo.
Y veo que estira su mano hacia adelante, como si tratase de asir algo fuera de su alcance; ahora se marcha de mi lado hacia un extremo, donde se ha bosquejado, de la nada, una puerta ovalada, por donde desaparece.
He quedado solo, en medio del enorme estadio, inmóvil, en mi lugar. El silencio es conmovedor.
Me da por pensar en lo último que oí de Tork. ¿Propiedades naturales de mi especie? No será la inteligencia, puesto que aquí es la característica más abundante… ¿A qué se habrá referido?
Pasan los minutos, hasta que otra vez se dibuja la puerta y observo que Tork está saliendo con una gran sonrisa en los labios; ésta vez no la siento forzada, sino que parece estar realmente contento. A continuación me explica lo sucedido:
-¿Sabe…? Una de las características de mi especie es incorporar las propiedades de otras criaturas, así que pude entender qué cosa son sus sentimientos. Era algo que usted tenía y que yo ni nadie aquí presente lográbamos identificar… No existe nada similar en ningún lado, que yo sepa, ni en ninguna especie que yo conozca... Los sentimientos son privativos solamente de los seres humanos, pero ahora yo también los poseo, gracias a mi propiedad mimética; los logré añadir voluntariamente a mi cuerpo. Hace un rato, he hecho una demostración de estos, sus poderes, ante el Jurado de este nivel y se ha decidido que será usted… o mejor dicho nosotros, ambos… los que representemos al Sector, ¡gracias al poder de sus sentimientos! ¡Es la primera vez que se ven seres con estas capacidades tan increíbles! ¿Cómo les han surgido las emociones a lo largo de la evolución…? ¡Explíquemelo, por favor…!
7
Estoy metido en una amplia sala llena de pantallas destellantes de luces suaves, pero esta vez no se trata de una nave, sino de un perímetro donde debo permanecer hasta que termine la tarea que se me ha encomendado. Se me ha provisto de un casco con un visor donde puedo manejar los controles con sólo un golpe de vista. También Tork me está ayudando en el trabajo, ya que todos los ganadores de Zonas hemos tenido la prerrogativa de tener un ayudante elegido entre el resto de perdedores; ha sido el mismo Tork el que se ha elegido a sí mismo, pero debo confesar que tal vez no fue la mejor elección… La razón es simple: como ser humano, parece tener todas las posibilidades motoras de nuestra especie, pero al ser en realidad más parecido a un vegetal, muchos de sus movimientos son de una torpeza y de una lentitud insufribles; de todas formas es muy buen consejero y comentarista; también es un excelente escucha para mis problemas existenciales, que no son pocos y que se van acentuando a medida que voy ganando importancia en esta inusual carrera, sin otro premio que permanecer en este estado extático todo el tiempo.
Otra ventaja de tenerlo a mi lado es que explica todo con una sencillez notable. Cuando le pregunto, por ejemplo, cuánto tiempo calcula que ha transcurrido en la Tierra, me dice que alrededor de cinco años, aunque aquí haya pasado menos de una semana. El tiempo, calcula, transitará más rápido con las nuevas pruebas, que son de duración dudosa y relativa.
Tork ha estado ausente unas horas y regresado con un frasco misterioso que guarda con recelo.
-Es para usted, cuando comience el próximo encuentro –confiesa-. No se preocupe; su contenido está elaborado con sustancias sintéticas que su organismo puede soportar. Si existe peligro de que su corazón falle, tengo otro frasco para cortar inmediatamente los efectos nocivos…
La idea de someterme como un conejillo de Indias a un experimento del cual no voy a tener control alguno, no termina de seducirme.
A Tork no le gusta la competencia; es de la opinión que comparar dos seres vivos (o bien cualquier cosa) es el comienzo de la discriminación. Esto lo sostiene, dice, porque ha incorporado los sentimientos a sus otros sentidos. Reafirma que nunca ha tenido estas clases de sensaciones. Cree que, estimulándolas, tendremos buenas posibilidades de vencer.
El frasco que ha traído contiene un brebaje para incentivar, justamente, los efectos de los sentimientos y llevarlos a su máxima expresión. Cree que la química orgánica del cuerpo humano ha evolucionado gracias a que somos seres sociales, lo que ha provocado que exista la piedad y la colaboración, aunque, en contracara, convivan también con el odio y la envidia.
Le explico que en la Tierra el egoísmo, el prejuicio y la estupidez son una consecuencia del mal manejo de las emociones, pero me replica que se sorprende cuando digo esas cosas, puesto que estos efectos nocivos son muy sencillos de controlar, al menos para seres como él.
-¿En su planeta pocos de ustedes se controlan? –pregunta.
-Sí, pero sólo la gente sabia. Los idiotas siempre creen tener la razón.
-No comprendo por qué, con semejantes propiedades, no la aprovechan pata ayudarse mutuamente. Lo raro en la naturaleza es la solidaridad entre los seres vivos; en esta galaxia, casi todo ser viviente está aislado del resto.
-Es que tenemos una vida social, y no sólo los humanos… –le señalo, con firmeza-. Eso nos diferencia con ustedes. Hasta las plantas se comunican con ciertos insectos para que los polinicen.
-¿Polinicen? -dice, enseguida-. No sé qué quiere decir… ¿Sabe? Es extraño… Pero creo que gracias a que tengo parte de su experiencia, ahora añoro a mi planeta… No sabía lo que significaba la palabra “añorar”, hasta que hice míos sus sentimientos.
Le pregunto si existe la posibilidad de alguna comunicación con la Tierra, pero Tork me asegura que debo pasar un nuevo nivel para tener ese privilegio.
¿A qué se refiere concretamente? Le pregunto cómo es que sabe tanto y me contesta que él era uno de los favoritos para quedarse con la Zona y que tuvo la opción de aprender detalles sobre este Congreso mucho antes de mi llegada. Pero me explica que ahora debe concentrar, junto a mí, todas sus fuerzas en la lucha por imponer nuestro Sector sobre el millón restante.
Me divierto pensando, en medio del silencio, y antes de dormir, que finalmente la idea socialista que envolvió mi vida desde pequeño, la cooperación entre varias razas o naciones para la felicidad general de la comunidad había tenido un fin útil, pero a una escala inimaginablemente enorme.
¿Quién iba a decir que ganaría tan fácilmente entre otras miles de propuestas? Tork me había remarcado que lo original de mi planteo era el novísimo concepto de la solidaridad, algo que no concebían ni entendían las grandes inteligencias galácticas. Según él, el verbo “discutir” estaba plenamente ausente en todas estas culturas, al menos en los mundos que él conocía.
Quedo pasmado... ¡Tan inteligentes en ciertas esferas científicas y tan tontos como para no darse cuenta que la unión de uno con otro siempre tiene como resultado un número mayor que dos!
Me inquieta conocer de qué manera se organiza una competencia contra un millón de antagonistas. Lógicamente, resulta imposible juntarnos en un estadio como antes; es mucho más práctico que cada uno esté ubicado en su propia tribuna privada y que se establezca una conexión con los otros, al menos al momento de exponer la postura de cada uno. ¿Pero habrá que exponer una postura? ¿En qué consistirá la elección del Sector?
Después de un largo rato de sopor, me sacude un sonido estridente que, como siempre, suena adentro de mi cabeza; Tork, como mi ayudante personal, me indica que debo sentarme en mi sitial, ante un monitor virtual que flota en el aire. Me explica que absolutamente todo el ámbito del lugar ha sido elegido por el inconsciente, sin que intervenga para nada mi voluntad; parece una habitación de hotel barato, un lugar con ribetes eróticos, con muchos espejos y paredes adornadas de elementos góticos y mitológicos, estatuas de dioses paganos y cuadros de automóviles y maquinarias imposibles, que parecen haber sido diseñadas por Escher. Sin duda ha sido ideada por mi cerebro para darle un tinte más amistoso a la tarea que tengo por delante.
Llega el momento. En medio de un lenguaje de sueños que suena en mis oídos, conozco de alguna forma que el trabajo consiste en resolver una especie de test, análogo a los de inteligencia de Stanford-Binet, donde hay que elegir entre múltiples opciones, aunque estas no tengan que ser necesariamente ciertas.
Antes de comenzar, Tork me alcanza el frasco que ha traído; contiene un líquido azul gelatinoso que debo beber por completo antes de ponerme a trabajar. Lo trago con confianza, algo asqueado, debido a su aspecto repugnante. Es como una especie de gomina líquida que, a primera instancia, se me antoja azucarada. Apenas el fluido contacta con el interior de mi garganta, siento que las venas del cuello se me congelan y que mi mente comienza a abrirse y a volar a través del espacio; el manar de las endorfinas, de la oxitocina y otras hormonas del placer se me hace muy intenso; la temperatura gélida se dispersa a través de los poros y la piel y mi estado de éxtasis y felicidad crece proverbialmente, con un ataque de euforia que también va creciendo merced a la intensidad de los latidos del corazón.
Tork ha entendido perfectamente. ¡Ha preparado el elixir perfecto! ¡Nunca me he sentido tan feliz y tan pleno en mi vida como ahora! Siento que puedo devorar rocas, conquistar mundos, que tengo la capacidad de hacer feliz a cualquiera que vea o toque con mis manos, que soy capaz de alcanzar la cima del universo, donde quiera que esté…
Comienzo a vislumbrar en el tablero luminoso ciertos patrones lógicos en medio del maremágnum de inquisiciones que se van planteando en mi cabeza. Las primeras ecuaciones son tan sencillas e intuitivas que no me cuestan casi nada; sólo el movimiento de los dedos para elegir la correcta; cada vez se me aparecen más, en tropel, y cada vez son más complicadas.
Van pasando las horas y voy resolviendo problemas lógicos más complejos, con más velocidad. Distingo que la noción de ser dueño de un cuerpo físico sigue desapareciendo de a poco y que prospera, asimismo, en mí, un colmado estado de conciencia y satisfacción.
Comienzo a flotar en el aire y a zanjar las dificultades a través de unos tableros que siguen flotando, en tres dimensiones, delante de mi vista. No es importante, ya que mi visión alcanza de alguna manera imposible, o posible, los 360 grados. Es increíble cómo la mente humana se adapta a las necesidades que se le exigen y cómo el cerebro hace funcionar determinadas franjas neuronales que estuvieron dormidas durante generaciones, hasta que son incitadas por la necesidad; mi agilidad intelectual aumenta con el correr de los minutos.
Los interminables puntos de color que flotan aquí y allá y que representan al millón de Sectores van desapareciendo a medida que soluciono los desafíos intelectuales; luego de un rato y de un vistazo general descubro que quedan aun participando unos 450.000 Sectores del total.
La cabeza comienza a darme vueltas; siento que un desmayo me es casi inevitable; pierdo el conocimiento… ¡pero es sólo el que tiene que ver con mi cuerpo! Mi conciencia permanece en medio de una nube de instigaciones psicodélicas y sólidos coloridos que se escurren o se expanden unos dentro y fuera de los otros.
Trabajo en medio de un estado de somnolencia que me espolea los sentimientos más generosos, que ni siquiera sabía que existían. Cada nueva resolución de dificultades planteadas es un nuevo acicate al placer y una nueva aproximación a este estado de felicidad y plenitud total.
Los que denomino tests se van armando paulatinamente con más elementos, algunos de los cuales me resultan algo contrafácticos; el interior de mi cabeza es un hielo que eleva y hace discurrir a mis pensamientos con una facilidad y un nivel inéditos; distingo situaciones y paisajes absurdos, paradójicos, frente a mí… y todos los hechos se suceden con un ritmo enloquecedor.
Mi mente es una maravillosa fuente de inspiración; voy viendo que la cifra de Sectores desaparece a una velocidad descomunal; sólo quedan 80.316 y ya no necesito contarlos para saber qué cantidad exacta hay. La bebida de Tork, además, me ha dotado de una memoria prodigiosa; recuerdo exactamente y con gran precisión cada uno de los detalles y todas las preguntas que he resuelto y además descubro que hay una ligazón entre todas ellas, una especie de concatenación lógica que me parece deslumbrante, como quien desmenuza mentalmente una máquina compleja y conoce todas sus piezas.
Me distraigo algo con recuerdos anteriores que había relegado y que me sacan de foco, pero de alguna forma pongo a relucir una fuerza interior que no deja evadirme de los temas que debo corregir.
Las luces que identifican a mis rivales siguen desapareciendo y la vertiginosidad de mi pensamiento se va acentuado a medida que me desprendo de la ligazón física, de la dependencia con mi cuerpo; es como si estuviera padeciendo una muerte lenta y de a pasos, endulzada por el pasivo abandono del alma, que prescinde de la materia.
Al final sólo van quedando cinco luces. El tablero que contenía todos los puntos, y que era inmenso hace un rato largo, se ha empequeñecido con el mismo paso del tiempo y ha quedado reducido a un cuadrado ínfimo.
Estoy al tanto de que, con mis rivales, estamos entablando una lucha silenciosa; sé que cada una de las civilizaciones ganadoras de Zonas es una inteligencia particular que comprende cabalmente el funcionamiento de las leyes naturales y que está resolviendo los mismos (o quizá otros) acertijos que yo.
Se apaga una luz más; cada una que desaparece es un refuerzo para mis sentidos; mi respiración se hace mucho más fluida y mi mente permanece en un estado de gloria, liberada de sufrimientos carnales, como si pendiera solamente de un hilo, el único que la uniera con el mundo material… como para continuar vivo.
Otra luz desaparece. Sólo quedamos tres. Ya no poseo cuerpo para sufrir… Me elevo sobre mi sillón; no peso nada; todo es como un desmayo, pero superconsciente.
Ahora puedo satisfacer mis necesidades afectivas con una facilidad pasmosa; ostento un poder inmenso, como si de pronto pudiera controlar todo mi entorno con facilidad. Las “cosquillas” del placer espiritual son algo maravilloso que me invaden el alma tal cual un inenarrable orgasmo me recorriera la mente, de punta a punta.
Oigo la vez de Tork que me dice, mirando uno de los monitores:
-¿Es cierto que su especie sólo usa el 10% de la potencialidad de su cerebro? ¡Está llegando casi a su máximo!
De pronto, desaparece una de las luces y enseguida surge una imagen frente a mis ojos, en la cual diviso una niebla espesa y, detrás, a una distancia indeterminada, la figura fantasmagórica de un ente acuoso, con un tono amarillento, provisto de algo que parecen tentáculos, delante de un tablero ajustado a sus propias peculiaridades. Sé, de inmediato, que este es mi último rival a enfrentar; sólo hemos quedado dos y por primera vez mi deseo de vencer me resulta irresistible.
Los problemas matemáticos presentados ahora están basados, no en el binarismo, como podía suponerse, sino en un sistema trinario, donde hay lugar para una cifra entera entre dos valores. Estoy entrando en la paradoja, ese campo escasamente investigado por la humanidad.
Me pregunto, dentro del barullo embriagador en que se ha convertido mi mente, ¿cómo la ciencia puede decir que una moneda arrojada al aire, que ha caído como ceca durante veinte veces seguidas, tiene el 50% de caer así otra vez? Me doy cuenta de qué manera funciona, al menos en mi mundo, la casualidad aleatoria de los hechos.
Estos embrollos deben resolverse solo con la mente, moviendo en el tablero luminoso algunos objetos de cuatro dimensiones en otras inimaginables posiciones y ángulos, cambiando de lugar segmentos de un puzzle inconcebible que rota en el aire a gran velocidad, como la estrategia de un ajedrez demente. Y, sin embargo, someto todo a la intuición, que está exacerbada por la droga que he consumido.
Terminamos casi empatados, él (¿o ella… o ello?) con una ventaja mínima; pero mi calificación comienza a subir cuando aplico mi intuición emocional al juego. Comprendo que tener y manifestar las emociones me va a dar una ventaja superlativa, que va a superar cualquier intento racional de la contraparte. ¡Tork ternía razón!
Por más dinámica y fértil que sea nuestra inteligencia, no puede compararse con la tecnología de otros planetas, pero… lo que caracteriza a la raza humana, mucho más que el razonamiento, nos da una ventaja primordial.
Y eso es el sentimiento. Somos seres emocionales, no racionales... ¡Esa es nuestra mejor certera definición! Y es también la diferencia básica con el resto de mis rivales. Intuyo que si logro que la pasión se conjugue perfectamente con la racionalidad, al menos en una breve faja de equilibrio, no habrá nadie que pueda conmigo…
¡Y así sucede! No sé cómo ni dónde comienza a brotar de mi interior una alegría intelectual tal que en poco tiempo comienzo a sacarle ventaja a mi antagonista.
Tork se encuentra absolutamente desesperado; va y viene ajustando detalles. Es, nomás, un excelente ayudante, ahora que posee emociones. Hasta se mueve con rapidez y hasta con reflejos.
En poco menos de una hora, ya estoy superando al otro en todos los terrenos. De pronto, en medio de mi éxtasis total, los dispositivos se apagan y Tork lanza un grito de felicidad:
-¡¡No lo creo!! ¡Ha vencido! ¡Ha vencido! ¡En la Tierra deben ser perfectos!
Y me mira con la sonrisa más sincera que he recibido en mi vida. Al fin y al cabo creo que los profetas tenían razón: quizá Dios haya elegido nuestro planeta, nomás, como su favorito entre todos.
Enseguida, se apagan algunos equipos; mi sustento etéreo, esa fuerza que me hacía sentirme tan volátil como una pluma, comienza a fallar y aquella lucidez que había precedido a mi triunfo empieza a diluirse como agua entre los dedos; ahora sé, de manera terrible, lo que significa perder de repente todas aquellas propiedades que nuestra especie podría disfrutar en toda su vida, si supiéramos cómo generarla.
Caigo hacia atrás, hacia mi natural inteligencia mediana que, conozco, tendrá ahora que convivir con el agrio sabor de la estupidez. Esa concordia entre ambas fuerzas opuestas se me hace algo intolerable. No he experimentado nunca esta sensación de fracaso en medio de un triunfo tan espectacular; mi estado de felicidad ha sido tan enorme, tan inabarcable, que siento su pérdida como una catástrofe sin precedentes en mi vida. Sin embargo, no tengo resentimientos. Un sutil estado de paz me adormece hasta provocarme un desvanecimiento.
Despierto en medio de convulsiones, como si de repente me hubiesen rescatado de un abismo marino; mis ojos recorren un inmenso espacio decorado de estrellas y nebulosas de diverso color y tamaño; estoy apoyado sobre algo físico, duro. Soy el Ganador…
Observo a Tork que se me acerca desde unos metros; inclino la cabeza hacia atrás y sólo veo estrellas cuyos innumerables conjuntos van curvándose lentamente hasta alcanzar la forma espiral. Estamos en el espacio exterior, flotando en medio de una galaxia, plena de remolinos y conglomerados multicolores de luces.
Tork ha llegado hasta mí; levanta su mano y sin que su boca haga ningún movimiento, me dice:
-Usted ha ganado… Nuestro Sector ha sido el ganador. ¡Todo gracias a sus emociones! Ahora debe representarnos a todos…
Tork ha quedado relegado, con el gesto amable de la mano hacia arriba. Leo en sus labios, sin oír nada:
-…ante la gran Reunión de las Esferas.
¿Voy a representar a nuestro universo en algún otro tipo de disputa?… Ya casi no veo a Tork, que se diluye a la distancia; sin embargo su voz me sigue llegando como si estuviera dentro de mi cabeza.
- Yo ya no puedo estar allí con usted… Usted no representará al universo, sino a nuestra galaxia, la que ustedes llaman Vía Láctea…
-¿Una… galaxia? ¿Sólo eso? –me pregunto a mí mismo, incrédulo.
-Así es… Y en el Universo existen alrededor de 800 mil millones de galaxias; sólo le falta el último paso…
Quedo inmóvil, petrificado, sin saber qué decir; otra cifra monstruosa, después de haber vencido a un notable número de rivales.
Me siento mentalmente cansado, oprimido por tamaños y espacios tan remotos. Y, sin embargo, todavía, mi tarea no ha finalizado… ni mucho menos.
8
Según datos aportados por la “Civilización”, existen casi 1 billón (esto es 1.000.000.000.000) de galaxias en todo el Universo, de la que yo represento sólo a una.
Escribo mentalmente el número 1… Solamente una... Tanto trabajo, de tantos días, solo para alcanzar un premio tan exiguo… Miro la delgada línea que dibuja la cifra “1” y pienso que no existe nada más simple y pequeño en la naturaleza que una simple recta.
Un billón implica también que son más las galaxias existentes que todos los granos de arena de todas las playas y los desiertos del mundo.
Y todo lo que hice fue hacerme cargo de uno, de un solo grano de arena, que puede estar flotando ahora mismo en un simún o permanecer seco o húmedo sobre una costa… en Mar del Plata o en el Mediterráneo.
Mis aparentes grandes logros anteriores fueron solamente para obtener la representación colectiva de millones de seres en… un solo granito de arena. No existe mejor manera de quedar apabullado por la humildad, de la misma manera que antes había quedado pasmado por la inmensidad.
Los granos de arena se parecen a la divinidad; mientras van quedando redondeados por la acción del viento y del agua, quedan casi esféricos y, cuando llegan a este estado, pueden subsistir en esta forma durante miles de millones de años. Como las galaxias, los hay brillantes, menos coloridos y otros tan blancos como la leche.
Mientras divago en la metáfora, comienzo a sentir una brisa fuerte que me golpea el cuerpo; de pronto, una tormenta de arena me dobla el cuerpo, haciendo que caiga de rodillas. El lugar se pone penumbroso; sólo puedo ver, muy trabajosamente, las ráfagas de arena que van poblando el piso, pero sólo advierto las que están más cerca. Así, paso un tiempo prolongado sin atreverme a moverme de mi lugar. Este verdadero simún subsiste un lapso prolongado que no puedo establecer, hasta que, al amainar, mis ojos irritados me muestran un desierto inusitadamente extenso.
Lo estoy contemplando desde una cumbre muy alta, desde donde puedo distinguir montones de dunas peinadas por el viento que todavía las mece, en una inquietante regularidad de proporciones planetarias. Sin duda, la duna donde estoy posado es la más grande de todas, quizá cuatro o cinco veces más que la que le sigue en tamaño.
Por algún artilugio que desconozco, de inmediato me percato de qué cosa debo hacer; ¡se me está poniendo a prueba!… Estoy seguro que allí, adelante, hay un billón de cascajos mellizos…
Mi tarea reside en encontrar un solo grano de arena de entre todos ellos… pero no uno cualquiera, sino el correcto... Pero, ¿qué quiere decir la palabra “correcto”? ¿Cómo concebir un trabajo tan ingente? Y aunque pudiera identificar un guijarro en especial, como podría ser uno de color violeta o con otra estructura… ¿cómo haría para descubrirlo en esa multitud?
Tomo un puñado y lo dejo escurrir entre los dedos… Me pregunto… ¿Cuántas maravillas, cuántos dramas, ruegos a Dios e historias magníficas están encerrados en cada uno de ellos, así cómo sucede con el nuestro?
Pienso que hay cosas que sólo pueden existir en grandes cantidades, como las hormigas o los átomos; individualmente cada uno de estas miríadas de pedruscos aparentemente idénticos no tienen ningún significado; uno es en función del otro y siempre es así. Separado, cada uno pierde su identidad, como las gotas de lluvia en un charco.
No obstante, no tengo otra opción más que elegir el único, aquel que corresponda a mi galaxia. ¿Por qué? Solamente lo sé por un conocimiento que está inserto en mi memoria. Se me solicita que elija uno solo.
Me siento desesperado. No es posible manejar la posibilidad de distinguirlos por sus particularidades físicas, así que la diferencia tiene que radicar en otra parte.
Ahora sólo me queda un grupo de ellos chispeando en la palma de mi mano, como un puñado de relucientes puntos. ¿Cómo lo identificaré? ¿Será éste o aquel? Pero quizá lo importante no estribe en aquello que los diferencia, sino más bien en lo que tienen en común.
A medida que pienso en todo esto, se vuelve a levantar un viento, mucho más violento que al anterior, que me deja casi ciego; caigo de espaldas por la duna; trato de mirar pero apenas consigo ver la incesante cortina de granos que me castiga; escucho el ulular del aire pasando y los minúsculos cascajos erosionando mi piel.
Pasan unos minutos y la tormenta comienza nuevamente a amainar; con ello ya puedo ver que el desierto se ha reducido significativamente; algunas partículas me han invadido distintas partes del cuerpo, sobre todo una, en el ojo izquierdo.
Gradualmente los granos van desapareciendo, hasta dejar el espacio vacío. Nunca he soportado demasiado esa opresiva tortura de las llamadas “basuritas”, cerca de la pupila, por lo que lo froto con fuerza.
Noto que el piso donde estoy situado es ahora un limpio espejo negro, rodeado de una noche espesa y en el que puedo ver mi rostro reflejado. Me sacudo, trabajosamente, la mayor parte de las molestas piedrecitas. Finalmente, logro quitar la última de mi ojo, la más perturbadora, con la punta del dedo índice; la miro por un segundo y la coloco en el piso. Brilla con intensidad. El objeto relumbra como si tuviera una luz en su interior.
Es el único que ha quedado…
¿Por qué estoy seguro de que es el correcto? No sé por qué lo sé… Pero él mismo me ha dado una pista de su importancia, de su diferencia con respecto al resto. Estoy convencido que el guijarro es éste, el que me trajo el propio destino, el único capaz de darse a conocer a través de un sentimiento, en este caso el dolor… ¿Y no es acaso el dolor uno de los métodos más eficaces de conocimiento para la humanidad?
Lo miro con admiración. ¿Cómo algo tan intrascendente pudo haberme jugado tan mala pasada? ¿Pero acaso no somos así los humanos? Un objeto tan diminuto me parece ahora tan sublime como una sinfonía.
Las luces bajan en intensidad, como si de pronto se pusiera en el ocaso un supuesto sol sombrío, inexistente, en el ámbito donde estoy ubicado. En unos instantes, vuelven a reinar la oscuridad y el silencio.
De repente, intuyo que he sido otra vez Elegido. Me pongo de pie y veo que en la lejanía se acerca una luz de reflejos violáceos. Encandilado, oigo una voz que retumba en el interior de mi cabeza y que dice:
-Has sido nombrado… Ahora regresa y espera instrucciones…
9
Estamos en un recinto afín al de la partida; otro espacio muy parecido al de mi llegada. La butaca parece ser la misma y su sujeción al techo y a las paredes es igual; sé que en breve nos pondremos rumbo a casa.
Otra vez vienen las sacudidas y la sensación de perder el sentido. Tengo la certeza de que la vuelta será rápida.
Pero lo que me angustia es: ¿cuánto tiempo ha transcurrido en la Tierra desde mi ausencia? A diferencia del viaje de ida, ahora conozco la manera de manejar el instrumental que poseo delante y que puedo ver sólo cuando miro dentro de mis invisibles anteojos.
Cuando después de varios intentos hago contacto con la Tierra, encuentro que la respuesta está llegando desde la Luna. Son solo sonidos ininteligibles, pero al menos confirmo que llegan desde allí.
Calculo, que han pasado unas cuantas décadas desde mi partida, qué duda cabe... Quizá hasta algunos siglos… Si hay una base humana en nuestro satélite, con una tecnología suficiente como para responder de inmediato a un mensaje irradiado a través de instrumentos sofisticados como estos, es que hemos avanzado mucho.
Seguramente, y con total resignación, intuyo que no encontraré a nadie vivo de mi generación y tal vez ni siquiera a sus hijos o nietos.
El “loco” Ibáñez es ahora un mal recuerdo. ¿Para qué sirvió su vida?, rememoro con tristeza. Pasó, ligeramente… como uno de aquellos granos de arena llevado por la tormenta; pudo haber elegido ser una galaxia, pero fue solo una piedra minúscula entre otras millones.
Todos hacemos de nuestra vida un cielo y un infierno; no existen por fuera de nosotros. En realidad, nada existe fuera de nosotros… Pienso que al menos existe un aspecto positivo en mi retorno: los humanos todavía existimos como especie, aún hay humanos en alguna parte del Sistema Solar.
Para mi sorpresa, descendemos en la Luna y no en la Tierra. Diviso, al salir de mi habitáculo, que nuestro planeta, a lo lejos, ha cambiado ligeramente de color; existen manchas negras y ligeramente achocolatadas, con el tamaño de países enteros, que se van deformando a un ritmo menor que el movimiento de un minutero. ¿Qué son?
Debajo de un túnel de vidrio o de acrílico por el que desciendo se despliega la base donde me encuentro: tiene un tamaño bastante apreciable, casi de una pequeña ciudad; hay una torre con lo que parecen radares, telescopios y varios edificios con luces encendidas. Un gran domo transparente lo cubre todo.
El primer ser humano real que descubro es una mujer muy alta y muy delgada que viene hacia mí, flanqueada por un par de guardias, también encumbrados, tal vez de más de dos metros de estatura. Me indica con un gesto adusto que debo pasar por un compartimento que supongo será una especie de cuarentena donde se me harán exámenes bacteriológicos.
Por medio de aparatos y escáneres que me recorren el cuerpo a gran velocidad, me voy dando cuenta de que en realidad el tiempo transcurrido desde mi viaje ha sido algo más extenso del que había calculado inicialmente.
-¿En qué año estamos? –le pregunto a la mujer, cuando hemos terminado los análisis y salgo finalmente del encierro. Ella me hace un gesto de espera; se coloca un objeto redondo como una grajea en la boca, mira con gesto de sorpresa y me dice:
-Perdone, los lenguajes han cambiado bastante desde su partida... Necesito el traductor… Creí que lo sabía... Estamos en marzo del año 7021, de su vieja Era Cristiana, claro está.
Un estupor total... ¡Más de cinco milenios transcurridos, en una estancia que para mí habría sido menos de un mes!
Me siento ajeno, como un extraño a mis congéneres, cuando soy recibido en una gigantesca bienvenida y en medio de un estadio amplio y bien pertrechado, con tribunas removibles que van y vienen sobre unos rieles deslizables y donde me ovacionan miles de personas… Una fiesta preparada hace mucho tiempo.
Hay un estrado en medio del campo donde estarán situadas las autoridades. La mujer que va a mi lado juega un papel similar al de Tork, pero creo que siente algo de piedad por mi desconocimiento… o tal vez sea a causa de mi reducido tamaño físico comparado con mi comitiva; hay hombres de hasta dos metros y medio de altura, tan delgados y de músculos tan estilizados que parecen esas muñecas con las que jugaban las niñas en mi infancia. Sus manos se han deformado también; el dedo pulgar es ahora bastante más largo y casi puede ser montado a los otros cuatro, por encima de la mano.
El festejo y el bullicio son enormes; muchos tratan de abordarme, de tocarme; otros sonríen desde una distancia prudencial; algunos tienen el cabello pintado de distintos colores y texturas, otros descalzos o parecen desnudos; todos, sí, llevan dispositivos adosados a la piel; no conozco qué función cumplen.
La ropa que lleva la mayoría está casi pegada al cuerpo; se advierte que es orgánica y que se estira cuando los músculos son meneados por el movimiento, adaptándose grácilmente a esas nuevas formas.
-¿Por qué no me han recibido en la Tierra? –pregunto a mi compañera. La mirada de ella, piadosa, me hace sentir como si de repente Galileo renaciera en el siglo XX y preguntara qué cosa es un ferrocarril.
Una fuerza desconocida nos levanta en el aire y nos deposita encima del estrado, ante las dos autoridades, un anciano con porte señorial y otro hombre más joven, de extraños ojos violáceos y barba recortada.
-¡Bienvenido a casa, señor Granero! –dice el viejo-. La humanidad ha aguardado mucho este momento y tenemos el privilegio de ser los primeros humanos en verlo nuevamente.
A continuación comienza un discurso en un idioma cuyo vocabulario es una jerigonza de palabras muy abiertas, con muchos sonidos consonánticos sibilantes; casi puede decirse que se trata de un suave seseo prosódico del inglés. En lugar de aplausos, la gente agita una especie de abanicos (o al menos eso parecen), que producen un sonido estridente que es muy agradable al oído.
Al momento en que todo termina, soy conducido a un salón bien preparado con manjares exquisitos y bebidas, entre las cuales se destaca el clásico vino tinto, todavía inserto en botellas de vidrio, aunque más estilizadas y delgadas. Existe una cultura de exaltación enfermiza a todo lo escuálido, pálido y extendido artificiosamente, como si se tratara de forzar a las cosas a permanecer en un estado de estiramiento perpetuo.
Soy el centro de la velada y de todas las preguntas; pero el que está ávido por saber, soy yo.
Luego de intercambiar un par de historias, rescato a un hombre más bien bajo, veterano, como de una estatura normal para mis cánones, con una cabeza en forma de punta y pelo rojo gelatinado. Tiene 138 años de edad y dice que está en la edad madura. La esperanza de vida es de ahora 180 años y me confiesa que ya no se puede hacer mucho más por extender la existencia, aunque se posean los métodos para lograrlo.
La vida humana tiene hoy una expectativa máxima de alrededor de 200 años. Me entero de que hace poco menos de tres milenios vivió una persona en el antiguo país de Perú hasta los 214 y sólo fueron siete las personas las que llegaron a bicentenarios en los 5000 años de mi ausencia. El primero en lograrlo fue un asiático en el año 2217.
Se me anoticia, con mi absoluta sorpresa, que la Humanidad ya no habita nuestro planeta.
Un grupo de amables caballeros me cuenta que en 2898, por un error biológico de mal manejo de un genoma, se produjo una mutación en una sola especie de insectos carnívoros que se organizó para formar un solo organismo complejo; de alguna manera fueron capaces de “enseñar” esta nueva capacidad a otra especie de invertebrados, herbívora, para asegurarse su manutención. Estos comenzaron a extinguir al resto de los insectos y a competir con el hombre por el control y el manejo del mundo.
África fue el primer continente que conquistaron a pleno, desplazando a la humanidad hacia otros continentes, desde el año 3367. Sólo algunas zonas que pertenecían antiguamente a Argelia y Marruecos permanecieron deshabitadas y toda la Media Luna fértil hasta los confines del viejo Irak fueron tomadas por las bandas de miles de millones de sabandijas que diezmaron a todas las poblaciones locales.
Ese mismo año, un científico europeo, descubrió un sistema óptico para detenerlos y fue así que la Humanidad logró frenar su expansión. Pero años después comenzaron a extenderse nuevamente, a través de un método que les impulsaba a sacrificarse en gran número para asegurar la supervivencia final de la especie.
Las dos clases de insectos que viven hoy son una variedad de cucaracha, de casi veinte centímetros de largo, capaces de absorber los alimentos de la tierra durante unos pocos segundos; ya no necesitan alimentarse de otros seres vivos; toman su energía de la misma tierra.
La otra especie es parecida a las arañas, aunque sean insectos (de aspecto repulsivo, según me mostró este hombre en una imagen proyectada), pero de seis patas, que son carnívoros y que se comen a las cucarachas. Cuando la población de éstas desciende de manera taxativa, las “arañas” atacan en grupo a otros animales y los extinguen. En dos minutos, actuando como una marabunta, son capaces de dejar a un caballo sólo en sus huesos. Esas nubes grises que vi en la Tierra son grupos de miles de millones de individuos que van de un lado a otro, según sus necesidades.
En 4009 los hombres aceptaron su derrota y decidieron salir del planeta rumbo a otros destinos, entre ellos la Luna. Este plan había sido aprobado por el Gobierno Ecuménico Mundial en 3991. La mayoría de la población decidió dirigirse al cinturón de asteroides, por razones de seguridad, y donde la Humanidad ya había edificado instalaciones capaces de recibir, como máximo, a unas 2 millones de personas cada una.
La cantidad de seres humanos en el planeta fue de 19.897.787.854 a las 14.30 del censo del 7 de febrero de 4010. Las fechas también habían cambiado y todos los meses tenían 30 días; existían algunas jornadas sueltas que no pertenecían a ningún mes y que se acumulaban hasta completar otro periodo de 30, de nombre Granerus, cada cuatro años. Este mes había sido bautizado en mi homenaje durante el año del jubileo de 2966.
La Era Cristiana había sido remplazada por la Etapa Científica en 3014, con el fin de ajustar el movimiento de traslación del Sol y también el de la Tierra, con el llamado Grupo Local. Conviven desde entonces, pero ya nadie cuenta los años por intermedio del antiguo Calendario gregoriano.
En resumen, el planeta había sido conquistado por una especie ajena a la humana, pero irónicamente de origen terrestre. Sólo vivían allí algunos millones de personas, dispersas por todos los continentes, sobre todo para establecer mediciones y control de las plagas y explotar algunos recursos. Quedaban vivas, además del hombre y las dos ramas de insectos, unas 1500 especies de seres más; la mayoría se había extinguido para siempre, al menos en su estado salvaje. Había zoológicos en todos los sitiales colonizados por el hombre, donde los animales vivían en zonas libres que copiaban sus entornos naturales.
Pregunto por qué no se había solicitado ayuda a la “Civilización” para acabar con los insectos, pero se me dijo que, después de mi partida, los contactos se habían interrumpido para siempre.
Esta noche me duermo pensando en la vanidad humana. Creíamos que la Tierra era indiscutiblemente nuestra, que no había nada que pudiera compararse con nuestro cerebro; ahora habíamos sido desalojados por un clado rival al que siempre habíamos combatido, sin más que éxitos virtuales…
Además, me resulta curioso y llamativo otro detalle: el representante virtual del universo pertenecía a una especie que no domina ni siquiera su propio planeta… Otra broma, jalonada seguramente, por ese Dios humorista que nos sigue sorprendiendo con sus excentricidades.
10
Pienso… Lo que nos sucede en esta vida es como una bolilla que sale de adentro de un bolillero, lleno de miles de millones de unidades iguales, con números diferentes; que salga la bolilla que elegimos, sería una gran casualidad, pero, que salga al menos una, ¡es inevitable!… Algo siempre tiene que suceder, aunque sea improbable.
Mi vida ha sido ridículamente extensa, pero no por ello más rica que la de cualquiera.
Todavía no puedo creer todo lo ocurrido en la Tierra… Existieron múltiples especies dominantes; cuando creíamos haber sido la definitiva, imposible de desplazar, fuimos finalmente echados… ¡por insectos!
¿Pero por qué no podía pasar? ¿Acaso los dinosaurios no tenían el inconsciente convencimiento de durar para siempre? ¿Cuál de ellos habría imaginado que unos seres inimaginablemente imperceptibles, que huían entre sus patas, iban a convertirse en los amos del mundo?
Ahora, fuera de la cuna primordial, vagamos entre las estrellas, encerrados en enormes cúpulas que contienen ciudades enteras, munidas de gravedad artificial, para que no extrañemos las fuerzas que controlan nuestros cuerpos.
Cuando hube de salir hacia mi viaje interestelar, éramos una determinada especie; hoy, somos otra, completamente diferente, aunque genéticamente yo pudiera embarazar a cualquier mujer actual. Sé que soy un ser humano, pero soy uno de los de antes, como bien habrían sido aquellos homínidos del Pleistoceno colocados en una realidad del siglo XX.
Me siento… y estoy solo, como siempre lo he estado a lo largo de mi vida; llego a la conclusión de que no soy ni he sido nunca el producto final de la evolución de las especies o de la vida, como sostenía Mulford, o como me decía el fiel Tork. Estaban ambos equivocados...
He aprendido otra cosa diferente…
Me pregunto, ahora… ¿Cuál es el mayor objeto independiente que puede ver el ojo humano? ¿Tal vez una galaxia? ¿El universo entero desde una perspectiva especial? No… El objeto más grande que puede verse es… una pestaña pegada al ojo… Y esta especial paradoja, casi humorística, es la que guía mi vida en este momento. El secreto de la vida es la humildad.
Me creía muy especial y fui menos que nada. Esto es verdadero en un sentido y en el otro: hacia la inmensidad y hacia la insignificancia.
Es mucho mejor concluir que uno es, en realidad, su propio mundo personal, hasta su propio universo y que, si es preferible elegir algo concreto, es mejor que eso tenga límites que sólo convivir dentro de las dimensiones del ojo. Para entender todo, es también necesario olvidarlo todo.
Me pregunto, por otro lado, qué sucederá cuando llegue el instante de representar a todo el universo, cuando me llegue la orden de marchar hacia las fronteras mismas del espacio y del tiempo, más allá de la comprensión humana. ¿Servirán los sentimientos humanos como las herramientas claves que identifican a éste, nuestro universo?
Quizá allí pueda responder de esa forma las dos preguntas que atenacean a todos los seres vivos, de todas las galaxias: ¿Quiénes somos y qué hacemos aquí?

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