Corte y Acción
Reseñas generales
Desperté en una habitación desconocida. El sol entraba oblicuo por las persianas a medio cerrar, el aire olía a cigarrillos fríos y perfume caro. Me incorporé de golpe. No recordaba nada. No sabía dónde estaba, ni quién era. Una pantalla flotaba en el aire con letras rojas: “ESCENA 1 – TAKE 1”.
—¿Qué…? —alcancé a decir, cuando una voz me habló desde el techo.
—Bienvenido a tu película. Todo lo que digas, pienses o hagas... está siendo grabado. Esta es tu vida. Tu historia.
Al principio pensé que era un sueño o una broma cruel. Pero no tardé en entender que estaba atrapado en una especie de film donde cada acción tenía una consecuencia directa. Nadie gritaba "¡corte!". No había segundas tomas.
Vivía rodeado de lujos. Dinero, fiestas, consumo. Personas que reían fuerte, pero miraban con vacío. Todo se sentía plástico, exagerado. Como un guion mal escrito. Yo era el protagonista de una vida de excesos: el éxito me sonreía, pero no me abrazaba. Me sentía solo entre multitudes.
Una noche, en el baño de un boliche, mientras mi reflejo me devolvía la imagen de alguien que ya no reconocía, apareció ella. No sé cómo entró, pero su presencia cambió el clima. Morena, sencilla, mirada firme.
—No tenés que seguir así —me dijo, sin miedo—. Esto no es vida. Es un personaje.
—¿Quién sos?
—Alguien que te conoce. Y que no se resigna a verte destruirte.
La cámara giró. Sentí que era un momento clave. Como si el guion me estuviera preguntando: ¿qué vas a hacer ahora?
Conocí a otros. Una psicóloga que me habló con dulzura. Un viejo amigo que me mostró fotos de cuando reía de verdad. Una niña en la calle que me dijo: “¿Querés jugar?”. Cada uno aparecía como si el destino los pusiera ahí para probarme. Todos distintos, pero con el mismo mensaje: podés elegir.
Y elegí. Así lo entendí y empecé, adelante, vamos.
Apagué el teléfono. Cancelé contratos. Llamé a mi madre. Lloré con ella. Empecé a caminar sin rumbo, sin cámaras. Sentía que cada paso era un acto de rebeldía contra el personaje que había interpretado.
Pero no era fácil. Los fantasmas del pasado me seguían. Las tentaciones, los falsos amigos, el ruido del éxito que quería volver a seducirme. Y cada vez que dudaba, la pantalla aparecía con una palabra: “DECISIÓN”.
Entonces entendí. Esta película no tenía guion. Era yo quien escribía cada escena. Y si bien no podía cambiar las anteriores, sí podía elegir cómo continuar.
Hoy vivo distinto. No sé si mejor, pero más real. Las cámaras siguen ahí, quizás. Pero ya no me importa. Porque ahora, por fin, soy el director.
Y mientras escribo estas líneas, escucho la voz otra vez:
—Escena nueva. Toma nueva. Acción.
Vamos, avanzamos, decidimos, sin miedos, o con miedoso pero avanzando al final.
¿Estoy solo en esto? ¿O no quiero compañía?
Se terminó! Esto es una obra de teatro o la vida real? Me estoy mintiendo acaso?
Es hora de decir entonces
Corte y acción.



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