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Internado en el colegio de Hinojosa del Duque
Teresa se desvivía para que sus hijos varones pudieran estudiar. Con siete u ocho años, Pepe era consciente de ello. Él no sabía lo que era una beca. Para su hermano Paco tenía que ser algo importante, porque estuvieron días y días hablando de una de esas becas para el seminario de Granada.
Finalmente, Paco consiguió lo que quería. A pesar de la alegría familiar, Pepe estaba triste. Su compañero de aventuras y juegos se esfumaba para hacerse cura.
Teresa sabía que en Cúllar Vega las oportunidades eran escasas. Así pues, convenció a D. Juan, el párroco del pueblo, para que diera clases al pequeño Pepe. Una de las cosas que aprendió fue cuánto tiempo tardaría un cigarrón en subir, andando por la pared, hasta lo más alto de la torre de la iglesia, suponiendo que cada día subía un metro, pero se resbalaba medio.
Un día, el señor cura iba en el tranvía cuando se acercó un joven a saludarlo. Se trataba de Donaire, un antiguo monaguillo de Gabia. Él estaba interno en un colegio en Hinojosa del Duque (Córdoba) y volvía a su pueblo de visita. Tras un rato de charla, el estudiante preguntó si conocía a algún niño que quisiera ir a su colegio. Había plazas libres y estaban buscando nuevos alumnos.
Por supuesto, el párroco pensó en Pepe. En cuanto pudo, corrió a preguntárselo a la madre; y ella trasladó la pregunta al niño:
—Pepe, vas a cumplir diez años, ¿tú quieres ir interno a un colegio que está muy muy lejos?
—Vale —contestó rápidamente el niño como si no hubiera entendido todo lo que implicaba esa respuesta.
Pero sí. Pepe sabía lo que estaba aceptando. Sabía que renunciaba a vivir con su familia para tener la oportunidad de estudiar, de aprender. Ese mismo día, la madre y el niño fueron andando al pueblo vecino, Gabia, y buscaron la dirección que el cura les había indicado. Allí se informaron sobre cómo hacer la matrícula y cómo organizar el viaje a un pueblo tan lejano como que estaba nada menos que cien kilómetros más al norte de Córdoba.
Viaje a Hinojosa
El autobús en Granada tomaba el nombre de la compañía, Alsina. Salió de la parada cerca del Genil, por la zona de la Virgen de las Angustias, con destino a Córdoba. Allí, el niño tendría que hacer trasbordo y coger un segundo autobús hacia el otro lado del mundo, Hinojosa del Duque. No solo la distancia era considerable, sino también los medios necesarios para llegar. Aquella madre sabía que no volvería a ver a su hijo hasta el verano siguiente. Nueve meses eran demasiados como para no derramar lágrimas, aunque el autobús ya se hubiera perdido.
La familia no llegaría a enterarse de que la Alsina se estropeó cerca de Espejo, unos cuarenta kilómetros antes de llegar a Córdoba. Todos los viajeros tuvieron que pasar la noche allí. Al día siguiente, llegaron a la ciudad de Córdoba.
Allí, Pepe fue consciente de que su equipaje pesaba demasiado. Los dos membrillos que su madre había metido en la maleta para dar buen olor a la ropa contribuían a que el pobre niño no pudiera cargar con ella. Un joven maletero se ofreció a llevarle la carga de un autobús a otro. A Pepe le gustó la idea, pero no el coste. Un fraile observaba la escena. Pepe estaba seguro de que lo ayudaría a conseguir un precio mejor, pero no hizo nada. Por tanto, pagó la cantidad con resignación. Cien kilómetros más tarde, Hinojosa estaba en sus pies.
Uno de sus primeros recuerdos allí es que un profesor le preguntó a qué se dedicaba su padre. Con inocencia, el chaval contestó que tenía una tienda y una taberna.
—¡Vaya, vaya! ¡Eso está muy bien! —exclamó el fraile.
Por el tono de la respuesta, Pepe pensó que había metido la pata. Tal vez por eso podrían subirle la cuota del colegio.
Durante los diez años de internado —nueve en Hinojosa y un año más de noviciado en Jerez—, Pepe solo regresó a su casa en dos ocasiones y sus padres le visitaron, como mucho, otras tantas veces. De hecho, cuando regresó definitivamente a su casa, aún no conocía a su hermano Miguel. Pero antes de eso, tuvo que pasar algunas penalidades.
Frío
Una de las condiciones más duras fue soportar el invierno en la Comarca de Los Pedroches. El dormitorio era un gran salón y los niños dormían con todas las ventanas abiertas. Las camas solo contaban con una sábana y una fina manta, sin colcha. Los chavales apilaban en la cama la ropa que podían, incluyendo la sotanilla de las procesiones. Con humor, algunos también colocaban encima, con mimo, la correa. «Algo abrigará», bromeaban.
Ante esta precaria situación, el cura del pueblo pidió en una homilía que las familias donaran mantas al colegio. Los vecinos se volcaron con los niños y, al menos, el invierno no se hizo eterno.
Durante la noche, para ir al servicio había que bajar las amplias escaleras y recorrer medio colegio. Para evitar trasiego nocturno, el dormitorio disponía de un cubo grande. A veces, el cubo se llenaba y rebosaba. Si había poco riesgo de ser sorprendido, una opción era aprovechar la oscuridad para orinar por la ventana hacia el patio interior del colegio. La noche parecía lluviosa.
Por la mañana, siempre había dos alumnos castigados a vaciar el cubo. Era necesario llevarlo entre dos para evitar accidentes indeseables. Otro castigo típico era quedarse sin recreo o estar durante una larga media hora, o más, de rodillas en el corredor. Si no se pillaba al culpable de alguna fechoría, las sanciones se asignaban a un grupo aleatorio. Una frase demasiado escuchada era: «Desde aquí, hasta allí, todos castigados».
La higiene corporal tocaba una vez a la semana cuando lo mandaba el maestro de marianos. Se hacía en un lateral del campo de fútbol, con agua fría en una palangana. Rara vez había jabón. Algunos se frotaban el cuerpo y la cabeza con arena.
Durante una sesión de aseo, un compañero le tocó a Pepe la pantorrilla diciendo: «¡Qué fuerte eres!». El maestro le regañó públicamente para que no se repitiera su actitud.
Horarios y estudio
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Fundado en 1890, el colegio de los carmelitas de Hinojosa tenía normas y horarios estrictos. Solo se consideraban fiestas los domingos y los jueves por la tarde. El sábado era un día normal, con clases y estudios por la mañana y por la tarde.
Los jueves después de comer eran perfectos para jugar al fútbol en el campo que había a las afueras del pueblo, conocido como El Chinorral. Los jóvenes llevaban con ilusión los palos y las redes de las porterías. Dentro de las instalaciones del colegio había otro campo, más pequeño y sin posibilidad de instalar porterías. Además, salir de aquellos muros tenía su aliciente, aunque fuera bajo la rigurosa vigilancia del padre Vioque. Uno de esos jueves, un estudiante iba por el pueblo barriendo las calles con su mirada. El pastor no pasó por alto su actitud y reprendió al chaval:
—Carmona, haga usted el favor de cuidar su conducta. El recogimiento es un camino hacia la santidad.
Este sacerdote era también el encargado de vigilar los interminables estudios en el gran salón. El silencio era tan estricto que en toda la sala solo se escuchaba el siseo del propio padre Vioque cuando pasaba cerca rezando el oficio divino. Con su sotana, su escapulario y leyendo su indefectible breviario, provocaba que los estudiantes estuvieran más atentos a su lento pasear que a los estudios. Lo principal era evitar ser amonestados y castigados.
La tensión era tal, que había que ser muy valientes para pasar la página del libro. Cuando alguien se llenaba de arrojo, levantaba con suavidad una hoja y, despacio, metía por debajo la mano abierta. Luego, ponía la otra mano encima aplastando la página. Con parsimonia, la giraba intentando ahogar el inevitable crujido del papel.
Pepe asegura que su afición por la geografía surgió de mirar mapas en aquellos estudios, sin atreverse a pasar la página. Y eso que no era fácil conseguir el atlas. Para hacerse con él, a veces se escapaba del recreo, cogía el planisferio y lo escondía en su pupitre, detrás de sus libros y cuadernos. Sin embargo, había alguien que solía adelantarse a todos. Por alguna razón, el atlas desaparecía y acababa en sus manos. Este joven solía llegar tarde al estudio porque ayudaba a preparar los platos de la cena en el refectorio (o comedor). Y a pesar de todo, el preciado libro siempre estaba con él en su pupitre.
Con el tiempo, pillaron su técnica. El chaval se daba maña para colarse primero en el salón y esconder el atlas aplastado debajo de todos sus libros y, por supuesto, con el lomo hacia atrás. Cuando llegaba al estudio, con sumo cuidado, iba sacando la torre de libros, poco a poco, y empujaba hacia dentro todos menos el atlas. Con sigilo y paciencia, sacaba el tomo de su abisal escondite. Entonces, aprovechaba un despiste del padre Vioque para abrir el libro y mirar hacia abajo en postura de profundo estudio.
Hartos de su depurada técnica para conseguir el atlas, unos compañeros tramaron jugarle una mala pasada. Debajo de su montaña de libros, metieron una pieza metálica y plana perteneciente a un arado. Los niños la usaban para jugar al «pincho», un juego que consistía en clavar dicha pieza en el suelo, dentro de ciertos cuadrados, al estilo de la rayuela.
Cuando el muchacho llegó al estudio se dispuso a sacar su atlas, sin saber lo que se escondía debajo. Con su parsimonia habitual, fue sacando el libro, centímetro a centímetro. Cuando ya estaba a punto de liberarlo, la pieza metálica cayó al suelo provocando un estrépito inaudito. El padre Vioque se acercó al chaval a paso ligero y con las cejas inclinadas hacia la nariz. Taladró al muchacho con la mirada y lo reprendió en público con severidad.
En otra ocasión, ocurrió algo aún peor. Fue otro ruido, este natural, el que se escuchó durante el estudio. Sin duda, alguien tenía gases intestinales y estaba intentando contenerlos. Pero le fue imposible. Ante su turbación, se le escapó un largo y agudo «piiiiiiiiiuuu». Todos los estudiantes, desconcertados, miraron al padre Vioque con temblor o, al menos, con temor. El sacerdote levantó la vista de su breviario y cientos de pupilas estaban allí, observando su reacción. Entonces, no pudo evitar una ligera mueca de lo que podría ser el principio de una suave sonrisa. Ese leve movimiento facial fue suficiente para que todo el salón estallara en una enorme, sonora e histórica carcajada colectiva.
En el comedor
Un día, le encomendaron a Pepe coger moras para el postre. Las moreras que había en el patio estaban bien cargadas. Por supuesto, entre mora y mora, algunas de las mejores acabaron en su estómago. Al terminar, le pidieron que repartiera 4 o 5 moras en cada puesto del refectorio. Cuando llegó a su propio sitio, escogió entre las mejores que quedaban. Nadie se dio cuenta, o nadie se lo echó en cara. Sin embargo, Pepe se sintió culpable. Bastantes moras había comido ya mientras las recolectaba, como para luego ponerse las mejores a sí mismo.
Las cenas eran siempre nabos cocidos con un pan que, con frecuencia, tenía cositas negras: bichos, mosquitos con sus alas. Pan amasado con harina infectada. El precio mandaba.
La merienda
Los contados días que había merienda, consistía en un simple pedazo de pan. Posiblemente, solo se merendaba si había sobrado suficiente pan. Un chaval llamado Guardiano era el encargado de partir el pan y repartirlo a través de las rejas de una ventana. Él era un mariano (estudiante que iba para cura) y colaboraba siempre en esa tarea. Cada hogaza la partía por la mitad y luego, cada mitad la rebanaba en cinco partes. Las migas no se tiraban; las iba echando en el cajón de la mesa. No es mucho suponer que, al final, las migas se las echarían a las gallinas del colegio.
Había un niño un poco regordete que siempre se quedaba con hambre. Echándole valor, un día metió sus manos por las rejas y rogó a Guardiano otra rebanada. El mariano le contestó que eso no era posible y que se marchara de allí. El pobre niño, hambriento, le pidió un puñado de migas. Pero Guardiano siguió la norma estricta de no dar más de un pedazo por cabeza. Con insistencia, el niño juntó sus manos y suplicó unas cuantas migajas de pan.
Cansado de sus ruegos, Guardiano juntó las migas de la tabla con el cuchillo y luego las volcó en las manos del niño. El pobre no se lo creía. Acercó sus manos a la boca para comerse aquellas sobras. Pero no pudo. Entre la boca y las manos se interponía un hierro de la reja. Sorprendido, y también lleno de rabia y orgullo, lanzó las migas a la cara de Guardiano.
Ante casos graves como este, el castigo seguramente no fue la expulsión, pero sí el besar los pies a todos los niños durante la siguiente comida. Otro de los castigos más temidos eran los golpes en las manos que el padre Vioque propinaba con un travesaño de una de las bancas. Si el niño estaba delgado —algo habitual por la desnutrición— los estacazos hacían crujir los huesos.
Juan Pablo, el anciano devorado
El agua para beber del colegio salía de un depósito que había que llenar con la que se traía en burro desde el pilar del pueblo. El encargado de esa tarea era un octogenario llamado Juan Pablo. Nadie sabía desde cuándo se encargaba de aquello. El hombre dormía en un pajar anejo al colegio situado a unos 2 o 3 metros de altura. Por unas estrechas escaleras exteriores, el maltrecho anciano subía y bajaba con torpeza creciente.
Llegó el día en el que el pobre hombre ya no estaba ni para acarrear agua ni para subir por aquellas escaleras. El colegio le ofreció una habitación dentro de sus instalaciones. El cambio fue a peor. Pepe pasó por el pasillo y se asomó a su cuarto. Una de las paredes estaba totalmente de color negro, abarrotada de chinches. A los pocos días, Juan Pablo fallecía, sin duda, acribillado a picotazos.
Fiestas en Fuente la Lancha
Entre dehesas de encinares, vacas y cultivos de cereales, a unos 12 kilómetros de Hinojosa, se encontraba el pequeño pueblecito de Fuente la Lancha, en el que destaca la Iglesia de su patrona, Santa Catalina. Cada 25 de noviembre, la villa celebraba (y sigue haciéndolo) la festividad de su patrona, con misa y procesión.
Los estudiantes carmelitas de Hinojosa hacían allí una excursión anual, para disfrutar en el campo de un día al aire libre. El transporte se hacía en camiones volquetes y todos viajaban de pie. Algunos chavales se llevaban una bolsa y aprovechaban para recolectar bellotas de las encinas, escalando por las ramas. Con hambre, estaban buenísimas.
En el campo, Pepe se balanceó en una losa de pizarra hasta que una serpiente asomó la cabeza por debajo. Pegó un brinco del susto. En la distancia, observó una pelea entre un pequeño lagarto y la serpiente. El ofidio se enrolló como un rulo sobre el cuerpo del otro reptil. Ambos rodaron por una ladera hasta un pequeño arroyo, donde se les perdió la pista.
A la caída de la tarde, uno de los sacerdotes pidió a Pepe y a otro estudiante seminarista que acompañaran en bici a un cura a un apeadero del tren. Al parecer, el sacerdote estaba amenazado y no querían dejarlo solo. Por supuesto, ambos accedieron encantados, más por dar un paseo en bici, que por la compañía. El otro estudiante vivía en Fuente la Lancha (no era interno) y conocía bien el camino. Seguramente, el tren se retrasó; y cuando los jóvenes volvieron, los camiones de la excursión ya habían vuelto al colegio, sin esperarlos.
El compañero de Pepe le tranquilizó diciéndole que aquella noche dormiría en su casa y, al día siguiente, volvería al colegio con él, en el autobús.
Por la mañana, cuando llegaron al colegio, sus compañeros estaban terminando la misa. Pepe y el otro seminarista se sentaron en una banca del final. El cura, que no se había enterado de que Pepe ya había aparecido, invitó a todos a rezar para que apareciera un niño perdido. Pepe sintió lástima por el pobre niño, fuera quien fuera. Entonces, el otro chaval se inclinó hacia Pepe y le susurró: «Esto es por ti».
Excursión al castillo de Belalcázar
Una mañana, salieron temprano de caminata para visitar el castillo de Belalcázar, nombre que procede de la contracción Bello Alcázar. Esta fortaleza tiene planta cuadrangular y dispone de cuatro torres en las esquinas y otras cuatro situadas en el centro de cada lado. Tanto las murallas como las torres, se rematan con una corona de modillones que parecen querer soportar una cornisa, la cual es inexistente en gran parte de los tramos por estar destruida.
Entre las torres, destaca la del homenaje, con sus 47 metros de altura. Está adornada con ocho torrecillas cilíndricas que sobresalen de las paredes y de las esquinas (escaraguaitas). En cada una de ellas hay unos gigantescos y llamativos escudos de los Sotomayor con bandas de adoquines salientes de forma alternada como dos filas de un tablero de ajedrez.
Tras cuatro horas de caminata (ida y vuelta), llegaron justo a la hora de comer. La alegría fue grande cuando anunciaron con una campanilla que aquel día se haría «prosit». Este latinajo significa literalmente «buen provecho haga» y se usa para expresar que nos alegramos de algo. Pero en el contexto de la hora de la comida, lo que se quería indicar era que aquel día los estudiantes podrían hablar libremente, sin tener que escuchar en silencio el discurso de un lector.
La alegría se disparó cuando supieron, además, que la comida no estaría racionada. Aquel día podrían comer todos los garbanzos que quisieran. Mesa por mesa, plato por plato, iban sirviendo y se iba haciendo la pregunta que más deseaban escuchar: «¿Quieres más?». Con la cuchara, iban apilando los garbanzos para que cupieran un par de cucharones más como fuera, en equilibrio. El potaje estaba bastante salado, pero eso no frenó a nadie de repetir hasta llenarse.
Al terminar, la sed de aquellos chavales les obligó a beber más agua de la que les cabía. Entre los garbanzos y el agua, los estómagos estaban a reventar y los dolores se escuchaban como si crujieran en concierto todas las vigas del colegio. No pocos niños acabaron tirándose al suelo del dolor de barriga. Los lamentos y lloros se mezclaban en un incesante coro de conmovedores ecos.
Al parecer, un hermano del padre de marianos era farmacéutico —o tenía acceso a la farmacia—, y pudo conseguir pastillas para los casos más graves. Con eso y unas cuantas horas, el dolor se fue pasando.
La visita de su madre
Estando ya de novicio en Jerez de la Frontera, recibió la visita de sus padres. Teresa quiso aprovechar la ocasión para ver la corona de la Virgen del Carmen. Ante la negativa, argumentó que ella había donado dinero para la misma y que, por tanto, tenía interés en verla. Aun así, le dijeron que no era posible, porque la corona estaba bien guardada. Ella insistió, rogó… y no paró hasta que lo consiguió.
Días después, durante una de las comidas, el padre prior comentó la anécdota, haciendo énfasis en la insistencia de cierta mujer hasta conseguir ver la sagrada joya de oro. Pepe disimuló pensando en que su madre era, en verdad, una mujer con mucho coraje.
♦ Nota: Esta historia, como todas las de la serie Historias de mi padre, es totalmente cierta, salvo alguna imprecisión por el tiempo transcurrido.
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