Código Negro: sexo, mentiras y videovigilancia
Reseñas generalesEl mes pasado estaba hablando de Steven Soderbergh y cómo su trilogía "Ocean's" representaba un tipo de cine que ya no se hace en la actualidad. Todavía tengo argumentos para sostener esta discutible reflexión, pero tuvo que venir el mismo realizador a estrenar su última película en salas y sumar más fichas a mi pensamiento.
Luego de varios años de lanzar sus proyectos a través de streaming y de un puñado de series, en Argentina tuvimos la suerte de tener nada menos que dos obras de Soderbergh en los cines. Una fue “Presencia” (2024), que lamentablemente no alcancé a verla, y a las pocas semanas llegó “Código Negro” (2025) para confirmar la relevancia de un artista siempre impredecible y a la vez confiable.

Pasó poco más de una década desde que anunció su “retiro” del cine tras “Behind The Candelabra” (2013) y esa declaración se esfumó en el aire porque al poco tiempo ya estaba nuevamente al ruedo. Pasaron once películas, un par de series, experimentos de montaje de otras películas publicados en la web y varios documentales, pero nada parece fatigar a Soderbergh: está en su mejor forma.
Y qué placer verlo en pantalla grande con un thriller como “Código Negro”, de una fineza visual y relojería narrativa que en solo 90 minutos le pasa el trapo a cualquier policial o género afín que necesite de más de dos horas y media para no solo contar una compleja historia sino profundizar en sus personajes.
En la superlativa primera media hora se presenta el conflicto y a los personajes principales de forma agresiva, no sin guardarse un halo de misterio que justifica el desarrollo de lo que resta de metraje. Es una secuencia donde los talentos de Soderbergh como el guion de David Koepp convergen en puro cine.

Cabe mencionar que el director no solo cumple ese rol, sino que además es su propio director de fotografía y montajista, por lo que su titánica tarea vale por tres, pero nunca flaquea porque el argumento es lo suficientemente fuerte para sostenerse entre ambos.
Aun con la sobrecargada exposición en los diálogos entre seis personajes o el juego de planos y contraplanos abiertos que dificultan ubicarnos desde un lado concreto en el espacio, se puede llegar a la conclusión que todas esas personas esconden algo, se mienten entre ellos y desean averiguar la verdad. Pero hay uno o una en particular que mantiene un secreto peligroso y es George (Michael Fassbender), un agente de inteligencia británico, que nos ubica como protagonistas y es su punto de vista el que importa para descubrir la verdad.
Si insisto en destacar esta brillante introducción, es porque a pesar del moderno lenguaje tecnológico que se plantea y la evidente ambientación en un Londres actual, entre el conflicto y quienes entran en juego, si nos transportamos varias décadas atrás y desaturamos la imagen, podríamos estar viendo una obra de Alfred Hitchcock. Gracias a un guion que reposa en una fórmula clásica y una puesta en escena precisa, no hacen falta más artilugios para captar nuestra atención desde el primer minuto.

La película, tras pasar su primer tramo en una habitación con seis personas sacándose chispas, mantendrá esa claustrofobia en las secuencias siguientes, con intercambios entre dos personajes en ambientes cerrados. Lo que aparentaría un estilo teatral (un término que aborrezco usar, pero lo hago para refutarlo), es absolutamente cinematográfico. Soderbergh aprovecha muy bien los espacios y las luces, como también los encuadres, para encerrar o liberar la tensión entre los participantes de la escena.
En este universo de falsas personalidades y videovigilancias, especializados en tener ojos en todo el mundo y conocer los secretos de cada persona, hay una contraposición fascinante en tener a estos personajes siempre en espacios cerrados o bien, si están en algún exterior, este se presenta sin escape, como un bote en el medio de un lago. Nunca sabremos más que ellos, porque aun cuando mantengan secretos oscuros, al mismo tiempo están ciegos de lo que los rodea.

Es como un film de acción pero sin tiros ni explosiones, pero abandonamos cada encuentro con cierta adrenalina, por todo lo que se dice y todo lo que está a punto de revelarse. Es muy valioso tener una obra cuyo género sea el espionaje, presente temáticas como el terrorismo o el peligro nuclear, y aun así evite caer en lugares comunes como persecuciones, peleas o tiroteos. Pero el ritmo no decae nunca y, en un fantástico epílogo, vuelve a tener a los personajes en el mismo lugar bajo circunstancias similares.
Otro elemento esencial del guion y que lo separa de la gran mayoría de thrillers sin sustancia, es que aun con sus reminiscencias sociales actuales y su actual jerga tecnológica, se mete de lleno en nuestra naturaleza humana y expone a personas que deben ser infalibles en su trabajo como seres susceptibles a las tentaciones más antiguas. El sexo, entonces, es un arma tan letal como una pistola y un encuentro furtivo puede impactar más fuerte que una bala.

Así es como “Código Negro” es un film no solo de suspenso, sino también sensual, con intérpretes que no son necesariamente hegemónicos (aunque todo recaiga en nuestro punto de vista), pero cuyas personalidades y maneras de expresarse son cuchillos y escudos para lanzarse a la sangrienta guerra del fuerte contra el débil, de quien es capaz de leer las mentiras o quien es capaz de caer en ellas. Todo esto deriva al corazón de la película: el amor entre dos personas y cuán puro se mantiene a pesar de los engaños.
Aquí debo destacar la impecable actuación de Fassbender, que se presenta como un impávido hombre; meticuloso para preparar una cena como feroz para destrozar a un amigo con la pura verdad; pero con mínimos gestos deja entrever cierta vulnerabilidad cuando peligra lo que más ama. Y no solo es su esposa, sino quizás algo más importante: su propia confianza sobre ella. Amar, en definitiva, es confiar. Esta brillante película lleva este clásico dilema al universo del engaño y la mirada absoluta.

“Cuando puedes mentir sobre todo, cuando puedes negarlo todo, ¿cómo puedes distinguir la verdad sobre cualquier cosa?” dice un personaje y son esas palabras donde gira todo el conflicto, como también el concepto que da nombre al título: ese “código negro” que se repiten entre amantes cuando no pueden, por su profesión, revelar incluso a su media naranja la razón de sus actos. Es un carta comodín que probablemente no exista en nuestra realidad, pero tiene total sentido en los mecanismos de esta película.
Pero dónde reside la oscuridad, eso “negro” que no puede mencionarse, es porque existe la ausencia de luz. ¿Qué es entonces esa luz? Ahí está el motor de todo, lo que hace más humanos y predecibles a personajes gélidos y calculadores: el amor, o el anhelo de sentirse deseado. Tanto Soderbergh como Koepp pudieron poner luminosidad sobre la oscuridad y sacaron lo más importante para lograr esta obra tan encantadora.
Podemos trabajar en un campo, en una oficina, tener a nadie a cargo o ser responsable de la vida de millones de personas. No importa en absoluto. Cuando desnudan tu alma, estás desarmado. Con un poquito de fe y algo de inteligencia, puede que logres dar pelea y salvar lo que más amás.

Lo que dice mucho de un tipo como Soderbergh, que con su inagotable talento y la confianza en las herramientas audiovisuales a su alcance, sin olvidar un guion de hierro, logra salvar lo que más amamos: el buen cine.









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