Cuentos cortos I

Reseñas generales

El viajero

 

La noche estaba fría, húmeda, típica del fin de otoño y se podía detectar una nubosidad cerca del piso que al anochecer se notaba mucho más con las primeras luces del alumbrado y reflejaba esa imágen que siempre aparecen en las película de miedo, esas en que la chica va atravesando un bosque sola y alguien la observa y sigue sus pasos. 

 

Era ese tipo de noches sombrías que hacía que el camino a recorrer se convirtiera en tenebroso y justo por ahí debía pasar Ignacio, a quien sus conocidos llamaban Nacho, obviamente. Él venía de estar con sus amigos que se reunían a comer una picadita con cerveza y gaseosa antes de cenar cada uno en su casa. Esa juntada era como una celebración a la vida y a la amistad. Siempre tomaban de punto a uno o a dos distintos cada semana y los criticaban por cualquier cosa hasta hacerlos enojar. Ese enfado o más bien un cabreo que duraba hasta que se saludaban y se iban. Aunque hubo un par de ocasiones que terminaron un poco desagradables porque el objetivo de esa noche no estaba bien del bocho o la cargada elegida había sido un tanto fuera de lugar y tocaba algún tema personal que su psicólogo aún no había desconectado.

 

El lugar era un barrio de casas en medio de un campo con un arbolado muy antiguo, en el que conviven muchas especies árboles como robles, eucaliptos, pinos y otros más, donde en el centro había una suerte de restobar, como así lo llamaban, que supo ser el casco de una estancia de una familia muy rica y poderosa a fines del siglo XIX y principios de XX pero que en la actualidad están en la miseria absoluta.

 

Para llegar a su casa, Nacho debía tomar un caminito, una huella sobre el terreno que se había formado con el tiempo, esquivando árboles y arbustos, una especie de bosquecito que en esos días y a esas horas no habría ningún vecino con quien se pudiera cruzar. Su casa estaba relativamente cerca, digamos que a unos quinientos metros y la suya, era una de las más cercanas al restó. Él venía caminando muy despreocupado, quizá pensando en la tarta que iba a cenar esa noche con Marta, su esposa. Ellos vivían solos, sus hijos ya en la universidad habían alquilado un departamento en la ciudad, cerca de la facultad y donde pasaban la mayoría de los días de la semana y se veían los fines de semana si Nacho se ponía con un asadito o Marta preparaba una comidita especial “para que vengan los chicos”.

 

A mitad de camino notó algo muy extraño, entre dos árboles se veía una luz que titilaba tal como lo hacen las luces de los arbolitos de navidad, era blanca brillante y pasaba a blanca tenue, luego a rosácea y  repetía la secuencia una y otra vez. Él, un poco asustado y otro poco maravillado por lo que esa luz le transmitía, fue directo a su encuentro pero al acercarse y estar frente a ella, se detuvo y se quedó mirando, intentando determinar de qué se trataba. Sería un ángel, una virgen, un efecto producido por la radiación o los norteamericanos o chinos estaban probando algún tipo de arma en ese lugar alejado de la ciudad. Se encontraba estupefacto, sin saber qué hacer pero quería hacer algo y no sabía qué ni cómo comportarse ante ese evento tan misterioso. No tuvo intención de ir a buscar a alguno de sus amigos por temor a que esa luz se apague y al volver no encontrarla. Fueron unos pocos segundos pero le pareció una eternidad y en un instante y sin pensarlo mucho extendió su brazo derecho e intentó tocar los haces de luces que se desprendían del centro.

No sintió nada, absolutamente nada. Eso lo envalentono e inmediatamente quiso ir por más y fue acercando su dedo índice apuntando al centro de la luz de manera temeraria sin saber lo que le podría llegar a pasar hasta que llegó y su mano se iluminó como una lamparita y sintió placer, alegría, felicidad y por eso no se detuvo ni se preocupó por sacarla de ahí.  De repente se dió cuenta que podía ver sus falanges, sus venas y hasta como pasaba la sangre por ellas. Fue un poquito más allá y su mano desapareció, no la podía ver, su visión llegaba hasta la muñeca y probó retirarla pero su brazo no respondía a los estímulos de las órdenes de su cerebro y avanzaba hacia ella muy despacio pero sin detenerse. Eso lo asustó mucho y comenzó a gritar muy fuerte hasta que se dio cuenta que de su boca no salía sonido alguno, miró a su alrededor y ahora no parecía un lugar nuboso, sino que el lugar se iba derritiendo, los árboles se desvanecían hasta que la luz llegó a pasar por su hombro e iluminar su cabeza y cuando eso paso, todo se puso brillante, metálico, frío y escuchaba voces que no entendía que decían.

 

“He muerto”, fue lo primero que se le ocurrió. “Llegué al paraíso o algún otro lugar. Mi cuerpo no ha cambiado, sigo con la misma ropa. Que habrá quedado del otro lado porque ahora no puedo ver nada, esa luz me encegueció y estoy inmovil sin saber qué hacer. ¡Qué espanto!, ¿qué pasará con Marta ahora?, ¿cómo se enterará de mi muerte?” y la angustia se apoderó de él, “Ya no veré a mis hijos recibidos, ni a mis nietos. ¡Todo terminó!”.

 

La desesperación se apoderó de él, quería gritar y no podía, quería llorar y no podía, parecía ser que su cuerpo estaba completamente inmovil y por más esfuerzo mental que realizara no había actividad en ninguno de sus músculos. Un ataque de ansiedad comenzó a adueñarse de su mente, “¿Qué pasará ahora?, ¿Quedaré así toda la eternidad?, ¿Alguien vendrá por mí?, Esto debe ser el infierno, estoy castigado para siempre, jamás volveré a ver a mis seres queridos”, Aunque no salían lágrimas de sus ojos, sentía que éstas caían como agua de una canilla abierta al máximo. “ ¡Esto es triste! , no las boludeces que nos entristecen en la tierra, que tu equipo pierda un partido, que se haya roto tu teléfono. ¡Cómo perdí el tiempo en tantas pelotudeces!”

 

Mientras tanto, Marta se encontraba en la cocina preparando una tarta,  que era su especialidad y que Nacho disfrutaba mucho. Siempre a esa hora miraba las noticias por televisión. Los minutos pasaban pero estaba tan entretenida que no notó que él ya debería haber llegado, por lo menos media hora antes. Recién cuando termina el noticiero se da cuenta de eso, porque siempre estaban cenando cuando eso ocurría y pensó que se olvidó y no le avisó que se quedaría a cenar con sus amigos, entonces lo llamó pero no tuvo respuesta. Intentó varias veces durante quince o veinte minutos y nada. “Que sordo de mierda, ¿por qué no atiende?”. Estas cosas la ponían de mal humor, había estado varias horas preparando la cena y él, muy desconsiderado, ni siquiera fue capaz de avisarle y ahora tampoco le atiende el teléfono. “Ma, si, que se vaya a cagar, la próxima vez que se compre algo en el restó y coma esa mierda porque yo no voy a ser su cocinera”. Pensaba totalmente enojada, ahogándose en una ira que crecía como una bola de nieve que cae de la montaña más alta del planeta.

 

Llegó la hora de ir a la cama y Nacho no había aparecido. Ya no aguantaba más el desprecio que le estaba haciendo, lo poco que la tenía en cuenta aunque todos esos pensamientos eran dominados por la bronca y congoja que sentía, pero que sabía que él  no era así.  

 

Todos esos sentimientos malignos se convirtieron en desesperación, “¿Le habrá pasado algo?, Pero que le pudo haber pasado si estamos dentro del barrio y fue caminando”. Y cuando no pudo más tomó el teléfono y llamó al restó para que lo comuniquen con él y así quitarse todas las dudas. 

– Hola soy Marta, te molesto porque no puedo comunicarme con Nacho, me podés pasar con él o decirle que me llame,

– Hola Martita,¿ cómo estás? Nacho se fue hace más de dos horas y ya no queda nadie, estamos por cerrar.

 

Colgó sin despedirse y llamó a uno de sus amigos y luego a otro y a otro y las respuestas eran las mismas, No habían cenado juntos y que Nacho le había dicho que se iba temprano porque tenía una tarta que ella estaba preparando. Se encendieron todas las alarmas y comenzó una búsqueda de Nacho por todo el barrio, los vecinos salieron en masa con linternas en mano a rastrear cada centímetro del terreno tratando de encontrar su paradero o cualquier cosa que indique si pasó por ahí. Los albores de la mañana fría hicieron su aparición y no había ningún vestigio que pudiera dar alguna idea de que había pasado con Nacho. Todo el barrio estaba convulsionado, la policía llegó por el llamado de un vecino, trajo perros y comenzó a indagar a todos. Nadie había dormido y no encontraban respuestas a lo sucedido. A Nacho se lo había tragado la tierra.

 

Nacho seguía sin entender lo que estaba pasando con él, pensaba que su cuerpo ahora era el alma y que en algún momento se desvanecería totalmente y quedaría su aura vagando vaya a saber por dónde, solitario, castigado por sus pecados sin opción a defenderse. Esto no debería haber sido así.

 

Escuchó una voz que le hablaba pero no entendía que le decía. El volumen fue creciendo hasta que se escuchaba bien claro que le preguntaba cómo se sentía. Él respondió “Bien, no sé. ¿Qué pasó? ¿Dónde estoy?”, todo muy rápido y tartamudeando, con miedo a escuchar la respuesta. “Entraste a un portal por error, estás en otro planeta, en otra galaxia”. Cómo poder describir la sensación que lo invadió. Alivio por estar vivo, miedo por estar en un lugar extraño, incredulidad por lo que le decían, desesperación porque no sabía si podría regresar, angustia de no volver a ver a su gente, ansiedad por querer saber ¡ya!  lo que iba a pasar con él. Un instante, miles de preguntas, miles de sentimientos, su mente no lo soporta y se desmaya entrando en un sueño profundo.

 

Al abrir sus ojos, observa que se encuentra en una habitación con muchas luces, todas de diferentes colores pero en las paredes y techo con tonalidades rosas y en el piso verde muy claro. ¡Qué agradable es estar ahí! , la temperatura era la ideal, el silencio esmusical, se podría quedar para siempre. Al mirar para reconocer el lugar se da cuenta que no está solo, había alguien con él, de espalda, mirando un vidrio transparente donde se reflejaban imágenes. “Hola, hey, ¿dónde estoy, qué hago aquí, quién eres?”, su tono de voz fue alto e inquisidor, exigiendo una respuesta rápida. El ser extraño se volteó, sus miradas se cruzaron y estuvieron así unos segundos. No hubo respuesta, pero Nacho recibió un mensaje que le decía que no se preocupe, que estaba todo bien, sólo que por error había entrado en un lugar que no debió haber entrado y que quizá volvería en el momento adecuado. De repente se dió cuenta que estaba muy tranquilo, como si estuviera en el living de su casa tomando un whisky mientras veía algo en televisión. Entonces, sólo debía esperar el momento adecuado y todo volvería a ser como antes. 

 

La policía seguía investigando, los perros llegaban al lugar donde estaban los árboles donde había aparecido la luz y ladraban con fuerza y sin detenerse. Los vecinos tenían miedo, los más supersticiosos inventaban historias de espíritus, fantasmas o gnomos que habitaban ese bosque y cada tanto se llevaban a alguien para sacrificios a sus dioses. No había explicación terrenal que tuviera sustento. Marta recluida en su casa no dejaba de pensar en él. Sus hijos, Francisco y Julieta, habían vuelto a la casa a estar con su mamá y estudiaban a distancia. Los días, las semanas pasaban. La policía dejó de investigar. Una noche llegó una mujer que decía ser vidente y que podía encontrarlo, pero la echaron cuando vieron que era una estafadora que quería cobrarles una fortuna por información de su paradero. Los vecinos volvieron a su rutina. Los periodistas que al inicio informaban del hecho minuto a minuto los cambiaron por otras noticias rimbombantes. Todos creían que no volvería y ese caminito no volvió a ser usado. Marta y sus hijos quedaron solos, angustiados y sin saber que hacer o pensar. ¿Tenían que declararlo muerto?. ¿Desaparecido?. 

 

Nacho acostado en una cama ve ingresar a la habitación varios seres más y se ponen a conversar con él, todos muy amables y cordiales. Esta vez la conversación era con palabras, sonidos que salían de sus bocas y él entendía a la perfección y su voz también tenía sonido. Ellos le cuentan que están en un planeta muy alejado de la tierra y al otro extremo de la galaxia, que su civilización es mucho más antigua y avanzada que la humana, y que ellos también se consideran humanos. Le cuentan que fueron ellos los que llevaron la vida a la tierra hace cientos de miles de años y la evolución con un poco de su ayuda hizo que las especies mutaran y se desarrollasen. Habían podido dominar los agujeros de gusanos y a través de ellos abrían portales que le permitían viajar por todo el universo.

 

Nacho no podía creer lo que escuchaba pero todo parecía real, esos seres estaban ahí con él y le explicaban todas estas cosas de una forma simple que entendía a la perfección lo que le decían. Es más, se dió cuenta que tenía conocimientos de física y matemática que jamás había estudiado pero que estaban ahí y le permitían entender todo lo que le decían. Entonces preguntó cuándo sería el momento que podría volver a la tierra, que extrañaba a su familia y no quería que sufran por su ausencia. La respuesta fue: pronto y no llegarás en el mismo momento que entraste al portal, sino un tiempo después. 

 

Durante toda su estadía en ese planeta no salió de esa habitación y no pudo determinar cuánto tiempo pasó ahí ni cuánto durmió o estuvo despierto. Nunca estuvo sólo, siempre había alguien con quien conversar y esas charlas parecían ser clases de matemáticas, física, química, fisiología, astronomía, era como que estaba en una universidad por tiempo completo y adquiría conocimientos a una velocidad altísima y podía relacionarlos unos con otros.

 

Esos seres se comunicaban telepáticamente incluso con él y él se dió cuenta que leían sus pensamientos. Eso lo preocupo porque acostumbraba a imaginar cosas que jamás se atrevería a decir en público y se decía a sí mismo, “cuidado con lo que pensas”, y lo repetía una y otra vez. El ser que lo acompañaba esbozaba una especie de sonrisa en sus labios porque ellos reían sin carcajadas.

 

Un día, o lo que fuese en ese lugar, los seres venían a saludarlo y se iban, era como que se estaban despidiendo hasta que uno de ellos le dijo, “Vamos, te llevaré al lugar donde se abrirá el portal que te lleve nuevamente a la tierra”. Él, muy emocionado se incorporó y lo siguió por un camino en el que las luces cada vez eran más tenues, como que se iban apagando y parecía que no se movía de donde estaba, sino que eran las cosas las que se movían mientras él y su acompañante estaban inmóviles. La luz desapareció totalmente. Pasaron unos segundos, minutos, difícil de decir cuánto y una pequeña luz igual a la que había visto en el bosque de su barrio aparece y comienza a crecer y brillar muy despacio hasta que llega a un tamaño considerable y es en ese momento que el ser le dice: “Es hora de volver, extiende tu mano, buen viaje”. Nacho lo mira y duda si quiere volver o quedarse ahí por siempre. “¿podré volver algún día?”. Y en su mente recibe un mensaje: “Quizá”.

 

Nacho despierta en un bosque, está aturdido, ve todo borroso y no entiende los sonidos que escucha. Muy de a poco sus sentidos afloran, está acostado en el piso, intenta mover sus brazos, manos y lo hace con dificultad. Trata de incorporarse y aunque con un alto costo lo logra y se pone de pie. Mira a su alrededor, buscando su casa, el restó o algo que le parezca conocido pero se da cuenta que está en otro lugar y no logra identificar cuál. Con las piernas aún entumecidas comienza a caminar sin un rumbo predeterminado, buscando alguna señal de vida, una persona, el ruido de un auto que lo oriente hacia donde tiene que encaminarse. De repente escucha un ruido estruendoso, como un disparo de un arma y lo primero que atina es tirarse al suelo creyendo que le estaban disparando a él. Unos segundos después escucha, “Le dí y es uno de siete puntas”. “No es a mí a quien dispararon”, entonces se levantó y salió a la búsqueda de los cazadores y al estar frente a ellos exclama: “¡Volví. estoy en la tierra de nuevo¡”

 

Los cazadores no entendían ni pichi, lo miraron, se rieron pensando que era un loquito del lugar y lo ignoraron, pero antes lo amenazaron para que se vaya y no les espante a sus víctimas. Él los detiene y les pregunta dónde se encuentra y que él es Nacho que vive en un barrio en el conurbano bonaerense y tuvo una experiencia extraterrestre y …

 

Los cazadores comenzaron a caminar y lo dejaron hablando solo pero él los siguió contándole lo sucedido. El les dice: “Paren, paren, Allá a cien metros hay un ciervo de nueve puntas”, apuntando con su dedo en una dirección. Uno de ellos mira con un catalejo y lo vé pastando muy tranquilo, oculto entre los matorrales. Se prepara y cuando está por disparar, Nacho le advierte que su mira está mal posicionada. Eso hace que todos comiencen a prestarle más atención. “Cómo te diste cuenta”. “Sólo lo vi, no es tan difícil, sólo hay que aplicar física”, le responde pero él tampoco sabe cómo se dio cuenta.

 

Uno de ellos le dice, “ven, te llevaremos al hotel y ahí veremos qué hacemos contigo”. “Por supuesto”, fue su respuesta. En el camino le iba explicando como calcular la trayectoria parabólica que haría la bala y así asegurar un tiro certero pero ellos lo miraban sin entender un pito de los que les decía.

 

Llegan al hotel y él se abalanza sobre un teléfono y disca torpe y con impaciencia.

– Hola Marta, soy yo.

– No, no puede ser, ¿Quién es usted, por qué me hace esto? - le grita.

– Tranquila Marta soy yo, Ignacio. Sé que es difícil de entender, es inexplicable pero te voy a contar todo.

 

Era víspera de Navidad. Habían pasado casi ocho meses de su desaparición y ya lo daban por muerto. Todo el mundo tenía la mente en la compra de regalitos, en la preparación de la cena y esto cae como un balde de agua helada, que sorprende e inmoviliza. El conserje del hotel que había seguido el tema porque era un fanático de las historias de extraterrestres, fantasmas y cualquier otras cosas inexplicables, lo reconoce y llama a un canal local para que manden urgente un reportero con una cámara para registrar el hecho. Minutos después su cara estaba en todos los noticieros del país. El grupo de noticias más importante envía un avión para trasladarlo a la capital y busca cerrar un trato de exclusividad para asegurarse  ser los primeros y únicos que puedan entrevistarlo y le ofrecen mucho dinero a él y a Marta. Ella está angustiada y muy confundida, si bien pudo ver su imágen en televisión y lo escucho hablar, no podía asegurar que se trataba de su marido. Él estaba mucho más delgado, tenía más cabello y se lo veía más joven. Tenía que verlo, tocarlo, hablarle y quizá después logre reconocerlo.

 

Al día siguiente, ya de noche, arriba el avión al aeropuerto y lo esperan las cámaras de TV, miles de chusmas y al final de todos ellos está Marta y sus hijos. Con Nacho viajan los cazadores que buscaban robar cámara explicando cómo lo habían encontrado mientras ellos también querían un contrato de exclusividad con cualquier canal para contar su parte de la historia.

 

Nacho tarda un montón en llegar a Marta, Francisco y Julieta que lo esperaban llorando de la emoción y a medida que se acercaba podían ver que era  real, que era el esposo y el padre que estuvieron llorando por su desaparición durante semanas. Tuvo que sortear cámaras de la TV, micrófonos por doquier, personal de seguridad del aeropuerto, turba enloquecida que quería tocarlo porque lo creían un ser celestial o algo exotérico. Al final llegó a ellos y el abrazo fue eterno y las cámaras se peleaban por tomar la mejor imagen de ese momento.

 

Pero el momento duró muy poco, personal de las fuerzas armadas lo separó de su familia, lo aisló y se lo llevó a un cuartel donde le harían exámenes para tratar de determinar qué había sucedido con él. Los militares habían descubierto que en el lugar donde desapareció había rastros de radioactividad que nunca habían conocido y esa información la mantuvieron en secreto para no crear pánico a la familia ni especulaciones en la población.

 

A partir de ese momento se convirtió en un rehén del gobierno que recibió indicaciones de que lo trasladen a una fortaleza de la NASA, oculta en un desierto, donde centralizaban y  estudiaban todos los hechos sin explicación científica o referentes a extraterrestres. Una vez allí, le hicieron decenas de estudios, lo interpelaron, lo manipularon con medicación que usaban para detectar si mentía, lo hipnotizaron para entender lo que había pasado con él. Pero Nacho había adquirido la capacidad de leer la mente y no se había dado cuenta hasta ese momento y así supo cómo evitar decir algo en esos interrogatorios y los desconcertó hasta hacerles creer que se había vuelto loco.

 

Después de varios días en que lo trataron peor que a un criminal y sin poder descubrir mucho porque él se aseguró de no compartió ninguna información con ellos de lo que había vivido, toman la decisión de liberarlo y dejarlo volver al país. Regresa en un avión militar en el más estricto secreto y lo llevan a su casa a reencontrarse con su familia. 

 

A partir de ese momento cuando ellos creían que las cosas se reencausarían y todo volvería a ser como antes pasa todo lo contrario. Él no le contó a todo el mundo lo que realmente había pasado, sólo a Marta, sus hijos y a unos pocos amigos fieles en los que confiaba. Al resto le hablo de algo de ser abducido por extraterrestres y que no recuerda nada de lo sucedido. 

 

Algunos de sus amigos y algunos de sus familiares no creían lo que le había pasado y lo interrogaban constantemente sobre lo que había vivido. En su trabajo no lo quisieron aceptar y lo echaron por haber faltado mucho tiempo sin avisar ni responder a las intimaciones de presentarse. Antes de irse, se tomó un largo rato para explicarles a sus jefes y compañeros cuáles eran los problemas que tenían las máquinas que usaban y cómo arreglarlas. Les enseñó un proceso que les permitiría duplicar la producción y reducir los costos. Ellos tomaban nota con todos los detalles de su explicación, pero no lo entendían plenamente. Partió con una sonrisa y saludó estrechando su mano a cada uno sabiendo que no los volvería a ver.

 

Pero la realidad es que Ignacio ya no es el mismo. Su capacidad de razonamiento y el gran conocimiento de las ciencias que había adquirido lo habían convertido en una persona insoportable que objetaba todo lo que había a su alrededor. Era imposible debatir con él porque tenía respuesta para todo, pero sus explicaciones estaban a un nivel que hasta los científicos más avanzados en la ciencia, no lo entendían. Para colmo, no sólo debatía sobre ciencias duras sino también con las ciencias blandas, tirando por tierra parte de lo escrito por Freud o Lacan. La gente se quedaba mirándolo sin entender de que estaba hablando y eso lo enfurecía, no podía soportar la ignorancia de los que lo rodeaban y terminaba agrediendo y denigrando a sus interlocutores. En un principio fue la persona más buscada pero ya nadie quería hablar con él. 

 

Una tarde mirando al cielo le dice a un vecino que pasaba por ahí, “Guarda todo que se viene una tormenta con piedras que va a romper todo. Avisale al resto”. El vecino mira al cielo que se ve con un celeste hermoso, sin una sola nube y piensa que el pobre se había vuelto loco, pero le responde siguiéndole la corriente: “OK Nachito, paso el mensaje a todos”, cosa que obviamente no hizo. Tres horas más tarde, el cielo se puso negro, el viento doblaba hasta los árboles más voluminosos y el granizo que caía fue el más grande que se recuerde, haciendo añicos autos y techos.

 

Marta intentaba entender lo que le pasaba: “Mi amor, por favor explicame pero despacio porque es muy difícil seguir tu razonamiento”. “Más despacio, imposible, no entiendo cómo no entendes”, le replicaba a los gritos. 

 

Sin darse cuenta había adquirido todo el conocimiento de los seres del otro planeta que estaban cientos de años más avanzados que en la tierra, pero él, no estaba preparado para transmitirlo y ni para abrir la mente de los científicos para que investiguen y crezcan intelectualmente tal como lo habían hecho Albert Einstein, Stephen Hawking y otros grandes maestros de la ciencia. 

 

Se dedicó al juego de cartas, apostaba y ganaba siempre porque leía la mente de sus adversarios, hasta que lo echaron a los golpes. Luego visitó casinos y cuando el crupier lanzaba la bola, en esos segundo que pasaban hasta que decía “no va más”, calculaba la trayectoria de la bola y apostaba a los números con una probabilidad superior al noventa y cinco por ciento de acierto y como siempre ganaba le prohibieron la entrada a todos los casinos. 

 

Con el tiempo se fue recluyendo y no salía de una habitación de su casa que sólo tenía una pequeña ventana por donde entraba un poco de luz y aire. Ahí gastaba su tiempo con una radio de onda corta y estaba todo el día y la noche buscando frecuencias, intentando descifrar mensajes que él creía que le enviaban. La única persona con quien tenía algún contacto era Marta cuando le llevaba algo de comer, dejándole una bandeja en la puerta y muy rara vez se hablaban. Ambos estaban aislados de la comunidad y no tenían relación alguna con los vecinos de su barrio. 

 

Todo había cambiado demasiado. Sus amigos lo abandonaron, sus hijos tampoco los visitaban, sus familiares lo tomaban por un loco que había inventado eso para irse con alguna mujer y volvió porque ella lo abandonó. Marta era la única que veía en el fondo de sus ojos al Nacho del que estaba enamorada y aguantaba todo porque tenía la esperanza que volvería a ser el mismo que era cuando desapareció. Pero ya no era vida lo que estaban viviendo.

 

Una noche entra violentamente a la habitación, toma a Marta del brazo y le dice: “¡Vamos!”, ella se resiste y le grita: “¡Para, no ves que estoy en pijama!”. Él aferró su mano con más fuerza, “Donde te llevo eso no importa”. Ella se deja llevar con entusiasmo y corre tomada de la mano de él, hasta llegar a un lugar donde había una pequeña luz que titilaba como un arbolito de navidad. 

 

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