The End

Reseñas generales

“Todo tiene un final. Todo termina.”

Así sonaba Vox Dei en los ‘70.

“Sí, el presente. El presente y nada más.”

 

En los ‘80, ver una película era eso:

dar Play en la videocasetera o sentarse en la butaca del cine, y ser testigos de un relato.

Hoy, ver una “peli” sigue siendo eso:

elegir la plataforma de streaming o sentarse en la butaca del cine, y presenciar un hecho de primera mano.

La historia se termina; el espectador continúa.

El relato no cambia; el espectador, sí. (Si quiere, claro, si se deja modificar por el hecho artístico.)

La película “no se inmuta” para que el ojo que la mira se mueva, se conmueva y se transforme.

 

Es posible imaginar qué sucede después del “felices para siempre”. También se puede conjeturar sobre lo que ocurre antes de que empiece esa historia que deviene en final feliz. Eso hacen las pre-cuelas y las se-cuelas.

 

También es habitual (¿conveniente?) imaginar o (¿peor aún?) cambiar qué sucede después de un final “poco o nada feliz”.  “Para sufrir, está la vida; yo sólo miro las películas que terminan bien.” Así explica su criterio cinéfilo más de un espectador, incluso aquel que también consume Byung Chul-Han y asiente con la cabeza cuando lee, “la felicidad sólo es posible en fragmentos”.

 

Pero, bueno, hagamos el ejercicio, Pretty Woman:

A) Edward le propone a Vivian irse a vivir juntos. La relación se consolida. Tienen hijos.

B) Edward le propone a Vivian irse a vivir juntos. La relación no prospera. Se separan.

C) Edward le propone a Vivian irse a vivir juntos. Unos años despúes, él muere en un accidente aéreo.

D) A y C son correctas.

E) A, B y C son correctas.

F) A, B y C no valen la pena.

Cualquiera sea el final elegido, en todas las continuaciones sucede lo mismo: final, créditos, apagón - como en la versión de Marshall. Porque si no, arrancamos otra vez:

Si Edward no le hubiera propuesto matrimonio a Vivian…

Si Vivian no le hubiese dado a Edward una segunda oportunidad…

Si la aerolínea hubiera o hubiese cancelado el vuelo por la tormenta…

El subjuntivo le es propio al espectador, no al hecho artístico.

Se propone un relato, el guionista lo traduce en texto, los actores lo hacen cuerpo, y el director dice “Corte”.

Si imaginamos qué sucede después del final –happy or not happy- corremos el riesgo de creer que podemos predecir/determinar lo que vendrá. “He who controls the past, controls the future.” Esa es la vida de Winston en 1984 –y de John Hurt en su versión cinematográfica.

Incluso la gramática nos hace el favor de complejizarse lo suficiente para no agotarnos en prácticas de adivinación innecesarias: hubiera o hubiese… habría… Esas conjugaciones…

 

Tal vez por eso nuestra especie se reproduce: nuevas vidas, nuevas oportunidades. Los nuevos relatos tienen su movimiento, su cadencia, sus sacudidas, su calma. Esos relatos también se terminan y llegan otros; y entre nuevos relatos, los anteriores sobreviven –o no. Algunos incluso ensayan cierta eternidad en el recuerdo hasta que también se olvidan o aquellos que las piensan ya no están. En definitiva, todas las historias terminan para dar lugar a otras: “la continuidad de los parques,” Julio.

Quizás por esa razón, antes de los créditos, la pantalla reza “Fin”.

De hecho, es más claro a la inglesa: es “el” final.

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