Uróboros
Reseñas generalesNota: Sigue sin gustarme este personaje, solamente trato de darle un poco más de contexto y contenido.
El héroe permanecía sentado sobre una roca, parte de los escombros de un paisaje desolador. La ciudad que el tanto amara y protegiera durante buena parte de su vida era ahora solamente aquello: Un montón de varillas y concreto disperso, una cantera interminable de cadáveres y estertores agónicos de gente a la que él no daba abasto a salvar.
Aún se encontraba débil, pero de todas maneras se había pasado toda la mañana asistiendo personas; decidió dejar por primera vez que otros se ocuparan, cuadrillas de los servicios de emergencia, que vaya Dios a saber cómo sobrevivieron a aquella hecatombe, se afanaban en buscar sobrevivientes entre los escombros. Él no solo estaba cansado, sino por primera vez decepcionado de aquella gente.

Bueno, quizás decepcionado no fuese la palabra, más bien triste por ellos; porque sería justo su incapacidad de dirimir sus conflictos de una manera civilizada lo que los llevaría a la destrucción absoluta y aquello era solo una breve muestra de lo que les esperaba. Aquello mismo fue lo que hizo sucumbir a su gente y fue precisamente lo que lo trajo aquí.
Una gruesa lágrima resbaló por su mejilla para ir a perderse entre el nylon de sus mallas rotas.
Tan absorto estaba en sus propios pensamientos, tan sumido se encontraba en su congoja, que apenas notó la sombra junto a él y la cálida mano sobre su hombro.
Buscó alguna clase de respuesta en sus ojos, dos piscinas grandes color miel, a las cuales la luz intermitente de las sirenas arrancaban destellos topacio. Aún seguía teniendo ese aspecto tan menudo e infantil.
- No lo entiendo- fue todo lo que consiguió decir, con la voz quebrada y antes de un sollozo.

Ella lo atrajo hacia sí, posó delicadamente su cabeza en su regazo, mientras hundía la diminuta, casi infantil mano en su sedoso pelo azabache; en ese momento era como una madre para él, era como si lo arrullara. El contraste no podía ser más evidente, aquel hombretón fuerte como una roca, pero de corazón tan vulnerable, posado en el regazo de una chica menuda, que casi parecía Campanita, pero con una fuerza de voluntad capaz de desafiar a un tornado.
- No hay nada que entender...-le escuchó decir sobre su cabeza.
Él levantó apenas un poco la cabeza, aún descansando en su regazo, lo suficiente para ver desde su posición su rostro tan redondo, su melena corta y rubia, con el flequillo sobre su frente y esa mirada tan dulce y confiada. Desde allí su rostro se veía tan grande como la luna llena y su aliento le acariciaba las mejillas.
- ¿Crees que nací ayer? ¿Crees que vine del espacio en una cápsu...?- Se detuvo de pronto, debía pensar en otro ejemplo.

Ella lo miró con expresión de obviedad.
- ¿Es en serio?
Los rescatistas seguían afanados en la distancia, alguien pedía a la ambulancia que se acercara.
Una página de diario que iba volando con la brisa fue a caer a sus pies, él se incorporó lo suficiente para levantarla y volvió a su regazo. Se sentía tan tibio allí. Ella continuaba acariciando su pelo.
Él le pasó la hoja.
El estruendo de las sirenas aumentó y los gritos se hacían ensordecedores por momento.
Por supuesto, ambos conocían muy bien tanto el monograma como el nombre del diario. Aquella era una primera plana de hacia apenas un mes.
- Crece la tensión entre las potencias mundiales por el control de los mercados y del panorama geopolítico, xxxxxx amenaza con bombardear nuestra ciudad si nuestro gobierno no retira sus barcos de sus costas.- leyó ella.
Una nube de polvo los envolvió de repente, cuando una brigada levantó unos escombros cerca de ellos, para salvar a una chiquilla que balbuceaba apenas.

Ambos se incorporaron parcialmente, ella tosió, esta vez era él quien la sostenía.
Tres sudorosos rescatistas se presentaron ante ellos. Uno de ellos le pasó una tableta electrónica sintonizada en una transmisión en vivo.
El mismísimo líder de la nación les observaba desde la pantalla.
- Donde quiera que estés, necesitamos tu ayuda. Sé que cometimos un grave error al apartarte de este conflicto, pero no tenemos nadie más a quien acudir, el mundo entero volverá a estar en deuda contigo.
Se refería por supuesto a cuando lo capturaron un par de días atrás, trasladándolo a una cámara en una remota isla del pacífico, reforzada con miles de aquellas gemas tan bien conocidas por él; todo para que no siguiera metiéndose en sus asuntos. Ella se las arregló para liberarlo de allí, junto con algunos sujetos devotos de su leyenda, pero ya era muy tarde, el bombardeo había tenido lugar durante su cautiverio.
Él suspiró profundamente, ¿A esta gente no se le ocurría pensar que en algún momento él se hartaría? ¿Que tal vez pudiera tener algún día sus propios sueños y proyectos? y más importante aún: ¿Jamás aprenderían de sus errores? ¿Hasta cuando seguirían provocando a las avispas y quejándose luego por las picaduras?

- Tu gente nunca aprenderá nada- le expresó a su tierna y dulce confidente de la secundaria, mientras se levantaba y se sacudía el polvo.
- Los tuyos tampoco lo hicieron muy bien que digamos- respondió ella sosteniendo su mano.
Él llevó la suya a sus labios y la besó en el dorso.
- ¿Por qué crees que sigo aquí?
Ambos continuaron alejándose de allí en medio de los escombros.
De repente él la detuvo, tomó delicadamente su rostro entre sus manos, que se sentían cálidas y le cortaban con sus rastros de polvo.
Acercó su cara, la calidez de sus mutuos alientos raspaba en su nariz, sus labios se tocaron, sus lenguas se entrelazaron danzantes. Varios rescatistas los miraban.

Cuándo se separaron, él enjugó una lágrima que descendía entre motas de polvo, sobre su mejilla de terciopelo.
- No puedo amarte ¿Lo sabías?
- Sí, lo sé ¿Entonces qué fue eso?
Con los ojos aún algo hinchados y rojizos por el llanto y el polvo, él miró al horizonte mientras reanudaban la marcha.
- Es que todo me gusta de ti excepto un simple detalle: Eres demasiado noble e idealista, justo como yo- explicó - Necesito en mi vida a alguien que me ponga los pies sobre la tierra cada día.
Hubo una breve pausa por donde se colaron nuevamente los ruidos de la jornada. Cuando ella habló parecía que hubiera pasado un siglo.
- No contestaste a mi pregunta ¿Por qué lo haces más difícil entonces?
- Porque tampoco somos solo amigos...
Las sirenas se oían cada vez más tenues.
- No siempre estaré aquí- comentó ella.

- Ni yo espero que lo estés; mientras tanto seré como tu acosador con consentimiento mutuo.
- ¿Me verás en la ducha también?- inquirió ella con gesto pícaro.
- Sí, pero solo a los ojos...
- No te pierdes de mucho con el resto...




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