Cómo duele Aftersun
Reseñas generales
Y a veces llegan esos días grises que me ponen también grisácea y una fuerza tan compulsiva como irrefenable, materializa en mi pantalla Aftersun.
Ya sé que será un viaje intenso y no hay medicamento que aminore los efectos, pero me dejo llevar. Otra vez.
Me subo a un paseo onírico, melancólico e increíblmemte bello en el que viajo con Calum y su hija de 11 años, Sophie, acompañándolos en las vacaciones que (¿Después llegamos a entender?), serán su despedida. La última vez que se van a ver, aunque la directora no se detenga nunca a explicitar absolutamente nada. Simplemente despliega un rompecabezas y cada una de sus piezas son dejadas sutil y deliberadamente en su sitio para ser hallada y armadas.
Una vez que logro colocar cada parte en su lugar y decifrarlo, vienen las lágrimas; que no son esas románticas y pulcras, sino las poco elegantes, mocosas y espasmódicas, nivel “se van a preocupar los vecinos”.
Paul Mescal es absolutamente increíble. Tiene la capacidad de hacerme ver la oscuridad en la que se va sumergiendo Calum mediante sus silencios, sus miradas, su cuerpo. No puedo evitar sentir en la piel su inconmensurable tristeza, su frustración, su derrota.
Sophie no entiende a su papá y yo tampoco, pero mientras transcurren esos días en un hotel barato capturados en videotape, ella empieza a asomarse a la adolescencia, a esa incómoda etapa de ser una niña y a la vez no.
Y de a poco la reconozco siendo adulta e intentando encontrarle un sentido a esos días, a lo que sucedía en la mente de ese hombre de 31 años de mirada tan clara como oscura que era su padre.
Asumo que busca explicaciones en esos VHS, pero ¿cómo encontrarlas? La vida no trae manual de instrucciones y tampoco esta película.
Me sorprende la ínfima cantidad de diálogos que tiene, pero son los justos y necesarios, porque en este rompecabezas, hay que hundirse a través de las imágenes, los reflejos, los flashbacks. Y la espectacular música que rodea todo.
Creo que nunca volveré a escuchar de la misma forma a Under preassure interpretada por Queen y David Bowie, sin pensar en Calum bailando, pero tampoco a Losing my religion de REM, que la recuerdo y se me clava de nuevo en el pecho como un cuchillo oxidado. Estos temas, con Tender de Blur, suenan en momentos clave de esta compilación de imágenes y flashes de la vida de los personajes y cargan de significado lo que no dicen, lo que creemos que estamos entendiendo y agradezco, por una vez, no encontrarme con una historia masticada, predigerida y regurgitada.
La realizadora no te subestima, al contrario, te desafía.
Hay quienes me dijeron que la película los aburrió, que no pasaba nada y la sacaron después de 15 minutos y, la verdad, los comprendo, pero no los entiendo. Como tampoco creo que tenga sentido darle vuelta la cara a un atardecer o no permitirse cucharear ese dulce de leche que descansa al costadito de la última porción de torta.
Y es que este es un viaje tranquilo, melancólico y fuerte.
Porque Aftersun duele, sí. Pero también la vida. Y no tenemos la suerte de que la dirija Charlotte Wells.





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