Pie Grande

Reseñas generales

 

Érase una vez… encontrábame yo en una típica reunión de juventud donde corren generosas cantidades de alcohol y otras sustancias y donde todos se han reunido para intentar conquistar el mundo. Uno de los asistentes, acaso el más asiduo al cannabis, la hierba, la lechuga de Satanás, tuvo una de esas revelaciones que solo se nos ocurren durante uno de estos viajes astrales. Posando la mano en el mentón como un gran Pensador, nos regaló su gran idea: “Quisiera inventar un casco de motoclista que tuviese incorporado un mecanismo de criogenia…. Imáginense, muchachos, que un tipo se accidenta en moto y queda decapitado. El casco así puede congelar la cabeza y preservarla hasta que se le pueda llevar al hospital y volver a colocársela. Como hacen cuando uno pierde un dedo”. El silencio sepulcral, en medio de una densa nube de humo que no era de cigarrillos, solo podía significar que esta idea o era una genialidad o una estupidez del porte de un buque; no estábamos seguros. Pero no quedaban dudas de que era el tipo de cosas que solo pueden ocurrir tras fumarse una buena y potente maconha.

 

Este extenso y algunos dirán innecesario preámbulo sirve como presentación para Sasquatch Sunset, de los hermanos David y Nathan Zellner: el tipo de idea pastrula que solo se te podría ocurrir fumándote un buen cogollo con amigos.

 

Esta pequeña curiosidad, destinada a ser un objeto de culto, es una especie de documental naturista, de esos que uno puede encontrar en NatGeo, pero sin censura y sin miedo a mostrar el lado más grotesco del mundo animal. Los animales, en este caso, son una familia de peludos y feos Pie Grandes. Escondidos debajo de los kilos de maquillaje, pelucas y prótesis están Riley Keough y Jesse Eisenberg; tal vez la nieta de Elvis Presley y el otrora Mark Zuckerberg nunca se imaginaron que su carrera los llevaría a soltar torrentes de diarrea al costado de una carretera, pero se prestan felices a la experiencia.

 

Los Pie Grandes, se sabe, son folclóricos: no se ha comprobado su existencia y desde siempre, se les ha considerado una leyenda urbana, criaturas llenas de mística y misterio. Para los Zellner, inicialmente son unos animales más, vagando por plácidos bosques sin destino conocido. No hay diálogos: todo es en base a gruñidos, gemidos y gritos, lo cual podría colmar la paciencia de buena parte del público a los cinco minutos. Y es verdad que al principio esto no parece más que un sketch de programa cómico – muy bien fotografiado y con un impecable trabajo de maquillaje que probablemente sea ignorado en alguna premiación futura – pero un sketch, al fin y al cabo. Pero conforme avanzan los minutos, algo pasa. Mientras vemos a los Pie Grandes deambular, comer, dormir, cagar, mear y rascarse las bolas, empiezan a parecerse muy sospechosamente a típicos comportamientos humanos, no muy distintos de lo que haría cualquiera tirado en el sillón un domingo por la tarde viendo televisión. Más aún cuando deben lidiar con sentimientos muy propios de la humanidad, como la soledad, el abandono, una pérdida cercana e irreparable, o el instinto maternal.

 

De repente, debajo de los pelos y los rasgos primitivos, esta familia improvisada de criaturas parece humana, viviendo experiencias muy humanas aunque de forma muy simple, casi básica. Y llamarlos “eslabón perdido” empieza a cobrar más sentido. Y es aquí que uno entiende lo que han querido hacer los Zellner: debajo de los pedos, la diarrea en caño y la copulación animal, han encontrado humanidad y sentimientos en las criaturas más improbables. Y lo que antes parecía una tontería sin sentido para fumones de repente se vuelve melancólica y hasta emotiva. Un resultado inesperado, pero grato.

 

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