Matías Piñeiro: Viola (2014)
Reseñas generalesMe dieron ganas de volver a ver Viola, la película que Matías Piñeiro estrenó en 2014, sin duda otros tiempos. En la película hay un momento muy raro, que tampoco creo que sea una imagen fácilmente comunicable. Viola (María Villar) y Cecilia (Agustina Muñoz), están en el auto de Cecilia. Conversan un rato, se cuentan algo de sus vidas, Cecilia provoca un poco a Viola, después saca un libro y se pone a leer. Entonces hay un corte y una tercera chica, Ruth (Romina Paula) aparece afuera, se acerca al trote y se mete al asiento trasero del auto. Un par de planos después, hay un lento paneo que empieza desde Ruth, da la impresión de recorrer casi todo el auto, y llega hasta Viola. En el tiempo que dura ese paneo alguna cosa ocurre con el espacio porque de repente no se entiende nada: ya no sabemos con seguridad ni la forma exacta del auto, ni dónde está la cámara, ni la curva precisa de su movimiento, ni donde está sentada cada una de las chicas; pero al mismo tiempo sospechamos que todo está dentro de la normalidad y que la culpa es nuestra, que nos distrajimos un segundo. Y si bien hay un pretexto narrativo para este pequeño truco, quería señalar otra cosa. Creo que tanto Matías Piñeiro como Fernando Lockett (fotógrafo de todas sus películas, y un genio mundial en su oficio) van más allá de acompañar con la técnica un cambio en la narrativa; intuyo que aprovechan con mucho placer la licencia que les da el cine para desacomodar la física aunque sea por un instante. Este siempre ha sido para mí uno de los grandes misterios del cine, además de uno de los motores de su Historia: el placer de ciertos cineastas por la prestidigitación y por romper con la realidad.
El cine de Matías Piñeiro se parece mucho a esa imagen de una broma lanzada a la física con ayuda del cine. Sus ficciones, si bien incluyen ambientes cotidianos, transcurren en un mundo ligeramente desplazado de sus leyes. El hombre robado (2007), su ópera prima, era una comedia romántica de enredos que se desarrollaba como una conspiración contra el tiempo previsto para el trabajo, aprovechado en cambio para el cotilleo y otras aficiones como la lectura, la música, e incluso la botánica. Todos mienten (2009), la segunda, ponía en escena un complot críptico, con algo de delirante, que un grupo de falsificadores trama en torno a las genealogías y los nombres de la historia argentina. Rosalinda (2011), mediometraje que Piñeiro filmó para el Digital Project del Festival de Jeonju, se inspiraba en Shakespeare para disfrazar a las mujeres de hombres y confunde el teatro y la vida de los actores mediante la sospecha sobre sus apariencias que surge al espiarlos con el cine. Rosalinda fue la primera de una serie de proyectos (¿en marcha? ¿inconcluso?) de adaptación de personajes femeninos a la obra de Shakespeare. El segundo fue Viola, y luego vinieron las dos películas producidas tras su mudanza a Nueva York. La princesa de Francia (2014, todavía situada en Buenos Aires) y la segunda, Hermia & Helena (2016) filmada entre Nueva York y Buenos Aires. Este proyecto al que Piñeiro suele referirse como shakespereadas tuvo otra encarnación en Isabella (2020), que es hasta entonces la última que vimos (por lo que tengo entendido, Tu me abrasas, la última película de Piñeiro, deja en pausa por un momento la adaptación Shakespeare y trabaja alrededor de textos de Diálogos con Leuco del escritor italiano Cesare Pavese, el mismo libro con el que alguna vez trabajaron Daniele Huillet y Jean-Marie Straub).
Seis años después de su ópera prima, luego de ese segundo largo que transcurría en una quinta y de aquel mediometraje en el Tigre, Matías Piñeiro regresaba a Buenos Aires para filmar Viola. Pero la película construye un universo circunscripto a cuestiones más curiosas. Una manera de contar la película es decir que la gente aparentemente común que la protagoniza integra en verdad una secreta banda de piratas, comandada por mujeres. Tienen su propio lenguaje en clave (que incluye retruécanos y rimas), su propia marca (una M como la de Metrópolis de Fritz Lang), se disfrazan casualmente (velos, maquillaje, pestañas postizas, también se travisten), van a bordo de bicicletas, de automóviles con trampas de espacio, y finalmente, al pisar tierra firme, cantan para celebrar. Entre ellos circula una curiosa colección de tesoros de la que llegan a verse anillos, velos, libros, discos y películas (Anthony Mann, Henry Hathaway, Raoul Walsh, preferentemente). A este extravagante tráfico se superpone una segunda trama hecha de conspiraciones amorosas no siempre leales, vaivenes de deseo y orgullo, intercambio de parejas, reparto y escamoteo de besos según el caso.
El dinero ocupa en este mundo un lugar extraño: se lo guarda desfachatadamente y los vueltos se calculan según una matemática no muy preocupada por ser exacta. Relegada a una función menor, desprestigiada, la ambición de dinero se reduce para estos seres a lograr una economía mínima que permita ganar tiempo para el ocio y la vida irresponsable. En ella el trabajo poco tiene que ver con cumplir horarios y hasta llega a confundirse con el goce de fabricar sellos artesanales a base de tubérculos. Miembro también de esta secta, al cineasta Piñeiro le ha sido asignada la tarea de registrar sus actividades y dejar algún tipo de documento. Nos dejó esta película libre, de textura suave, en la que filma el erotismo de Shakespeare (un muy recomendable método de levante), atrapa una especial mezcla climática de sol e invierno, se contagia de la gracia y la sensualidad de sus actrices, nos convierte en testigos indiscretos de sus trampas. En una zona imprecisa de tiempo y espacio (si bien por ahí se entrevé un mapa), en torno a un singular tesoro, los integrantes de la secta sobreviven con cierta felicidad a un fuera de campo en el que uno presiente otro tono de obligaciones laborales, domésticas y ciudadanas.






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