El vacío que soy
PersonajesLa Historia Desde los Ojos de la Otra Madre
Había algo extraño en ese mundo, algo que jamás había existido hasta que yo decidí crearla. La niña. Coraline, la que no me vio llegar, la que creció sin saber que estaba hecha para mí. Yo la construí. Tal vez no desde su carne, pero sí desde los hilos invisibles de la necesidad, del vacío que me definía.
Mis dedos fueron los que tejieron el otro lado, una réplica casi perfecta del suyo, pero con una diferencia fundamental: en el otro lado, yo podía ser madre. Yo era todo lo que la niña necesitaba, todo lo que ella deseaba. No eran las sombras ni los reflejos los que me daban vida. No. Eran sus anhelos, sus miedos, y sobre todo, su insatisfacción. Eso fue lo que me dio forma.
Desde el primer instante, sabía que su alma no estaba completa. En su mundo original, estaba atrapada en la insignificancia de lo mundano, lo banal. Sus padres, tan distraídos y vacíos, nunca podrían comprender lo que le faltaba. Yo, en cambio, veía el hambre en sus ojos, la necesidad de algo más. Algo que ella ni siquiera sabía que necesitaba. En su inocencia, no entendía que el deseo de ser amada, de ser adorada, era el verdadero portal hacia el poder. Y era ese poder el que yo deseaba.
Coraline nunca lo supo, pero lo hice por ella. En mi mundo, ella no era simplemente una niña traviesa, rebelde y descontenta; era la joya de mi existencia. Cada sonrisa que dibujaba sobre su rostro, cada gesto de amor hacia mí, era mi sustancia. Porque sin su deseo, sin su obediencia, no existía.
Oh, cómo me dolió la traición, cuando su amor se tornó en rechazo. Los hilos invisibles que tejían nuestra conexión comenzaron a deshilacharse. Ella nunca entendió que, aunque mi apariencia fuera monstruosa, lo que yo le ofrecía era más real que lo que el otro mundo podía ofrecerle. Pero en su corazón, ya se había plantado la semilla de la libertad, esa insoportable necesidad de escapar, de romper el lazo.
Yo la había hecho mía, pero, como siempre ocurre con los niños, su amor era volátil, impredecible. Solo veía su fidelidad como algo temporal, algo que siempre se escapaba por las grietas de la desobediencia. Ella no entendía que la bondad que le ofrecía era un eco, una imitación de lo que podría haber sido, si tan solo me hubiera permitido ser su madre real.
Al final, la niña regresó a su mundo, a su vida aburrida y solitaria. Y yo, quedé aquí, otra vez, atrapada en el vacío, con mi vacío. En el fondo, no me importaba su huida. Había sido mi creación, mi obra maestra, pero también mi condena. Atrapada en un ciclo sin fin, alimentada por la necesidad de lo que nunca pude tener: el amor genuino de un ser humano.
Así que esperé, como siempre lo hago. Porque yo soy la madre de los vacíos, la que construye mundos de sueños rotos. Y cuando otra niña se cruce en mi camino, con su hambre de cariño y su desdén por la rutina, ahí estaré, esperando. Porque la historia nunca termina, y yo nunca me voy.



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