Una defraudación, una estafa, una película extraordinaria
Reseñas generalesUna defraudación, una estafa, una película extraordinaria. Otra vez, como pasaba con la primera, esta no es una película de cómics y superhéroes, ni tampoco de supervillanos. Esto es otra cosa, y refulge en su modo insolente, en su modo orgulloso de soledad. Joker 2 es una defraudación, una estafa, y una película grandísima. Una película cargada de genio, de demencia, de osadía. Joker 2 es tanto una defraudación y una estafa -la estafa genial- que ni siquiera se llama Joker 2, se llama Joker: Folie à Deux. En el original en inglés ofrece un título en francés, en un rasgo más de capacidad para irritar a su público. ¿Su público? ¿Qué público? ¿Cuál es su público? ¿Las películas poseen un público? ¿El público cree poseer películas? Joker 2, que no se llama Joker 2, les dice que no, que se jodan, que no tienen derechos especiales si se compraron cuatro revistitas. Las penas son de nosotros y las películas son ajenas. A veces, bueno, bien, o todavía mejor, las películas son de los directores. En este caso, Joker 2 es una película de Todd Phillips, un director extraordinario.
Pero si la primera Joker fue premiada con el León de Oro en Venecia y celebrada y obtuvo decenas de otros premios y distinciones, Joker 2 no ha tenido el mismo derrotero. Ni lo tendrá. Podríamos decir que tuvo, más que un derrotero, unas cuantas derrotas. La película, a juzgar por los promedios de puntajes que exhibe, no le gustó ni a la mayoría de la crítica ni tampoco a la mayoría del público. Eso sí, al igual que con la primera, Phillips fue a fondo e hizo un cuento de cine, uno truculento, grotesco, mortuorio y a veces -chispazos de loca energía, casi feliz y oscuramente infantil- vital. Lo hizo con dolor y gloria, con pasión y admiración por el cine de los setenta de su país, América, o los Estados Unidos de América. Joker 2 respira cine inmerso en una sociedad terminal, terminada, loca, dislocada. Tan dislocada es esta película que a Joaquin Phoenix se le sumó Lady Gaga. Tan dislocada es esta película que, olvidando que ya hay generaciones que ni saben qué son estas canciones que no tienen referencias sexuales explícitas, metió un festival fílmico musical de ejemplos del cancionero americano clásico, el cancionero estadounidense, el Great American Songbook. Y esas canciones no están exhibidas en el modo arremolinado de Moulin Rouge! o Happy Feet sino puestas en escena y puestas en cuerpo con exclusividad, con fuerza más bien centrípeta, de forma tal que el mundo -y el relato- parecen detenerse, imantados por esas melodías. Joker 2, que no se llama Joker 2, que no es Joker 2, hace de la música y su adscripción al musical su -otra- bandera de resistencia. Así como la primera Joker, que nunca debió llamarse Guasón, hacía de la comedia mutada en tragedia su forma de resistencia, de protesta. En un mundo - “in a world…”, como se escucha o escuchaba en algunos trailers- en el que se le piden explicaciones ridículas al cine, en un mundo que está por matar a la comedia de tanto reprimirla, Joker la primera era una exposición explosiva, asesina, de lo que puede llegar a suceder cuando a la humanidad se le reprime, o se le intenta reprimir, la risa.
Película de cárcel, película de loquero, película encerrada, película de juicio, película de exposición de palabras y gestos y miradas y muecas, Joker 2 reduce a casi nada las explosiones, hasta que explota, puntualmente, violentamente. Sí, Joker 2 tiene fuego, tiene explosión y tiene ruido puntuales pero nunca se convierte en otra cosa que lo que es: una película de personaje, de personajes, de profundización de la locura, como si el espíritu de Marco Ferreri pudiera bailar con el de Jacques Demy observados por el de Fred Astaire. Película loca, Joker 2 es la secuela más loca y más lógica del mundo, porque continúa de forma pertinaz lo que se planteaba, lo narrado en la primera. Pocas películas en la historia del cine pueden ser consideradas -como Joker 2-, con tanta claridad como una repercusión, un resultado, una derivación meditada de lo sucedido en la primera entrega. Joker 2 hasta puede ser interpretada como reactiva, como una demostración más de que Phillips -que ya tenía ganado su lugar de director admirable con The Hangover y con otras- es quien ha creado su película y sus personajes y que no tiene intenciones de entregarlos a una encuesta de los deseos de otros. Joker 2, que no se llama así, es de las películas menos concesivas -o tal vez imaginemos esas amenazas- hechas a esta escala y a varias otras escalas. Acá no hay súper nada, no hay salida, y Philips, en una de las sorpresas más refulgentes de una película cargada de sorpresas, decide quedarse con su personaje, no hacerlo símbolo; decide retirar los riesgos de que todo pase a ser licuado por la hipérbole y en embanderamiento y el “team” esto o “team” lo otro de estos tiempos, y decide que su personaje siga en la suya. Arthur Fleck (Phoenix, hecho para el cine, evidentemente), que no se llama Joker ni Joker 2, canta “Ne me quitte pas”, pero en inglés, que es “If you go away”, que es muy distinto decir una cosa que decir otra. Y él y Lee Quinzel (Gaga, hecha para el cine, evidentemente) cantan otras cosas, muchas más. Y Lee no se redime, no redime; Lee quiere el logo, el símbolo, la imagen, la bandera. Y Arthur decide que no es una bandera, no es una remera; está flaco y enjuto y corre, una o dos veces nomás, las que puede, porque la mayor parte de la película está rodeado de paredes.
Si la primera Joker tenía una narrativa briosa y atractiva pero estaba convencida de que no necesitaba fingir velocidad, Joker 2 está aún más convencida de que no necesita fingir velocidad ni tampoco fingir demencia. Joker 2, que no se llama así, a ver si lo entienden, se llama en realidad Arthur Fleck. Película de energía viscosa mezclada con modos cortantes, secos, cargados del espíritu del cine de los setenta violento, áspero y contundente, Joker: Folie à Deux se anima a lo lacerante, a lo hiriente, a lo sangrante, al grito -película Munch, claro-, a descolocar, a dislocar, a irse, a mantenerse en la suya.
Al final, en los créditos, ya desde una dimensión que no podíamos imaginar que podía llegar a suceder, escuchamos a Arthur -a Phoenix- cantar con gloria el himno de Daniel Johnston “True Love Will Find You in the End”, canción de 1984 que eleva todo, aunque esta película insolente, esta defraudación, esta estafa, esta secuela orgullosa de despegarse de las repercusiones más tarambanas de la primera, ya estaba volando a alturas notables.















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