La primera regla es ...

Reseñas generales

Imposible analizar el auge de los antihéroes sin pasar por el Club de la Pelea de David Fincher. Basada en la novela con el mismo nombre del escritor Chuk Pallaniuk, tomando en consideración la increible puesta en escena, las tomas, los colores y ese logro en pantalla de lo decadente de una manera estética y agresiva, esta obra maestra de protesta y alienación nos plantea una visión súper original de un zafado Edward Norton, quien hastiado de ser un individuo materialista que se desvanece en una sociedad de consumo, superficialidad y entretenimiento, desdobla literalmente su ser para crear un némesis rebelde que se erige como un mesias de los desposeidos y menos capacitados, dejando un legado filosofico de adrenalina, caos y muchos golpes. 

La consigna  es sencilla, caos y resurrecion social luego de un apocalipsis urbano que resetee todas las cuentas bancarias y arrase con todas las entidades financieras.

Lejos de ser una provocación, el club de la pelea emerge como una invitación inteligente a profundizar contra la fragilidad del hombre moderno, un intento de hacer resurgir al hombre que ansia un espacio de libertad donde los escenarios para las emociones se han reducido. Diversiones sin riesgo, espacios controlados, roles prediseñados en una cultura del estereotipo en la cual la tarjeta de presentación fundamental radica en lo inofensivo. Brad Peet en el papel de Tyler Durden no busca una secta, tampoco un reinado o un ejército a su disposición. Tyler solo quiere un momento crucial dónde la humanidad voltee la mirada a un estado de reflexión y auténtica motivación existencial. Tal como lo dice el personaje  en medio de un discurso inaugural de un club de pelea subterráneo, “ nuestra guerra es espiritual" la depresión social para Tyler no radica en un agente externo, depende única y exclusivamente del adormecimiento del hombre, de su estado de confort generador de una perdida del significado.

Así, entre miles de travesuras, reclutamiento, golpes clandestinos y perdida de la consciencia, Edward Norton va transitando por una serie de momentos, fases simbólicas, perdida, deambular, rabia, procesos de cambio, asunción de responsabilidad y finalmente independencia, para finalmente descubrir su ser total, un solo hombre de cara a su destino. No es casual que la chica, como elemento central de toda trama, termine acoplada armónicamente con el protagonista solo al final de la película, cuando este se sabe finalmente dueño, para bien o para mal, de todos sus espacios interiores.

En mi opinión personal el Club de la Pelea es solo una fantasía de cambio que sucede en la mente del protagonista. Para ello me apoyo en la última escena, un flash montado de una escena porno sobre la cinta de la peli original. El antihéroe aquí es un balance, un necesario restaurador del orden interno. Es el lado sombrío que llega para invocar lo auténtico del individuo. Fight club como película sicológica, muestra las dos caras externas del individuo alienado socialmente. 

En nuestro protagonista el consumo en sí apunta a una exigencia cultural, las máscaras de la moda se adueñan de los patrones de conducta, se limita la psique, se reprime el yo, y allí, donde abundan los prejuicios y los convencionalismos, asecharan invariablemente los antihéroes. 

 

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