Dr.

Reseñas generales

- Dr Uriel reyes especialista en psiquiatría, ocho malditos años en una universidad para salir y toparme con que tenía que esclavizarme en una sala de emergencias para ganar una miseria, ósea para muchos mediocres poder comprar el último modelo de Audi a doce cuotas era algo bueno in- cluso afortunado, ¿pero qué demonios piensan esos imbé- ciles? Mis padres gastaron el precio de cien de esos autos para mi colegiatura, me negué a trabajar en un hospital donde tuviera que ver pacientes cada media hora por ocho horas, eso es algo que deben hacer los médicos generales, yo, por el contrario, había estudiado esta carrera para ga- nar dinero, al menos eso fue lo que me dijo el amigo de mi padre Dr. Larios que en una reunión familiar se llenó la boca diciendo que solo tenía que trabajar dos horas al día y tenía suficiente para vivir una vida buena. ¿Pero qué de- monios es buena? Me pregunto ahora, tener a una cerda como mujer y embutirse en un auto de la década pasada. Maldito viejo mentiroso.


Mientras estaba en búsqueda de empleo encontré un pe- queño hospital mental en la zona norte del país, decían que allí solo había drogas y putas, pero el puesto de direc- tor del hospital sonaba bastante bien, sonaba mucho mejor que Dr. mediocre especializado en Psiquiatría, lo mejor
 

era que no pedían experiencia laboral previa, se veía de le- jos que era un hospital gubernamental que estaba allí solo para cumplir la norma municipal de tener al menos una institución mental cada 200 km la paga no era muy buena, pero si mucho mejor que la que me ofrecían en la ciudad por ser un proveedor de medicamentos mentales, porque
es lo que eres cuando practicas la psiquiatría en una clínica, un maldito proveedor de medicamento controlado, los pacientes llegan con problemas de ansiedad y depre- sión y lo único que haces es llenarles el cerebro de drogas, de esa manera se relajan y dejan de molestar, porque ima- gínense que realmente les dieran el tratamiento que nece- sitan, eso saldría en exceso caro y el dueño de la clínica vería sus ingresos bajar. La verdad es que yo en su posi- ción haría lo mismo, incluso trataría de darles los medica- mentos más baratos que se puedan y así llevarme una tajada extra.
El viaje en avión me tomo al menos 2 horas, más 4 horas en carro, literalmente era un pueblo olvidado por dios, solo tenía un colegio y un mercado. 

 

El hospital general estaba cayéndose a pedazos y la instalación mental que es-taba a las afueras del pueblo era claramente una capilla religiosa que había sido remodelada para hacer las veces de sanatorio. Un tipo gordo con cara de niño me recibió en la entrada, me hizo saber que era el alcalde del municipio y que estaba muy feliz de verme llegar, la entrevista no duro mucho, al final me entrego todos los expedientes de los pacientes y me presento al grupo de enfermeros que esta ban bajo mi mando. Al día siguiente envié a traer todas
mis cosas, las cuales llegaron desparramadas como si las hubiera transportado un futbolista a patadas.

malditas aerolíneas, uno de estos Días los demandaré. las primeras semanas me dediqué a hacer mi trabajo como lo dictaba el Manual, había de todo. Esquizofrénicos, casos de bipolaridad grave,  casos de estrés postraumático incurables, generalmente adolescentes y niños. 

 

pese a que era un hospital en medio de la nada, tenía una sobre población de pacientes comparables a los psiquiátricos de la capital.

 

 la segunda semana, cuando me disponía a irme al apartamento que había rentado en el pueblo, vi cómo Fausto, uno de los camilleros, entraba con un sujeto extraño que vestía como un travesti y llevaba un bolso de gimnasia colgado en su brazo. En ese momento me pareció extraño, pero no le preste mucha atención, tome mis cosas y me fui a casa, los días posteriores volví a ver a fausto entrando con sujetos extraños, los dirigía a todos en una dirección, la sala de los pacientes. Un día la curiosi- dad pudo conmigo y los seguí sin ser visto,
Pude ver cómo uno de los tipos se metía a la habitación de castigo junto con una paciente que tenía un daño cerebral severo.

 

fausto estaba en la garita de guardia. Inmediata- mente me vio entrar, se puso en mi camino. -¡Dr creí que ya se había ido a casa! - exclamo claramente asustado - quítate de mi camino le respondí con firmeza y lo aparte, al mirar por los barrotes de la pequeña habitación vi al sujeto azotando a la chica con un látigo negro mientras ella estaba desnuda, mire a fausto quien me miro de- vuelta poniéndome 200 dólares en la mano. - de esto no se vive doctor, ¿no cree? - ese día supe que la clínica tenía el potencial suficiente para hacerme rico rápidamente.
Fausto me comento que él era el único que sabía de las cosas que pasaban en la clínica después de que se cerraban las puertas, me comento que venía gente de todos los rincones del país y que pagaban bastante bien para desahogar sus más oscuros fetiches, había de todo.
Desde los que les gustaba ser mordidos, hasta los que les - Dr Uriel reyes especialista en psiquiatría, ocho malditos años en una universidad para salir y toparme con que tenía que esclavizarme en una sala de emergencias para ganar una miseria, ósea para muchos mediocres poder comprar el último modelo de Audi a doce cuotas era algo bueno in- cluso afortunado, ¿pero qué demonios piensan esos imbé- ciles? Mis padres gastaron el precio de cien de esos autos para mi colegiatura, me negué a trabajar en un hospital donde tuviera que ver pacientes cada media hora por ocho horas, eso es algo que deben hacer los médicos generales, yo, por el contrario, había estudiado esta carrera para ga- nar dinero, al menos eso fue lo que me dijo el amigo de mi padre Dr. Larios que en una reunión familiar se llenó la boca diciendo que solo tenía que trabajar dos horas al día
y tenía suficiente para vivir una vida buena. ¿Pero qué de- monios es buena? Me pregunto ahora, tener a una cerda como mujer y embutirse en un auto de la década pasada. Maldito viejo mentiroso.
Mientras estaba en búsqueda de empleo encontré un pe- queño hospital mental en la zona norte del país, decían que allí solo había drogas y putas, pero el puesto de direc- tor del hospital sonaba bastante bien, sonaba mucho mejor que Dr. mediocre especializado en Psiquiatría, lo mejor
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era que no pedían experiencia laboral previa, se veía de le- jos que era un hospital gubernamental que estaba allí solo para cumplir la norma municipal de tener al menos una institución mental cada 200 km la paga no era muy buena, pero si mucho mejor que la que me ofrecían en la ciudad por ser un proveedor de medicamentos mentales, porque
es lo que eres cuando practicas la psiquiatría en una clí- nica, un maldito proveedor de medicamento controlado, los pacientes llegan con problemas de ansiedad y depre- sión y lo único que haces es llenarles el cerebro de drogas, de esa manera se relajan y dejan de molestar, porque ima- gínense que realmente les dieran el tratamiento que nece- sitan, eso saldría en exceso caro y el dueño de la clínica vería sus ingresos bajar. La verdad es que yo en su posi- ción haría lo mismo, incluso trataría de darles los medica- mentos más baratos que se puedan y así llevarme una ta- jada extra.
El viaje en avión me tomo al menos 2 horas, más 4 horas en carro, literalmente era un pueblo olvidado por dios, solo tenía un colegio y un mercado. El hospital general es-
taba cayéndose a pedazos y la instalación mental que es- taba a las afueras del pueblo era claramente una capilla re- ligiosa que había sido remodelada para hacer las veces de sanatorio. Un tipo gordo con cara de niño me recibió en la entrada, me hizo saber que era el alcalde del municipio y que estaba muy feliz de verme llegar, la entrevista no duro mucho, al final me entrego todos los expedientes de los pacientes y me presento al grupo de enfermeros que esta- ban bajo mi mando. Al día siguiente envié a traer todas
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mis cosas, las cuales llegaron desparramadas como si las hubiera transportado un futbolista a patadas. - malditas ae- rolíneas, uno de estos Días los demandaré. - las primeras semanas me dediqué a hacer mi trabajo como lo dictaba el Manual, había de todo. Esquizofrénicos, casos de bipolari- dad graves, casos de estrés postraumático incurables, ge-
neralmente adolescentes y niños, pese a que era un hospi- tal en medio de la nada, tenía una sobre población de pa- cientes comparables a los psiquiátricos de la capital. Des- pués de la segunda semana de estar allí, cuando me dispo- nía a irme al apartamento que había rentado en el pueblo, vi cómo Fausto, uno de los camilleros, entraba con un su- jeto extraño que vestía como un travesti y llevaba un bolso de gimnasia colgado en su brazo. En ese momento me pa- reció extraño, pero no le preste mucha atención, tome mis cosas y me fui a casa, los días posteriores volví a ver a fausto entrando con sujetos extraños, los dirigía a todos en una dirección, la sala de los pacientes. Un día la curiosi- dad pudo conmigo y los seguí sin ser visto
Pude ver cómo uno de los tipos se metía a la habitación de castigo junto con una paciente que tenía un daño cerebral
severo, fausto estaba en la garita de guardia. Inmediata- mente me vio entrar, se puso en mi camino. -Dr creí que ya se había ido a casa - exclamo fausto claramente asus- tado - quítate de mi camino le respondí con firmeza y lo aparte, al mirar por los barrotes de la pequeña habitación vi al sujeto azotando a la chica con un látigo negro mien- tras ella estaba desnuda, mire a fausto quien me miro de- vuelta poniéndome 200 dólares en la mano. - de esto no se vive doctor, ¿no cree? - ese día supe que la clínica tenía el
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potencial suficiente para hacerme rico rápidamente. Fausto me comento que él era el único que sabía de las co- sas que pasaban en la clínica después de que se cerraban las puertas, me comento que venía gente de todos los rin- cones del país y que pagaban bastante bien para desahogar sus más oscuros fetiches me dejo saber que había de todo.
Desde los que les gustaba ser mordidos, hasta los que les gustaba tener sexo de maneras poco convencionales, todos tan enfermos como la gente que teníamos en la clínica. También me dejo saber que ahora que yo sabía podían aceptar otros que buscaban cosas un poco más rudas. Ese día me fui al apartamento y por una semana no le dirigí la palabra a fausto, probablemente sospechaba que lo iba a entregar a la policía o que simplemente lo despediría, pero no realmente, simplemente estaba pensando en una ma- nera de hacer las cosas tan bien que no me trajeran ningún problema legal, porque de que sirve hacerse rico si estás entre rejas.
2 semanas después yo mismo recibí a nuestro visitante, había pagado más de 2000 dólares por una hora con cual-
quier hombre negro que le pudiera encontrar, por suerte había un paciente de la costa pacífica que estaba allí por problemas de personalidad múltiple, el “cliente” como los llamaré desde ahora claramente pidió que estuviera ama- rrado y desnudo con la espalda abierta y expuesta, lo que fue un problema serio, ya que el tipo lucho con todas sus fuerzas, tuve que aplicarle un tranquilizante para que se quedara dormido, el cliente salió una hora más tarde de la habitación de castigo con pequeñas líneas de sangre por
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toda la cara, agradeció y se fue, al entrar a la habitación me di cuenta de que el paciente tenía la espalda rasgada hasta el hueso, aparentemente lo habían golpeado con un látigo de cola de burro con alguna superficie afilada en la punta. Me sentí un poco mal por aquel sujeto, pero luego recordé que unas horas antes había tratado de romperme el
cuello y me sentí mejor, el día siguiente era día de visitas y su madre siempre iba a verlo, por lo que había escu- chado recorría al menos 500 KM en bus una vez al mes para ver a su hijo. Cuando llego le hice saber que su hijo había agredido a uno de los enfermeros y que por esa ra- zón debía estar en solitario un mes, la mujer paso de los ruegos a la ira rápidamente, pero se calmó cuando le ofrecí una habitación en el psiquiátrico, tal vez quería ha- cerle compañía a su hijo indefinidamente.
Había ganado 2000 dólares menos los 500 de fausto por una hora de mi tiempo, la empresa tenía potencial, tanto como para taparme de plata en menos de un año, podría abrir un par de clínicas en los Estados Unidos y vivir como un rey por el resto de mi vida.
Los meses siguientes aprendí ciertas lecciones como que las muertes traían mucha atención, incluso si se trataba de familiares de enfermos mentales que apenas podían co- mer, eso no me gustaba, por eso tuve que condicionar a mis clientes para que no se les fuera la mano, por suerte las muertes que tuve fueron justificables como suicidios o muertes naturales, ya que los cadáveres no estaban en ma- las condiciones, todo hubiera sido más simple si me hu- bieran dejado incinerar los cadáveres, pero después de la
 

segunda muerte, la policía local me dejo saber que si lo volvía a hacer podía enfrentar un proceso legal por desa- parición de pruebas. Incluso con estos inconvenientes el número de clientes iba en Asenso, por alguna razón la in- formación se filtró en el extranjero y comenzamos a reci- bir europeos, americanos, asiáticos, incluso algunos co-
mentaban que venían del otro lado del mundo, eso pro- voco que los precios subieran hasta la cifra de 10.000 dó- lares por una hora, en ocasiones pude reconocer personas de la farándula internacional que venían a cumplir todo tipo de depravaciones, pero a quien demonios le impor- taba mientras pagaran la tarifa, a mí no.
Después de un año trabajando en la clínica había logrado reunir más de 1.3 millones de dólares libres de impuestos, tenía lo suficiente para dejar ese lugar y vivir como un rey por el resto de mi vida, era hora de volar lejos. los pacien- tes de la clínica habían empeorado terriblemente, debía- mos mantener a la mayoría de ellos encerrados, ya que se tornaban agresivos, tanto así que dos de ellos habían ma- tado a una enfermera a mordidas, la despedazaron de tal
manera que tuvimos que recogerla con trapeador, yo pre- fería no aparecerme en el pabellón de enfermos, lo único que hacía era enviarles medicación barata para mantener- los tranquilos, pero, aun así, continuaban agresivos. Había pasado de una institución mental a un manicomio en todo el sentido de la palabra. Obviamente, no los culpaba, mu- chos de ellos habían vivido sus peores pesadillas allí aden- tro y en parte debía agradecerles por su sacrificio, ya que sin ellos no estaría nadando en una piscina de dinero, en la
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noche fausto recibió a uno de nuestros clientes más fre- cuentes, hasta donde sabía era un magnate del petróleo que le encantaba someter hombres de todas las formas po- sibles, tal vez se debía a su tamaño, media como mucho un metro cincuenta, se ponía zapatos de tacón para parecer más alto, pero, aun así, continuaba siendo poco más que
un enano. Lo usual era que le tuviéramos dos pacientes, generalmente hombres de talla grande amarrados a una cama en posición de perro y con las piernas separadas, nunca quise mirar que hacía con ellos, pero lo cierto era que casi la mayoría de ellos se suicidaban días después. El pequeño hombre siempre traía un bolso de cuero con cin- cuenta mil dólares en efectivo, por lo general se quedaba más de 5 horas en esas habitaciones, ese día no era la ex- cepción, llego a eso de las 8 PM con unas botas de cuero con punta metálica, una camisa a cuadros y un pantalón claro, al entrar de inmediato le lanzo el bolso lleno de di- nero a fausto, este lo atrapo en el aire mientras el pequeño hombre reía, no tuve ganas de ir al pabellón de los pacien- tes así que me dispuse a contar el dinero en mi oficina, cuando iba en la cuenta de treinta y cinco mil escuche un
grito desde la parte baja, la habitación de castigo estaba insonorizada así que algo andaba realmente mal, salí co- rriendo al primer piso y pude divisar desde la ventana de la puerta magnética que separaba el recibidor de las habi- taciones de los pacientes, una carnicería en todo el sentido de la palabra, el pequeño hombre estaba casi partido por la mitad, sobresalía todas sus viseras cubriendo parte del piso, uno de los pacientes que habíamos amarrado ante- riormente se estaba desangrando por una herida en el
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cuello aparentemente hecha con una navaja, ambos esta- ban tirados en el pasillo que unía las habitaciones. Se po- dían escuchar los gritos de los pacientes golpeando salva- jemente las puertas como si de animales salvajes se tra- tara, de repente fausto salió corriendo de la habitación de castigo cubierto de sangre y presionándose el cuello, antes
de que pudiera llegar a la puerta magnética Ronald un pa- ciente con esquizofrenia paranoide salió tras el cómo un depredador atrapándolo en el pasillo, empezó a arrancarle el rostro a mordidas las cuales se tragaba de inmediato, yo procedí a poner varios sillones del salón para bloquear la puerta, al poner el último el rostro ensangrentado de Ro- nald se pegó a la ventana mirándome fijamente, tuve ga- nas de salir corriendo, pero por alguna razón mi psiquiatra interno sugirió que debía hablarle - ¿cómo te sientes hoy Ronald?- le pregunte - ¿estas consiente de lo que acabas de hacer? el maldito demente mostró una sonrisa de oreja a oreja la cual permitía ver pedazos de carne atrancados en sus dientes - si doctor de hecho estoy más consciente que nunca, creo que usted estará jodido, cuando vean lo que paso aquí, tal vez estoy loco, pero tengo buena memoria -
decía Ronald sin quitar la risotada de su rostro, tal vez es- taba demente, pero tenía mucha razón, lo que había suce- dido era incontrolable, no había forma de hacerlo pasar por un simple accidente, además los amigos del petrolero se encargarían de hacerme la vida imposible, pero luego recordé que no hay nada que yo no pudiera solucionar ya lo había hecho en la universidad cuando chantajee al de- cano con fotos suyas saliendo con una alumna menor de edad, aún me rio cuando recuerdo su cara de estúpido
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dándome el diploma de médico. Pero esta situación era mucho más compleja, Corrí a mi oficina y empecé a poner los fajos de billetes en la mochila de cuero del enano, cuando termine, los puse en el baúl del coche. Había va- rios galones de gasolina en el sótano de la clínica los cua- les usábamos para mantener funcionando la electricidad,
tome dos y empecé a derramarlos por todo el lugar, Ro- nald continuaba mirándome desde la puerta con su sonrisa inmutable, procedí a derramar gasolina por debajo de la puerta confiando en que llegaría hasta la parte trasera del edificio y creo que lo hizo bastante bien, ya que cuando encendí el lugar ardió cuál hoguera vikinga. Mientras me subía al auto escuche los gritos de todos los que una vez llame pacientes.
Me mudé a Miami y abrí un par de clínicas como lo había planeado, la salud de este país definitivamente hace que cualquiera que la ejerza se enriquezca rápidamente.
Aún continuaría tomando piñas coladas en mi casa con vista al mar si no fuera por los amigos del enano, ni si- quiera la policía de mi país pudo, pero ellos por alguna ra- zón dieron conmigo, me golpearon dos días sin pausa y cuando desperté de la paliza estaba vestido completa- mente de blanco en una habitación dos por dos, reí, me reí por mucho tiempo incluso hasta hoy me sigo riendo, mi historia clínica pone “sociopatía con delirios narcisistas tiene tendencias violentas” ahora lo único que me salva del suicidio son las píldoras baratas que me tiran por la ventana. Creo que alguien viene, tal vez su cliente ya
 

 

llego y esté esperando, quien sabe, puede que sea la úl- tima vez que escriba algo, ya que hoy es mi décimo año en este infierno y tengo apetito de mejillas humanas.gustaba tener sexo de maneras poco convencionales, todos tan enfermos como la gente que teníamos en la clínica. También me dejo saber que ahora que yo sabía podían aceptar otros que buscaban cosas un poco más rudas. Ese día me fui al apartamento y por una semana no le dirigí la palabra a fausto, probablemente sospechaba que lo iba a entregar a la policía o que simplemente lo despediría, pero no realmente, simplemente estaba pensando en una ma- nera de hacer las cosas tan bien que no me trajeran ningún problema legal, porque de que sirve hacerse rico si estás entre rejas.
2 semanas después yo mismo recibí a nuestro visitante, había pagado más de 2000 dólares por una hora con cual-
quier hombre negro que le pudiera encontrar, por suerte había un paciente de la costa pacífica que estaba allí por problemas de personalidad múltiple, el “cliente” como los llamaré desde ahora claramente pidió que estuviera ama- rrado y desnudo con la espalda abierta y expuesta, lo que fue un problema serio, ya que el tipo lucho con todas sus fuerzas, tuve que aplicarle un tranquilizante para que se quedara dormido, el cliente salió una hora más tarde de la habitación de castigo con pequeñas líneas de sangre por
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toda la cara, agradeció y se fue, al entrar a la habitación me di cuenta de que el paciente tenía la espalda rasgada hasta el hueso, aparentemente lo habían golpeado con un látigo de cola de burro con alguna superficie afilada en la punta. Me sentí un poco mal por aquel sujeto, pero luego recordé que unas horas antes había tratado de romperme el
cuello y me sentí mejor, el día siguiente era día de visitas y su madre siempre iba a verlo, por lo que había escu- chado recorría al menos 500 KM en bus una vez al mes para ver a su hijo. Cuando llego le hice saber que su hijo había agredido a uno de los enfermeros y que por esa ra- zón debía estar en solitario un mes, la mujer paso de los ruegos a la ira rápidamente, pero se calmó cuando le ofrecí una habitación en el psiquiátrico, tal vez quería ha- cerle compañía a su hijo indefinidamente.
Había ganado 2000 dólares menos los 500 de fausto por una hora de mi tiempo, la empresa tenía potencial, tanto como para taparme de plata en menos de un año, podría abrir un par de clínicas en los Estados Unidos y vivir como un rey por el resto de mi vida.
Los meses siguientes aprendí ciertas lecciones como que las muertes traían mucha atención, incluso si se trataba de familiares de enfermos mentales que apenas podían co- mer, eso no me gustaba, por eso tuve que condicionar a mis clientes para que no se les fuera la mano, por suerte las muertes que tuve fueron justificables como suicidios o muertes naturales, ya que los cadáveres no estaban en ma- las condiciones, todo hubiera sido más simple si me hu- bieran dejado incinerar los cadáveres, pero después de la
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segunda muerte, la policía local me dejo saber que si lo volvía a hacer podía enfrentar un proceso legal por desa- parición de pruebas. Incluso con estos inconvenientes el número de clientes iba en Asenso, por alguna razón la in- formación se filtró en el extranjero y comenzamos a reci- bir europeos, americanos, asiáticos, incluso algunos co-
mentaban que venían del otro lado del mundo, eso pro- voco que los precios subieran hasta la cifra de 10.000 dó- lares por una hora, en ocasiones pude reconocer personas de la farándula internacional que venían a cumplir todo tipo de depravaciones, pero a quien demonios le impor- taba mientras pagaran la tarifa, a mí no.
Después de un año trabajando en la clínica había logrado reunir más de 1.3 millones de dólares libres de impuestos, tenía lo suficiente para dejar ese lugar y vivir como un rey por el resto de mi vida, era hora de volar lejos. los pacien- tes de la clínica habían empeorado terriblemente, debía- mos mantener a la mayoría de ellos encerrados, ya que se tornaban agresivos, tanto así que dos de ellos habían ma- tado a una enfermera a mordidas, la despedazaron de tal
manera que tuvimos que recogerla con trapeador, yo pre- fería no aparecerme en el pabellón de enfermos, lo único que hacía era enviarles medicación barata para mantener- los tranquilos, pero, aun así, continuaban agresivos. Había pasado de una institución mental a un manicomio en todo el sentido de la palabra. Obviamente, no los culpaba, mu- chos de ellos habían vivido sus peores pesadillas allí aden- tro y en parte debía agradecerles por su sacrificio, ya que sin ellos no estaría nadando en una piscina de dinero, en la
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noche fausto recibió a uno de nuestros clientes más fre- cuentes, hasta donde sabía era un magnate del petróleo que le encantaba someter hombres de todas las formas po- sibles, tal vez se debía a su tamaño, media como mucho un metro cincuenta, se ponía zapatos de tacón para parecer más alto, pero, aun así, continuaba siendo poco más que
un enano. Lo usual era que le tuviéramos dos pacientes, generalmente hombres de talla grande amarrados a una cama en posición de perro y con las piernas separadas, nunca quise mirar que hacía con ellos, pero lo cierto era que casi la mayoría de ellos se suicidaban días después. El pequeño hombre siempre traía un bolso de cuero con cin- cuenta mil dólares en efectivo, por lo general se quedaba más de 5 horas en esas habitaciones, ese día no era la ex- cepción, llego a eso de las 8 PM con unas botas de cuero con punta metálica, una camisa a cuadros y un pantalón claro, al entrar de inmediato le lanzo el bolso lleno de di- nero a fausto, este lo atrapo en el aire mientras el pequeño hombre reía, no tuve ganas de ir al pabellón de los pacien- tes así que me dispuse a contar el dinero en mi oficina, cuando iba en la cuenta de treinta y cinco mil escuche un
grito desde la parte baja, la habitación de castigo estaba insonorizada así que algo andaba realmente mal, salí co- rriendo al primer piso y pude divisar desde la ventana de la puerta magnética que separaba el recibidor de las habi- taciones de los pacientes, una carnicería en todo el sentido de la palabra, el pequeño hombre estaba casi partido por la mitad, sobresalía todas sus viseras cubriendo parte del piso, uno de los pacientes que habíamos amarrado ante- riormente se estaba desangrando por una herida en el
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cuello aparentemente hecha con una navaja, ambos esta- ban tirados en el pasillo que unía las habitaciones. Se po- dían escuchar los gritos de los pacientes golpeando salva- jemente las puertas como si de animales salvajes se tra- tara, de repente fausto salió corriendo de la habitación de castigo cubierto de sangre y presionándose el cuello, antes
de que pudiera llegar a la puerta magnética Ronald un pa- ciente con esquizofrenia paranoide salió tras el cómo un depredador atrapándolo en el pasillo, empezó a arrancarle el rostro a mordidas las cuales se tragaba de inmediato, yo procedí a poner varios sillones del salón para bloquear la puerta, al poner el último el rostro ensangrentado de Ro- nald se pegó a la ventana mirándome fijamente, tuve ga- nas de salir corriendo, pero por alguna razón mi psiquiatra interno sugirió que debía hablarle - ¿cómo te sientes hoy Ronald?- le pregunte - ¿estas consiente de lo que acabas de hacer? el maldito demente mostró una sonrisa de oreja a oreja la cual permitía ver pedazos de carne atrancados en sus dientes - si doctor de hecho estoy más consciente que nunca, creo que usted estará jodido, cuando vean lo que paso aquí, tal vez estoy loco, pero tengo buena memoria -
decía Ronald sin quitar la risotada de su rostro, tal vez es- taba demente, pero tenía mucha razón, lo que había suce- dido era incontrolable, no había forma de hacerlo pasar por un simple accidente, además los amigos del petrolero se encargarían de hacerme la vida imposible, pero luego recordé que no hay nada que yo no pudiera solucionar ya lo había hecho en la universidad cuando chantajee al de- cano con fotos suyas saliendo con una alumna menor de edad, aún me rio cuando recuerdo su cara de estúpido
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dándome el diploma de médico. Pero esta situación era mucho más compleja, Corrí a mi oficina y empecé a poner los fajos de billetes en la mochila de cuero del enano, cuando termine, los puse en el baúl del coche. Había va- rios galones de gasolina en el sótano de la clínica los cua- les usábamos para mantener funcionando la electricidad,
tome dos y empecé a derramarlos por todo el lugar, Ro- nald continuaba mirándome desde la puerta con su sonrisa inmutable, procedí a derramar gasolina por debajo de la puerta confiando en que llegaría hasta la parte trasera del edificio y creo que lo hizo bastante bien, ya que cuando encendí el lugar ardió cuál hoguera vikinga. Mientras me subía al auto escuche los gritos de todos los que una vez llame pacientes.
Me mudé a Miami y abrí un par de clínicas como lo había planeado, la salud de este país definitivamente hace que cualquiera que la ejerza se enriquezca rápidamente.
Aún continuaría tomando piñas coladas en mi casa con vista al mar si no fuera por los amigos del enano, ni si- quiera la policía de mi país pudo, pero ellos por alguna ra- zón dieron conmigo, me golpearon dos días sin pausa y cuando desperté de la paliza estaba vestido completa- mente de blanco en una habitación dos por dos, reí, me reí por mucho tiempo incluso hasta hoy me sigo riendo, mi historia clínica pone “sociopatía con delirios narcisistas tiene tendencias violentas” ahora lo único que me salva del suicidio son las píldoras baratas que me tiran por la ventana. Creo que alguien viene, tal vez su cliente ya
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llego y esté esperando, quien sabe, puede que sea la úl- tima vez que escriba algo, ya que hoy es mi décimo año en este infierno y tengo apetito de mejillas humanas.

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