Sonriamos: Hay terror en todo su esplendor
Dirección
Pocas son las secuelas de terror que realmente elevan la idea madre que se planteó en su primera entrega y la llevan a nuevos horizontes sin caer en lo estúpidamente grandilocuente o sin sentido. En el caso de ‘Smile’, desde el mero inicio de la propuesta se podía palpar algún sabor a éxito de culto instantáneo: un ente demoníaco es capaz de volver locas a las personas haciéndoles creer que existen otras que las miran sonriéndoles de manera retorcida todo el tiempo, atrayendo a su entorno un círculo vicioso repleto de paranoia que las obliga a quitarse la vida y así permitirle al ente a ocupar después el cuerpo de otra persona. Esta poderosa capacidad del creador de esta inminente saga, Parker Finn, por entender que el mayor impacto que se puede obtener a la hora de aterrar a la audiencia subyace en no descuidar las formas e introducir los miedos más primitivos y arcaicos dentro de una historia sólida, es lo que hace de sus primeras dos películas el clavo perfecto para explorar un nuevo amanecer en un género que se está reinventando como nunca antes lo había hecho.
Si voy a un plano subjetivo, el miedo a la sonrisa ajena (y la propia también) fue uno de los primeros (sí, son varios los que tengo) que desgraciadamente obtuve de pequeño. Todavía tengo el recuerdo fresco de estar enfermo en la casa de mi abuela cuando tenía seis años, y mientras estaba en la cama esperando por su remedio casero (que era básicamente un té con leche y el agregado de algunas galletitas crackers sumergidas, un invento que ella nombraba “la sopa para curar”), viene antes a decirme que dos personas venían a visitarme. No sé si en ese momento fue producto de mi resfriado o qué, pero nunca voy a olvidar cuando se acercaron dos hermanos de mi abuela a la cama, y uno de ellos (que tenía un agudo retraso mental) me sonrió colocando su rostro prácticamente al lado del mío. Tenía que contarlo para que entiendan mi terror por la sonrisa.

Cuando se anunció que íbamos a tener una continuación de aquella inesperada y exitosa cinta de terror con una de las mejores campañas de marketing de los últimos tiempos (no Longlegs, no hablo de vos) mis expectativas se vieron sacudidas. Smile 2 tenía todo para entrar en el grupo de secuelas olvidables que le pierden pisada a su antecesora: una historia mucho más “moderna”, un poco más presupuesto (sí, te estoy mirando a vos Joker: Folie a Deux) y un fandom que, si bien fue creciendo desde el estreno de la primera entrega dos años atrás, tampoco era tan abultado como para considerarlo masivo. Pero curiosamente también había algo que me decía que esta vez iba a ser diferente. Parker Finn, el encargado de darle vida a este universo lleno de sonrisas siniestras imaginarias, volvió a la silla de director dispuesto a reconfirmar aquello que casi todos presenciamos en el 2022.
La secuela arranca seis días después del final de la primera, en donde Rose regresaba al hogar de su infancia a enfrentar sus traumas y se encontraba con la entidad que terminaría “tragándose” a la joven perturbada, desencadenando en lo único que este ser cósmico/sobrenatural pretende: que te quites la vida. El testigo de ello fue su amigo Joel, que ahora debe pasarle el ente a otra persona antes de que él se quite la vida también. Todo sale bastante mal, pero es esa primera y brutal escena de Smile 2 que rectifica lo grandiosa que son las grandes ideas. El rastro de sangre de una persona arrollada por una camioneta se transforma en una enorme sonrisa roja, y los títulos comienzan junto a la impecable sintética banda sonora de Cristobal Tapia de Veer. Genialidad absoluta.

¿Qué caminos podría haber tomado Finn para esta segunda parte? En una entrevista reciente comentó que el personaje de Joel podía haber tenido muchísimo potencial como el protagonista, y aunque considero a Kyle Gallner uno de los mejores talentos emergentes, creo que tomar la decisión de expandir este universo fue la más correcta e inteligente. La escena inicial deriva en Skye Riley, una mega estrella de pop adicta a las drogas que en la actualidad se encuentra en un pozo depresivo tras haber sufrido un accidente de tránsito junto al que era su pareja, Paul Hudson (interpretado por Ray Nicholson, hijo de Jack y una suerte de homenaje a su Jack Torrance en El Resplandor), un año atrás.
No voy a mentir si digo que en el comienzo esto me parecía una idea terrible que sólo podía ser vista como una excusa para querer integrar a fanáticos del género musical y demás adolescentes que se puedan sentir “identificados” con la historia (ya que hoy en día todos quieren ser mega estrellas de la noche a la mañana). Pero no. Detrás de toda esta pantalla Finn expone sus obsesiones sobre lo que puede significar la pesada carga familiar (sobre todo la maternal, repite en el caso de la primera la sobreprotección y los traumas relacionados con esto), la sobrecarga de fama y la exposición público/mediática. Todo esto junto a un grotesco e impecable body-horror psicológico en el que el director saca a relucir todo tipo de elementos estéticos y narrativos en pos de controlar no sólo los hilos del monstruoso ente en relación con la protagonista, pero así también con nosotros como audiencia.

Y encuentra en la actriz británica Naomi Scott la perfecta (e inesperada para casi todos) encarnación de su Skye Riley. Que gran año están teniendo las mujeres en el género, sobre todo en lo que respecta a interpretaciones. Demi Moore en La Sustancia, Nell Tiger Free en La Primera Profecía, Willa Fitzgerald en Strange Darling…y ahora Naomi Scott. Skye es una suerte de Lady Gaga con mucho glamour por fuera, pero poca autoestima por dentro. En estos tiempos que corren, el director retrata de manera simbólica la persecución mediática por medio del terror, y eso me parece sencillamente maravilloso. La joven es testigo del suicidio de su dealer, Lewis Fregoli*, y qué mejor huésped para el ente sonriente que una cargada de miedos, inseguridades y traumas. La mesa para el terror está servida.
Uno de los aspectos más positivos de esta secuela es que, a pesar de tener un mayor presupuesto (que tampoco es tan disparatada la brecha como si lo hubo entre Joker y su secuela, eso sí me pareció sumamente innecesario y aparte no está reflejado en la continuación de la historia de Arthur Fleck), se aprovechan todos los recursos que el equipo técnico pudo haber tenido a su disposición para entregar una experiencia inmersiva y creativa en cada rincón. Los planos, sugestivos y potentes a la vez, dan fe de la inmensa capacidad de un director con visión. La amalgama perfecta entre lo experimental que tienen las ideas creativas espontáneas con la solidez de una historia redonda que culmina en el plan maestro de una entidad que, en mi opinión, pasará a la historia como una de las más icónicas en algunos años.

La película, lejos de achicarse en cuanto a la cantidad de posibilidades que puede tener el villano de la historia en su afán de enloquecer a huéspedes, propone una demencial puesta en escena en la que nada parece lo que es. La realidad y la ficción creada por Mister Smiley nos deja en jaque a cada momento sin caer en redundantes resoluciones. ¿Será que este repulsivo y asqueroso amante de la sonrisa es invencible? No existe final feliz en Smile 2, y espero que no lo tenga en ninguna de las secuelas que seguramente se estrenarán en el futuro. Por el momento sonriamos: hay terror en todo su esplendor.
*El síndrome de Frégoli es un delirio consistente en la creencia de que una o varias personas conocidas están siendo suplantadas por alguien que utiliza un disfraz o cambia de apariencia de otro modo.
POR JERÓNIMO CASCO
Publicado el 29 de NOVIEMBRE del 2024, 17.22 PM | UTC-GMT -3
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Comentarios 3
En taquilla fue un éxito, aunque es inferior comparado a la primera. Por favor, que haya una tercera. 🤞