Abrazo de madre: la resignificación del trauma
Reseñas generalesCristián Ponce venía ya de dirigir un —para mí— futuro film de culto, Historia de lo oculto (2020), cuando tomó las riendas de una producción brasileña en Abrazo de madre (2024), que tuvo un exitoso pasaje por el Festival de Sitges. La película transcurre en Brasil, durante las trágicas inundaciones de 1996, pero como en su obra anterior el hecho histórico está teñido de lo fantástico y del terror.
La protagonista de la película vivió un hecho traumático de pequeña, algo que está rodeado de ambigüedad pero que se entiende que fue una acción dañina provocada por su madre. Luego de ese momento, ambas se distanciaron y transcurrieron más de 20 años.
Ana se encuentra trabajando como bombera, alejada del deber por una descompensación. Sin embargo, la vuelven a poner en acción y junto a su equipo, recibe la llamada de un extraño geriátrico, en donde una niña se encuentra desamparada y en donde un extraño culto está desarrollando un rito relacionado con una misteriosa criatura.

La obra, como su nombre lo indica, está atravesada por la relación maternal, de madre e hija y por la resolución de traumas pasados pero —como en Alien, por ejemplo—, bajo el tamiz del horror cósmico, que se encuentra trabajado de modo sutil e inteligente.
Ponce ya demostró en Historia de lo oculto su capacidad para explotar al máximo un bajo presupuesto y, mediante la creatividad y la optimización de recursos, hacer que no solo luzca bien, sino que haya una narrativa sólida y con un verosímil logrado. En Abrazo de madre vuelve a aplicar esas mismas características.
La criatura que representa lo sobrenatural en la obra es vista durante sólo unos pocos segundos —se puede apreciar la maestría del ilustrador e historietista Salvador Sanz en su diseño— y esa es una gran decisión. Merodea aquí y allá durante toda la película, pero solo se ven fragmentos de ella, casi siempre —y muy lovecraftianamente— algún tentáculo que otro.

Esa decisión no solo es inteligente respecto a optimizar los recursos, sino que también se corresponde con la esencia del horror cósmico: lo fragmentario realza el terror de lo desconocido; el fuera de plano acrecienta el misterio de lo que no se puede ver, y el propio espectador trabaja su imaginación rellenando lo que no está en pantalla.
En ese sentido, la película también juega muy bien con la inteligencia de quien ve la película. No sobrexplica. Durante casi toda la obra se van plantando pequeños elementos que lindan con lo siniestro y lo insólito pero nunca se desvelan del todo: una foto en blanco y negro en alemán, una tela con extraños mosaicos e ilustraciones grabadas, personas con maquillajes ominosos en sus rostros.
Aparte de la influencia de varios tropos de Alien, es notoria también la presencia de John Carpenter: el film de encierro con una criatura no humana hace recordar también a The Thing. Pero estos elementos se encuentran narrados con un sello propio, tanto en el guion de Gabriela Capello, André Pereira y el mismo Cristian Ponce como en la dirección de este último.

Estos diferentes elementos, sumados a una logradísima atmósfera en la casa durante la que transcurre toda la acción, va aumentando la tensión y logra un pulso constante y atrapante, haciendo que la atención del espectador esté muy cerca de la historia y de la pantalla.
Las interpretaciones son fundamentales para que el relato cobre vida, y Marjorie Estiano da vida a una nueva “scream queen” como lo es Ana, mientras que Javier Drolas (conocido por Medianeras) sobresale como el “falso padre” de Lia o Reynaldo Machado como el compañero de la protagonista cuyas verdaderas intenciones son reveladas recién al final de la obra.
La obra juega a su vez con dos elementos contrapuestos enlazados a su narrativa: el fuego y el agua. El primero como signo de la destrucción y de la herida que dejó la madre de Ana en ella, el segundo —a pesar de su connotación del horror cósmico— como signo de curación.

Y es que como toda película trabajada, por debajo del terror y la acción, se encuentra el arco de la protagonista, la cual tiene más que grabada la cicatriz provocada por su madre: la ve en todas partes, el trauma fue la causante de que la hayan alejado de su puesto. Esto, enlazado a figuras relacionadas con lo maternal (el embrión en el parque de diversiones, por ejemplo) van construyendo la tridimensionalidad de la protagonista.
Y ese mismo arco se resuelve justo al final, tanto a través de las figuraciones del horror cósmico como de su nuevo vínculo con la niña: pudo cortar aquel cordón umbilical que la conectaba con la criatura y pudo abrazar a aquella niña como su madre nunca pudo.
Nota por Alex Dan Leibovich | Periodista | Redactor en Clarín, Peliplat y Erramundos.
Publicado el 27 de octubre del 2024, 11.21 PM | UTC-GMT -3.
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