Cine de terror
Reseñas generalesPara empezar...
“Algo debe de existir en el origen mismo del cine que provoque este pánico exacerbado, mucho más
dependiente de la propia representación que del objeto representado”1.
Desde muy pequeña me sentí atraída por las películas de terror. Ese miedito lindo que hacía que mis manos
se aferraran fuertemente a la butaca debía provocar algún efecto terapéutico capaz de hacerme olvidar, por algunos
momentos, de los monstruos más reales que me ofrecía la pantalla.
Me gustaba asustarme, siempre y cuando me asegurara que tan sólo cerrando los ojos ese mundo de
brujas y personajes siniestros se desvanecería.
Drácula, Frankenstein, el Hombre Lobo y muchos más componen la lista de monstruos y especímenes
extraordinarios que, como afirma Román Gubern, en épocas de inseguridad social logran incorporarse a la sociedad
a través de la pantalla gigante.
Es interesante rescatar que, el cine mismo, fuera de toda categoría genérica, encierra intrínsicamente el
terror. Como bien expresa Carlos Losilla, en la cita que abre este artículo, hay algo en el lenguaje propio del séptimo
arte que lo vincula especialmente con la sensación de miedo. Recordemos aquel 28 de diciembre de 1895 cuando
los hermanos Louis y Auguste Lumiere proyectaron públicamente sus primeras imágenes dentro de las cuales se
encontraba “La llegada del tren”. El lugar elegido para la proyección fue el sótano de un café parisino, donde los
primeros espectadores huyeron despavoridos de la sala pensando que el tren iba a salirse de la pantalla y que los
iba a atropellar a todos. “...Aparece un tren en la pantalla,... Se lanza directamente hacia ti, ¡cuidado!. Da la
impresión de que va a precipitarse en la oscuridad sobre el espectador, convirtiéndolo en un montón de carne
lacerada y huesos astillados, reduciendo a polvo y fragmentos rotos a esta sala y al edificio entero... Pero también
este es un tren de las sombras. Sin un ruido, la locomotora desaparece por el borde de la pantalla” 2Esta descripción
de Máximo Gorky muestra perfectamente la sensación que experimentaron las diferentes personas que concurrieron
a la Salle au Grand-Café aquel lejano 28 de diciembre, día que sin duda alguna se ha convenido en declarar como el
acta de bautismo del cine, convirtiéndolo en el único arte con fecha de nacimiento. “La llegada del tren” es una
secuencia tan mítica que llevó a Orson Wells, prestigioso director norteamericano, a denominar al cine como el más
maravilloso tren eléctrico que se haya inventado, en honor a aquellas primeras imágenes. El cine despierta, de esta
forma, asombro desde las primeras funciones.
Desde su origen el cine está ligado al terror. La impresión de realidad de la que habla Gubern es uno de las
componentes más responsables de esta filiación entre cine y horror. Aunque reconozcamos la irrealidad de los
innumerables monstruos, que a lo largo de la historia el cine nos ha presentado en su pantalla; las imágenes y el
movimiento de este medio nos seducen de manera tal que llegamos a concederle estatuto de veracidad a todo lo
inverosímil que ella nos vende. A diferencia de la literatura que sugiere, el cine “muestra” y hereda ese poder icónico
e indicial surgido anteriormente con la fotografía.
El horror emerge del fuera-campo, de la sintaxis, del propio montaje. Las reglas mismas de este medio de
comunicación producen miedo desde el comienzo de su historia. “Las películas de terror son la forma esencial del
cine, pues su monstruoso contenido se representa a sí mismo en la monstruosa forma de la gigantesca pantalla”3
Hace más de un siglo Máximo Gorky y sus contemporáneos no conocían el lenguaje del cine, no lo habían
incorporado ni interiorizado a su percepción. Hoy en día, lejos de los orígenes de este arte, no nos asustamos al ver
un primerísimo primer plano porque no creemos que es un gigante o una cabeza decapitada, y menos aun, salimos
horrorizados de una sala porque creemos que el tren nos va a aplastar... sin embargo el terror subsiste, se ha
desplazado...
Sin lugar a dudas costó muchos años instalar el lenguaje propio del cine en la sociedad. En la actualidad
está tan arraigado que hasta nos aparece natural. Igualmente no debemos olvidar que, como todo lenguaje, es
arbitrario. Allí son todas convenciones las que rigen ese maravilloso mundo que durante mucho tiempo peleó por su
independencia. Me refiero a una independencia de la literatura, del teatro, de la pintura, de la fotografía...
El cine posee un lenguaje propio, un lenguaje que no tiene lengua; el cine, como expresa Antón Arrufat, toca
su propia música. Esta música, que como anuncié en párrafos anteriores, ya en sus orígenes poseía una importante
carga de horror. Con los años, la misma fue convirtiéndose en cotidiana y natural, reduciendo su parte terrorífica a
uno de los tantos géneros que componen el cine: el género de terror.
El terror se ha desplazado: ya no se produce únicamente por la manera de representar, es decir por el
montaje, la sintaxis, las reglas del cine; en la actualidad se genera más precisamente por el “objeto representado”.
He decidido emprender un ensayo con relación a esta partecita tan maravillosa dentro del mundo del cine
que ocupa el horror. Para lograr mi cometido cuento con bibliografía apropiada dentro de la cual puedo citar textos y
libros elaborados por Carlos Losilla, Román Gubern, Roland Barthes y Rick Altman, entre otros.
Luego de esta breve introducción me gustaría crear tres capítulos que pudieran dar cuenta de tres
reflexiones diferentes de este peculiar género: Un poco de miedo, de historia y de sueños.


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