Emily en Paris, el mejor ejemplo de “es tan mala, que es buena”
Reseñas generalesEl mundo en general suele diferir en todo: desde temas de religión, política y deporte, hasta si la piña es un buen topping para pizzas o no. Todos tenemos una opinión sobre (casi) todo y en un un planeta con billones de habitantes, es normal que existan diferentes puntos de vista. Sin embargo, hay algo en lo que todos parecemos coincidir: sabemos que Emily en París no es buena, pero nos encanta verla. Es por ello que con las críticas en contra pero los números de visualizaciones a su favor, la serie está a punto de estrenar la segunda parte de su cuarta temporada (lo que nos dice el fenómeno que es al menos dentro de Netflix, porque esta decisión de dividir sus temporadas las ha tomado sólo con otras series famosísimas como Stranger Things y Bridgerton), por tal motivo he querido tomarme el tiempo de diseccionar el inesperado éxito de esta serie: ¿por qué si es tan mala no podemos dejar de verlas?
¿De qué trata Emily en París?
Emily en París ha sido creada por Darren Starr, si te suena este nombre es porque probablemente has visto Sexo en Nueva York o Melrose Place, pues es el mismo showrunner de estas series, y se nota.
En esta ocasión, tenemos en el centro de la historia a Emily una publicista que trabaja en una agencia de Chicago y, aparentemente, tiene una vida soñada: un trabajo estable, un buen sueldo, un novio fiel y hasta una jefa con la que se la lleva bien. Precisamente es su jefa la que le cambiará la vida, de alguna u otra forma.
La agencia en la que trabaja Emily ha comprado Savoir, una agencia en Francia, y ahora requieren de una “visión americana” entre sus trabajadores. Cuando están a punto e enviar a la jefa de Emily, esta se entera que está embarazada y no puede ir, entonces ¿quién es su reemplazo? Emily, obviamente. La chica se embarca en un viaje que, se suponía debía ser breve pero ya lleva cuatro temporadas en la ciudad de las luces.
Esto es gracias al fervor que la serie originó por allá en 2020, y parte de ello lo mantiene cuatro años después. Emily en Paris, el mejor ejemplo de “es tan mala, que es buena” y vamos a estudiar este fenómeno de cerca.

Emily en París es aspiracional
En uno de los episodios de Emily en París, Emily confiesa que creció viendo Gossip Girl. Es curioso que hagan mención de esta serie porque ambas tienen mucho en común.
Si bien Gossip Girl iba sobre adolescentes de la elite neoyorquina intentando sobrevivir a sus problemas del primer mundo en el corazón del East Side, y Emily en París se enfoca en una veinteañera intentando encajar en una ciudad diferente a la suya; ambas series romantizan dos ciudades cosmopolitas ultra famosas, convirtiéndolas en personajes en sí mismas, mientras vemos personajes en ropa de marca desfilar por estas calles, y sobrevivir a conflictos superficiales cómo que ropa llevar a un desfile al que tienen que asistir. Sin embargo, si hay algo en lo que realmente se parecen es que son completamente aspiracionales.
Cuando Gossip Girl se estrenó había otra serie sobre adolescentes al aire, Skins. Esta serie iba sobre jóvenes con problemas pero sus conflictos se sentían más reales, muchos estaban enfocados en las relaciones toxicas, las familias disfuncionales o las adicciones. Skins se sentía demasiado auténtica, Gossip Girl era un escape. En esta serie (que también fue un fenómeno de masas) iba sobre adolescentes que vivían la vida a sus anchas, sin rendir cuentas a nadie, sus conflictos iban sobre triángulos amorosos o si serían aceptados en Standford o Yale, todo esto mientras vestían ropa de Saint Laurent, Stella McCartney y Chanel, viajando en limusinas dentro del corazón del East Side, y de vez en cuando Brooklyn. Los adolescentes que veíamos Gossip Girl soñábamos con una vida así pero éramos conscientes de que era imposible experimentar lo que estos personajes vivían, así que lo hacíamos a través de ellos. Algo similar ocurre con Emily en París.
Emily se traslada de ciudad prácticamente por accidente, nada más y nada menos que a la ciudad de las luces. Su trabajo como publicista la convierte en una especie de influencer, por lo tanto tiene acceso a todos los eventos del corazón artístico de París de una u otra manera. El lugar donde vive tiene una vista del centro de la ciudad, su vecino, un chef guapísimo cae rendido por ella, y su mejor amiga la conoce apenas llega a su nueva ciudad. Todo esto mientras recorre las calles de uno de los destinos más codiciados por casi todo el mundo, usando ropa de marca. Como Emily, también vimos Gossip Girl y lo que nos resultaba imposible de aspirar en ese entonces, nos vuelve a suceder con esta serie. La vida de Emily no es que es perfecta (porque hasta sus problemas son los que cualquier chica en sus veinte o mujer en sus treinta desearía tener) es que es una fantasía a la que nadie en la vida real puede aspirar.

Emily en París es consciente de sí misma
Emily en París no se conforma con contar una historia que resulte aspiracional, es que roza los límites de la fantasía porque mucho de lo que se ve y quieren vendernos como “realidad” no lo es.
Los verdaderos parisianos han manifestado su descontento con la serie por muchas razones. Lo primero y lo más obvio: los compañeros franceses de Emily son una panda de estereotipos, pero no sólo eso, es que la chica sobrevivie a Francia sin saber una palabra en francés, sólo con ayuda del traductor de su teléfono, que vamos, para un turista eso está bien pero para alguien que se ha mudado al país por motivos laborales, es bastante dudoso. Ni hablar del hecho de que son sus compañeros los que hablan inglés porque, claro, es más factible aprender otro idioma “en caso de que llegue un compañero extranjero” que intentar hablar por lo menos lo básico del idioma principal del lugar donde vas a vivir los próximos meses de tu vida.
Emily se permite un armario de atuendos que probablemente su salario como publicista (aún siendo muy bueno) no le permitiría pagar. Ni hablar del hecho de que no hay tropiezos donde los ve porque todo, absolutamente todo le sale perfecto. Al menos en el trabajo.
Y por último París, la hermosa París. Incluso los mismos parisinos han reconocido que la serie romantiza demasiado la ciudad y que ese aura de perfecta armonía no es del todo cierto. Esto no es de extrañarse, en otras series lo han hecho con diferentes ciudades (como Nueva York), porque en esta versión de la ciudad de las luces no hay fealdad.
Hay un tipo de contenido creado solamente para entretener, y Emily en París es el mejor ejemplo. Es una serie absurda, desde luego, las situaciones en las que se ve inmiscuida la protagonista son muy improbables y, aunque nos quieran hacer creer, que es humana y se equivoca, todo le sale bien. Nada de lo que sucede en Emily en París huele a realidad y por eso nos encanta. Es nuestro escape por un par de horas cada año. Si Darren Starr se propuso entretener sin más, lo está consiguiendo. Al menos los que escapábamos a las suntuosas calles de Manhattan con Gossip Girl, ahora lo hacemos con Emily en












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