Cine y literatura, relaciones peligrosas
NarrativaSiempre hubo tensiones entre el cine y la literatura. Muchas veces uno puede decir que no leyó un libro pero que vio la película, como si esa correspondencia fuera absoluta, pero son dos experiencias muy distintas.
Hay obras que son fáciles de adaptar y otras casi imposibles (aunque finalmente todo se pueda hacer de alguna forma). Volviendo al párrafo anterior imagino la situación de plantear si alguien leyó El capital, de Marx, y la respuesta fuera “no, pero vi la película”.
Ya la idea misma de adaptación supone una contingencia, una suerte de parche para hacer funcionar lo mismo de otra forma. Por ahora seguiremos usando esa palabra aunque quizás “traspolación” (no aceptada por la Academia), o extrapolación serían más adecuadas. Vamos entonces a revisar, de manera cronológica, la historia de algunos intentos de adaptación, logrados y fallidos.
El caso más extremo cumple cien años
Avaricia (1924), de Erich Von Stroheim, basado en la novela Mc Teague (1899) de Frank Norris, es que reúne más particularidades y de alguna forma inaugura la historia de las tensiones entre cine y literatura. Habría que empezar hablando del método del director, que esquiva cualquier intento de adaptación, a la búsqueda de una fidelidad absoluta. El libro era el guion. Lo que se propuso Von Stroheim fue ir a filmar con el libro, grabar página por página y esto ya implica un primer problema que tiene que ver con la extensión. En general las adaptaciones reducen el contenido de un texto si se trata de una novela y lo amplifican si se trata de un cuento, pero nunca más se vio un intento de ir tan a la par. Nunca más, y en este caso tampoco, ya que el resultado de todo el trabajo del director produjo una película que montada duraba cerca de diez horas, una locura para los parámetros de la época. No existían las series ni las miniseries, ni Mariano Llinás y se entendía que una película así era imposible.
Pero la decisión de los productores fue brutalmente ejemplificadora, volver a montar la película para llevarla a una versión más cercana a las dos horas (hasta ahí una decisión entendible para aquellos tiempos en donde los estudios eran los que mandaban), y deshacerse de todo el material sobrante, que se perdió casi en su totalidad, para siempre.

Con el tiempo se intentó una restauración y hoy circula una versión de unas cuatro horas, con algo de material recuperado y fotos y explicaciones en los lugares perdidos. Nunca veremos esa versión original, pero este se considera el mayor atentado a una obra de arte cinematográfica en la historia. Todo el material que sobrevivió es extraordinario.
Unos años más tarde encontramos una experiencia mucho más feliz, con resultados que conformaron a todos, éxito económico y artístico. Se trata de Viñas de Ira (1940), dirigida por el gran John Ford y basada en la novela del mismo nombre de John Steinbeck, que se había publicado apenas un año antes. La particularidad en este caso pasa por la cercanía entre las dos obras, al punto que en el tráiler de la película solo habla del libro y de su éxito.
La madre de todos los terrores
Es momento de explorar lo que sucede cuando una película obtiene prestigio basándose en una obra literaria que no lo tiene. Hay muchos ejemplos que se podrían mencionar, pero me quedo con uno, Psicosis (1960), de Alfred Hichtcock, basado en la novela del mismo nombre de Robert Bloch que, como en el caso anterior, se había publicado apenas un año antes.
Nadie creyó en esa apuesta del director, a pesar de que ya se había convertido hace rato en una garantía de éxito, tampoco parecía una buena idea hacerla en blanco y negro, en una época en que el cine optaba por el color y la espectacularidad para competir con la cada vez más exitosa televisión (el verdadero terror de los estudios), pero Hitchcock leyó no solo la novela sino el cambio de época y una vez más estuvo un paso adelante que el resto, aportando mucho de su propio talento para moldear el mayor de sus éxitos. Llevó el terror a la intimidad de lo cotidiano en esa mítica escena de la ducha, como la propia TV que se había instalado ya en la intimidad de los hogares.

Podría mencionar ahora algunos casos del cine argentino, pero ya he escrito algo hace poco en mi artículo sobe Cine Malevo. Sólo recordaré el caso Hombre de la esquina rosada (1962), de René Mugica, por el hecho de invertir la premisa anterior, en este caso con un autor extremadamente prestigioso, nada menos que Borges y, sobre todo, por el hecho de que el propio Borges declaró que la película era buena pero su propio cuento no.
El corazón de las adaptaciones
Quisiera señalar ahora aquellos trabajos que intentan conservar la esencia de la obra original pero cambiando radicalmente el tiempo y el lugar en el que suceden, y vuelvo entonces, más que nunca, a aquello de la extrapolación. Un caso ejemplar sería Apocalypse Now (1979), de Francis Ford Coppola, basada en El corazón de las tinieblas (1899), de Joseph Conrad.

Por supuesto que no es el único. Hubo muchísimos intentos de adaptar al cine a Shakespeare y a Cervantes, Don Quijote, por ejemplo tiene más de cien intentos, todos fallidos (y justamente por eso fieles al espíritu quijotesco). De Shakespeare parecería haber infinitas adaptaciones (la cuenta de IMDB da 1856). Muchas de ellas pretenden cambiar las coordenadas de tiempo y lugar, con resultados desastrosos, pero hay por lo menos un caso en el que creo que el intento es válido, y es en el Ricardo III de Richard Loncraine de 1995 que traslada la acción a los años ´30. Dejo al lector la inquietud de ver cómo resolvieron aquello de “mi reino por un caballo”. Y hago una mención de honor para otra adaptación de esa la misma obra, curiosamente del mismo año, Looking for Richard III, dirigida por Al Pacino.
Misiones imposibles
Dejo para el final los casos de libros que parecían imposibles de llevar al cine pero fueron adaptados, y con éxito, contra todo pronóstico. El ejemplo más reciente es el de La pasión según G.H., de Clarice Lispector, escrito en 1964 y cuya película se vio por primera vez en mi ciudad hace 4 días. Pero prefiero hablar de otra película, conocida en Argentina como El ladrón de orquídeas (2002), y dirigida por Spike Jonze, que en inglés se llamó, simplemente, Adaptation. La particularidad es, en este caso, hacer una obra de ficción basada en una de no ficción, cuyo título es precisamente, El ladrón de orquídeas, escrito por Susan Orlean y publicado en 1998. La película de Jonze no intenta en realidad adaptar el libro sino hacer explícita la imposibilidad de adaptarlo, por complejidades propias del proceso pero también por una tóxica intervención de productores de Hollywood que terminan formateando todo producto que intenten vender.

Está protagonizada por un extraordinario Nicolas Cage, que no hace uno sino dos papeles, y todo el asunto está pensado por un guionista absolutamente extraordinario que ya venía trabajando con Jonze, y que pronto se dedicaría a dirigir sus propios guiones, el siempre genial y siempre incómodo Charlie Kaufman.
En todas las obras de Kaufman nada es lo que parece y, como en un juego de cajas chinas, se van superponiendo capas de sentido. La propia historia de ese escritor interpretado por Cage (que para mayor confusión también se llama Charlie Kaufman) se va contaminando con situaciones cliché propias de las películas de Hollywood. Su propia pesadilla hecha realidad.
Sobran ejemplos de adaptaciones complejas. No descarto hacer otro artículo sobre el tema en el futuro cercano, con la esperanza de reunirlos todos en un libro que algún día se transforme en una película.























Comentarios 6
Muy buen articulo para explorar esta union de historias contadas por la literatura y luego verlas adaptadas en peliculas.