Culpa mía
Reseñas generalesLo que sí que no esperaba, y esto lo digo completamente enserio, era tener que convivir con
alguien como Nicholas. Alto, ojazos azules, pelo negro como la noche... ¿suena genial verdad?
Pues no, un rotundo no. Le odio... y bueno, él también me odia a mí. La cosa es ver quien termina
por matarse antes... Porque os lo digo de todo corazón, Nicholas Leister ha sido creado para
amargarme la vida.
¿Quién diría que iba a terminar enamorándome de él?
Espero que os guste la historia de amor de Nick y Noah; he trabajado muy duro en ella y le tengo
mucho cariño, la comparto aquí para que otros puedan conocerlos y enamorarse con ellos :) Me
encanta escribir y puesto que esta no es mi primera novela, dependiendo de como la acoja la
gente decidiré subir las demás! Culpa mía esta registrada en Safe Creative: con el código
#1501142999966 por lo que no se puede copiar o plagiar o difundir por ningún medio. ¡¡Muchas
gracias y espero vuestros comentarios, hacerme saber si os gusta!! ;)
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Prólogo
-Déjame en paz-dijo ella rodeándome para salir por la puerta. La cogí inmediatamente por los
brazos y la obligue a mirarme.
-¿Me puedes explicar qué demonios te está pasando?-le dije furioso.
Ella me miró y vi en sus ojos algo oscuro y profundo que me ocultaba, sin embargo me sonrió sin
alegría.
-Este es tu mundo, Nicholas-me dijo con calma-Simplemente estoy viviendo tu vida, disfrutando
de tus amigos y sintiéndome libre de problemas. Esto es lo que hacéis y esto es lo que se supone
que tengo que hacer yo- dijo y dio un paso hacia atrás para apartarse de mí.
Yo no daba a crédito a lo que oía.
-Has perdido completamente el control-le dije bajando el tono de voz. No me gustaba lo que
veían mis ojos, no me gustaba en quien se estaba convirtiendo la chica de la que yo creía estar
enamorado. Pero pensándolo bien... lo que hacía y como lo hacía... era lo mismo que yo había
hecho, lo mismo que había estado haciendo antes de conocerla; yo la había metido en todas
estas cosas; había sido mi culpa. Era culpa mía que se estuviese autodestruyendo.
De cierta forma habíamos cambiado los papeles. Ella había aparecido y me había sacado del
oscuro agujero en el que yo me había metido, pero al hacerlo había terminado por ocupar mi
lugar.
**He querido compartir este vídeo, porque fué éste videoclip el que me inspiró para escribir el
libro; me encanta esta canción y las imágenes, la letra, todo, creo que la hacen magnifica, y
complementan perfectamente lo que cuento en estas páginas. Espero que os guste el libro, y lo
disfrutéis tanto como yo escribiéndolo! Muchos besos :)**
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Capítulo 1
NOAH
Mientras subía y bajaba la ventanilla del nuevo coche de mi madre, no podía dejar de pensar en
lo que me depararía el siguiente e infernal año que tenía por delante. Aún no dejaba de
preguntarme cómo es que habíamos acabado así, yéndonos de nuestra casa, de nuestro hogar
para cruzar todo el país hasta California. Habían pasado tres meses desde que había recibido la
fatal noticia, la misma que cambiaría mi vida por completo, la misma que me hacía querer llorar
por las noches, la misma que conseguía que suplicara y despotricara como una niña de once
años en vez de diecisiete.
¿Pero qué podía hacer? No era mayor de edad, aún faltaban once meses, tres semanas y dos
días para cumplir los dieciocho y poder largarme a la universidad; lejos de unos padres que solo
pensaban en sí mismos, lejos de aquellos desconocidos con los que me iba tocar vivir porque sí,
de ahora en adelante iba a tener que compartir mi vida con dos personas completamente
desconocidas y para colmo, dos tíos.
-¿Puedes dejar de hacer eso? Me estás poniendo nerviosa-dijo mi madre, al mismo tiempo que
colocaba las llaves en el contacto y ponía en marcha el coche.
-A mi me ponen nerviosa muchas cosas que haces, y me tengo que aguantar-le dije de malas
maneras. El sonoro suspiro que vino en respuesta se había convertido en algo tan rutinario que ni
siquiera me sorprendió.
Pero ¿Cómo podía obligarme? ¿Acaso es que no le importaban mis sentimientos? Claro que sí,
me había respondido mi madre mientras nos alejábamos de mi
querido pueblo de Toronto en Canadá. Todavía no me podía creer que no fuésemos a vivir solas
nunca más; era extraño. Ya habían pasado siete años desde que mis padres se habían separado;
y no de forma convencional ni agradable: había sido un divorcio de lo más traumatico, pero al fin y
al cabo lo había superado... o por lo menos seguía intentándolo; y vivir sola con mi madre me
insuflaba una tranquilidad que sería destrozada nada más llegar a la que sería mi nueva casa.
Yo era una persona que le costaba muchísimo adaptarse a los cambios, me aterrorizaba estar
con extraños; no era tímida pero sí muy reservada con mi vida privada y eso de tener que
compartir mis veinticuatro horas del día con dos personas que apenas conocía me creaba una
ansiedad que me hacía tener ganas de salir del coche y vomitar.
-Aún no puedo comprender por qué no me dejas vivir en casa-le dije intentado poder convencerla
en lo que sería por lo menos la décima vez desde que habíamos salido de casa ayer por la
mañana.-No soy una niña, sé cuidarme, además el año que viene estaré en la universidad y al fin
y al cabo estaré viviendo sola... es lo mismo-dije intentado hacerla entrar en razón y sabiendo que
yo estaba completamente en lo cierto.
-No voy a perderme tú último año de instituto, y voy a disfrutar de mi hija antes de que te vayas a
estudiar; Noah ya te lo he dicho mil veces, quiero que formes parte de esta nueva familia, eres mi
hija, por Dios santo, ¿enserio crees que te voy a dejar vivir en otro país sin ningún adulto y a tanta
distancia de
donde yo estoy?-me contestó sin apartar la mirada de la carretera y haciendo aspavientos con su
mano derecha.
Mi madre no comprendía lo duro que era todo eso para mí. Ella comenzaba su nueva vida con un
marido nuevo que supuestamente la quería pero ¿y yo?
-Tú no lo entiendes, mamá, ¿no te has parado a pensar que este también es mi último año de
instituto? ¿Qué tengo allí a todas mis amigas, mi trabajo, mi equipo...? ¡Toda mi vida, mamá!-le
grité intentando contener las lágrimas que estaban a punto de derramarse por mis mejillas.
Aquella situación estaba pudiendo conmigo, eso estaba clarísimo. Yo nunca y repito, nunca,
lloraba delante de nadie. Llorar es para débiles, para aquellos que no saben controlar lo que
sienten, o en mi caso para aquellos que han llorado tanto a lo largo de su vida que han decidido
no derramar ni una sola lágrima más.
Aquellos pensamientos me hicieron recordar el inicio de toda aquella locura y al igual que
siempre lo hacía, mi cabeza no dejaba de arrepentirse de no haber acompañado a mi madre a
aquel maldito crucero por las islas del Caribe. Porque había sido allí, en un barco en medio de la
nada donde había conocido al increíble y enigmático William Leister.
Si pudiera volver atrás en el tiempo no dudaría ni un instante en decirle que sí a mi madre
cuando se presento a mediados de abril con dos billetes para irnos de vacaciones. Había sido un
regalo de su mejor amiga Alicia, la pobre había sufrido un accidente con el coche y se había roto
la pierna derecha, un brazo y dos costillas. Como
es obvio no podía irse con su marido a la islas Fidji, y por ese motivo se lo regaló a mi madre.
Pero vamos a ver... ¿mediados de Abril? Por aquellas fechas yo estaba con los exámenes finales
y metida de lleno en los partidos de vóley. Mi equipo había quedado primero después de estar en
segundo lugar desde que yo tenía uso de razón, había sido una de las alegrías más grandes de
mi vida; pero ahora viendo las consecuencias de no haber asistido a aquel viaje, devolvería el
trofeo, dejaría el equipo y no me hubiese importado suspender literatura y español, con tal de
evitar que aquel matrimonio se realizara.
¡Casarse en un barco! ¡Mi madre estaba completamente loca! Además se casaron sin decirme
absolutamente nada, me enteré en cuanto llegó, y encima me lo dijo tan tranquila como si casarse
con un millonario en medio del océano fuera lo más normal del mundo... Toda esta situación era
de lo más surrealista, me iba de mi pequeño apartamento en uno de los lugares más fríos de
Canadá para mudarme a una mansión en California, EEUU. Ni siquiera era mi país, aunque mi
madre había nacido en Texas y mi padre en Colorado. Pero aún así me gustaba Canadá, yo
había nacido allí, era cuanto conocía...
-Noah sabes que quiero lo mejor para ti-me dijo mi madre haciéndome regresar a la realidad.-
Sabes por lo que he pasado, por lo que hemos pasado; y por fin he encontrado un buen hombre
que me quiere y me respeta y no me sentía tan feliz desde hace muchísimo tiempo... le necesito y
sé que vas a llegar a quererle, además puede ofrecerte un futuro que
yo nunca podría ni haber imaginado darte.
-Mi instituto en Toronto era muy bueno-dije suspirando al mismo tiempo que pensaba en lo feliz
que estaba mi madre. Hacía muchísimos años que no la veía tan contenta, tan ilusionada. Era
otra persona, y me alegraba por ella pero yo no sabía si iba a poder adaptarme a un cambio tan
radical en mi vida.
-Uno de los mejores institutos...públicos, Noah.-me aclaró mi madre-Ahora vas a poder asistir a
uno de los mejores del país, y vas a poder optar a las mejores universidades...
-Es que yo no quiero ir a una universidad de esas, mamá, ni tampoco quiero que un desconocido
me la pague-dije sintiendo un escalofrío al pensar en que dentro de un mes empezaría en un
instituto pijo lleno de niños ricos.
-No es un desconocido, es mi marido, así que ve haciéndote a la idea-agregó en un tono más
cortante.
-Nunca voy hacerme a la idea-le conteste apartando la mirada de su rostro y centrándola en la
carretera.
-Pues vas a tener que hacerlo porque ya hemos llegado-añadió, haciendo que me incorporara
con los nervios a flor de piel y una sensación extraña en el estómago.-Este es tu nuevo barrio.
Centré mi mirada en las altas palmeras y las calles que separaban las mansiones
extraordinariamente grandes e impresionantes. Cada casa ocupaba por lo menos media manzana
y cada una era diferente de la otra. Las había de estilo inglés, victoriano y también había muchas
de aspecto moderno con las paredes de cristal e inmensos jardines con fuentes y flores. Mi madre
conducía
por allí como si se tratara de su barrio de toda la vida, y comencé a asustarme cada vez más al
ver que a medida que avanzábamos por la calle las casas se iban haciendo cada vez más
grandes.
Finalmente llegamos a un portón de tres metros de altura y como si nada mi madre sacó un
aparatito de la guantera, le dio a un botón y las inmensas puertas comenzaron a abrirse. Volvió a
poner el coche en marcha y bajamos una cuesta rodeada de jardines y altos pinos que
desprendían un agradable olor a verano y mar.
-La casa no está tan alta como las demás de la urbanización, y por ese motivo tenemos las
mejores vistas a la playa.-me dijo con una gran sonrisa. Me giré hacia ella y la observé como si no
la reconociera. ¿Acaso no se daba cuenta de lo que nos rodeaba? ¿No era consciente de que
esto nos quedaba demasiado grande?
No me dio tiempo a formular las preguntas en alto porque finalmente llegamos a la casa. Solo se
me ocurrieron dos palabras:
MADRE MÍA.
La casa era toda blanca con los altos tejados de color arena; tenía por lo menos tres pisos, pero
era difícil de decir ya que tenía tantas terrazas, ventanas, tanto todo... Había un porche
impresionante de cara a nosotras y al ser ya pasadas las siete de la tarde las luces estaban
encendidas, dándole al edificio un aspecto de ensueño. Fuera el sol se pondría dentro de poco y
el cielo ya estaba pintado de muchos colores, que contrastaban con el blanco inmaculado de la
casa. Los grandes postigos del porche medirían por lo menos siete metros y ni hablar de la
impresionante entrada, cuya fuente central
desprendía chorros por mil lugares diferentes.
Mi madre apagó el coche después de haber rodeado la fuente y haber aparcado delante de los
escalones que nos llevarían a la puerta principal. La primera impresión que tuve al bajarme fue de
haber llegado al hotel más lujosos de toda California; solo que no era un hotel era una casa...
supuesta mente un hogar... O por lo menos eso me quería hacer creer mi madre.
En cuanto me bajé del coche William Leister apareció por la puerta. Detrás de él iban tres
hombres vestidos como pingüinos que se apresuraron en acercarse hacia nosotras.
El nuevo marido de mi madre no estaba vestido como yo le había visto en las contadas veces que
me había dignado a estar con él en la misma habitación. En vez de llevar traje o caros chalecos
de marca iba vestido con unas bermudas blancas y un polo de color azul claro. Sus pies estaban
rodeados por unas chanclas de playa y su pelo oscuro: despeinado en vez de arreglado hacia
atrás. Había que admitir que podía entender lo que mi madre había visto en él. El hombre era
muy atractivo. Era alto, bastante más que mi madre y eso que ella ya medía un poco más de uno
setenta; estaba bien cuidado y con eso me refiero a que estaba claro que iba al gimnasio y su
rostro era un rostro bastante elegante, aunque claro está que se notaba los rastros de la edad.
Tenía bastantes arrugas en la frente y a los lados de su boca y su pelo negro expresaba ya
bastantes canas pero que le daban un aire interesante y maduro.
Nos recibió con una gran sonrisa y bajó los escalones para recibir a mi madre que
se le acercó corriendo como una colegiala para poder abrazarle. Yo me tomé mi tiempo, bajé del
coche y me encaminé hacia el maletero para coger mis cosas.
Unas manos enguantadas aparecieron de la nada y tuve que echarme hacia atrás sobresaltada.
-Yo recojo sus cosas, señorita-me dijo uno de los hombres vestidos de pingüino.
-Puedo hacerlo yo, gracias-le contesté sintiéndome realmente incómoda.
El hombre me miro como si hubiera perdido la cabeza.
-Deja que Pret te ayude, Noah-dijo William Leister a mi espalda.
Solté mi maleta a regañadientes y me giré hacia la parejita que se había acercado hacia a mí.
-Me alegro mucho de verte Noah-dijo el marido de mi madre a su lado, sonriéndome con afecto.
A su lado mi madre no dejaba de hacer gestos con su cara para que me comportara, sonriera o
dijera algo.
-No puedo decir lo mismo-contesté yo estirando la mano para que me la estrechara. Sabía que lo
que acababa de hacer era de lo más maleducado pero en aquel instante me pareció lo correcto
decir la verdad.
Quería dejar bien claro cuál era mi posición respecto a este cambio en nuestras vidas.
William no pareció ofenderse y dio un paso hacia adelante para estrecharme la mano entre las
suyas. Me sujetó la mano más tiempo de lo debido y me sentí incómoda al instante.
-Sé que esto es un cambio muy brusco en tu vida, Noah pero quiero que te sientas como en tu
casa, que disfrutes de lo que puedo ofrecerte, pero que sobretodo puedas aceptarme como parte
de tu familia... en algún momento.-agregó
seguramente al ver mi cara de incredulidad. Mi madre a su lado me fulminaba con sus ojos
azules.
Lo único de lo que fui capaz fue de asentir con la cabeza y echarme hacia atrás para que me
soltara la mano. No me gustaba aquellas muestras de afecto, y menos con personas que eran
desconocidos para mí. Mi madre se había casado, muy bien por ella, pero aquel hombre nunca
sería nadie, ni un padre, ni un padrastro, ni nada que se le pareciera. Yo ya tenía un padre, y con
él había tenido más que suficiente.
-¿Qué tal si te enseñamos la casa?-dijo él con una gran sonrisa, ajeno a mi frialdad y mal humor.
-Vamos Noah-dijo mi madre entrelazando su brazo con el mío. No era nada amigable sino todo lo
contrario; de esa forma no podía hacer otra cosa que caminar a su lado.
Las luces de la casa estaban encendidas por lo que no me perdí ni un solo detalle de aquella
mansión demasiado grande hasta para una familia de veinte personas... y ya ni hablar para una
de cuatro. Los techos eran altos, con vigas de madera y grandes ventanales al exterior. Había
una gran escalera en el centro de un salón inmenso que se doblaba hacia ambos lados del piso
superior. Mi madre y su marido me llevaron por toda la mansión, me enseñaron el inmenso salón
con una tele de por lo menos mil pulgadas si es que eso existía, la gran cocina con isla incluida,
cosa que supuse a mi madre le encantaría, ya que al contrario que a mí a ella le encantaba
cocinar. En aquella casa había de todo, desde gimnasio, piscina climatizada, salones para hacer
fiestas y una gran biblioteca
que fue lo que más me impresionó. Me encantaba leer por lo que me quedé de piedra al ver
aquellas estanterías inmensas con miles y miles de libros.
-Tu madre me ha dicho que te gusta mucho leer y escribir.-me dijo William haciéndome despertar
de mi ensoñación.
-Como a miles de personas en este país-le contesté cortante. Me molestaba que se dirigiera a mí
con esa amabilidad, no quería que me hablara, así de fácil. Hubiera preferido que me ignorara.
-Noah-me dijo mi madre clavando sus ojos en los míos. Sabía que la estaba haciendo pasar un
mal rato, pero que se aguantara, a mí me iba a tocar pasar un mal año y no podía hacer nada al
respecto.
William parecía ajeno a nuestro intercambio de miradas y no perdió su sonrisa en ningún
momento.
Suspiré frustrada e incómoda. Aquello era demasiado; diferente, extravagante... no sabía si iba a
ser capaz de acostumbrarme a vivir en un lugar así.
De repente necesitaba estar sola, necesitaba tiempo para poder asimilar las cosas...
-Estoy cansada, ¿puedo ir a la que va a ser mi habitación?-dije en un tono de voz menos duro.
-Claro, el viaje ha sido muy largo, querrás asearte y ponerte cómoda-me dijo William al mismo
tiempo que salíamos de la biblioteca y nos encaminábamos hacia las escaleras.
-El lado derecho de la segunda planta es donde está tu habitación y la de Nicholas. Hay un gran
salón con cine y todo tipo de aparatos electrónicos... Puedes invitar a quien tú quieras a que
venga a pasar el rato, a Nick no le
importará, además de ahora en adelante compartiréis la sala de juegos.
¿La sala de juegos? ¿Enserio? Sonreí como pude intentando no pensar en que de ahora en
adelante iba a tener que convivir también con el hijo de William. No le conocía solo sabía lo que
mi madre me había contado de él y era que tenía 21 años, estudiaba en la universidad de
California, jugaba al fútbol americano y era un pijo insoportable. Bueno eso último lo había
añadido yo, pero seguramente era la verdad.
Mientras subíamos las escaleras no podía dejar de pensar en que de ahora en adelante iba tener
que convivir con dos hombres extraños. Habían pasado diez años desde la última vez que un
hombre, mi padre, había estado en mi casa. Me había acostumbrado a ser solo chicas, solo dos.
Vivir con mi madre nunca había sido un camino de rosas y menos durante mis primeros siete
años de vida; los problemas con mi padre habían marcado mi vida al igual que la de ella y supuse
que al igual que la de miles de personas que sufrían un divorcio; tanto para los adultos como para
los niños

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