Rojo: Fraternité
Reseñas generalesEntre los grandes milagros de la historia del cine, se podría decir que la trilogía del color de Kieślowski es uno de ellos. Ante su reestreno en salas por su 30 aniversario, encuentro la excusa perfecta para escribir sobre esta trilogía, que cada uno de sus títulos conforman los colores de la bandera de Francia. Como soy raro para todo, he decidido escribir de las tres a la inversa, en vez de escribir primero de Azul (1993); luego pensándolo para mis adentros, lo he intentado justificar como un retroceder a esa Francia y a los personajes que ilustró Kieślowski, pero en realidad la razón de empezar por la última es mera estupidez.
Me gusta pensar que este revisitar que vamos a hacer de la trilogía del color, va a hacer que muchos de vosotros que estéis leyendo esto y que por lo que sea no las hayáis visto, os entré el gusanillo de querer visionarlas; si provoco eso, aunque sea en un solo lector, me daré con un canto en los dientes. Porque es un universo fascinante y el cual es casi como una experiencia religiosa en si misma. Cuando hablamos de la fragilidad de la existencia humana, la soledad que ronda nuestras vidas o lo que nos impulsa a tomar según que decisiones, es inevitable recordar en clave cinematográfica la figura de Kieślowski. Pocos directores han sabido retratar con tanta delicadeza lo quebradiza que es nuestra existencia, en un cine tan desolador como bello.

Kieślowski indagó primordialmente en torno a la moralidad, incidiendo en ello de diferentes maneras a lo largo de su carrera como cineasta, en donde en sus inicios resaltaba más su conciencia política (aunque es algo que nunca dejó de tratar en su cine), para luego pasar a hacer un cine más intimo y existencialista.
Rojo (1994) no solo fue la última película de la trilogía del color, también fue la última película que rodó Kieślowski. Al igual que muchos de los finales que encontramos en sus películas, al director polaco le aguardaba una fatídica muerte; algo que aun a día de hoy sigue llenando de tristeza al mundo del cine, porque quién sabe la cantidad de obras maestras que pudo haber hecho todavía. En Rojo (1994) vuelve a trabajar con la maravillosa Irène Jacob, con la cual trabajó en la formidable película La doble vida de Verónica (1991).
Estrenada en el Festival de Cine de Cannes, esta película se alzó con tres nominaciones a los Oscars (incluyendo a Mejor Director), cuatro nominaciones para los BAFTA y siete nominaciones a los Premios Cesar de la Academia del Cine Francés. Y el tiempo, como de cierta manera ha pasado con todo el cine de su director, la ha convertido en una obra maestra inconmensurable, que tras 30 años seguimos recordando.
La película aparte de contar con la presencia de Irène Jacob, contó con la participación de Jean-Louis Trintignant, Frédérique Feder o de Jean-Pierre Lorit, entre otros. Desafortunadamente, Rojo (1994) no se encuentra disponible en ninguna plataforma de streaming de España, en el momento en el que estoy escribiendo esto. Desconozco si en Latinoamérica se encuentra disponible en alguna plataforma de streaming (espero que sí), por lo que, si alguien sabe dónde encontrarla, le agradecería que lo pusiera en la caja de los comentarios.
Realismo fantasioso
La propuesta por la que se destaca Rojo (1994) es por cómo Kieślowski consigue construir una narrativa tanto formal como de fondo, mezclando la fantasía con el realismo. Y esto es algo que Kieślowski ya llevó a cabo anteriormente, pero no deja de ser sorpresivo la manera en que tenía de introducirlo en sus historias. No es como sucede con otros directores donde la misma propuesta acaba produciendo una digresión que evidencia dos mundos muy distintos. Aquí no, aquí forman parte de una misma materia que resulta tremendamente homogénea y que incluso cuesta de distinguir entre lo real y lo llevado por la fantasía. Para hacer eso, ya no solo en el apartado de dirección y edición, sino para darle un sentido narrativo, se necesita de una maestría y de una visión cinematográfica única; algo que él indudablemente tenía.

La puesta en escena tan cuidada que tiene sin buscar grandes florituras, es algo que podemos vislumbrar en Rojo (1994), en la que por lo general (como era habitual en él) no tira de grandes movimientos de cámara a la hora de resolver una secuencia en cuestión; aunque cuando decide mover la cámara, lo hace con una intencionalidad muy abrupta. Y esto último es algo que pasa del mismo modo en la propia historia que cuenta, en la que el aparente sentido estático de su construcción narrativa se ve aplastado de buenas a primeras por lo trágico. No busca efectismos baratos, sino que la grandiosidad surja casi como si de un milagro se tratase. Quizás, una noción parecida, aunque abordada de distinta manera, a la que tenía Bresson con su cine; siendo este último mucho más radical con ello.
El destino que nos une
Toda esta trilogía está concebida desde esa noción tan de Kieślowski, de todas esas pequeñas casualidades que conducen a una realidad común entre distintos personajes. Siempre hay un romanticismo portentoso en sus películas, que resulta desolador por la melancolía que lo tiñe. Hay como un anhelo suyo constante, como incandescente de capturar algo de luz a través de la película, a lo que solo consigue aproximarse. Hay un plano maravilloso en el desenlace final de la película, en la que vislumbramos un barco (que cobrará un significado de tremenda importancia en la parte final) a través de una grieta.
Se sienten como pequeños milagros, como el paraíso al que no nos es permitido acceder (al menos en esta vida), pero que si podemos visualizar; y Kieślowski buscó constantemente el materializarlo, en crear imágenes solidas que nos hablasen directamente y que nos interpelasen como individuos.

Eso lo traza desde cierto voyerismo, que aquí lo vemos retratado de distintas maneras. En Rojo (1994), la figura que más personifica ese aspecto voyeur de Kieślowski, lo vemos mediante el personaje que interpreta Jean-Louis Trintignant, un juez retirado que se pasa el día escuchando las conversaciones privadas de sus vecinos.
Y luego, hay una confrontación constante entre lo cínico (el personaje de Trintignant) y lo fraternal (el personaje de Irène Jacob). Es muy posible que fuera una confrontación interna del propio director, entre su parte más pesimista y abnegada a creer en la bondad humana, y la que quería creer en que el bien prepondera por encima del mal.
Creer en una o en otra queda a elección del espectador, en un final que no consideraría ni trágico ni esperanzador, sino que simplemente es la suma de ciertas casualidades que han llevado a entrelazar aleatoriamente a personas muy dispares entre sí. Un poco es el misterio, lo inefable de la vida lo que se abre ante nosotros en Rojo (1994). Lo frágiles que somos ante lo que nos depara nuestra existencia, y que, en vez de sucumbir al miedo, la historia tiende a encontrar una belleza en ello, un rayo de luz que nos cerciore de que las cosas han valido la pena, pese a todo. En definitiva, Rojo (1994) es una obra maestra absoluta de la cinematografía europea, que sirvió como cierre perfecto para una trilogía inolvidable.










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