Caro Nanni

Reseñas generales

Uno de los mejores momentos de El sol del porvenir es aquel en que un director de cine encarnado por el propio Nanni Moretti tiene una reunión con representantes de Netflix para financiar su proyecto y se encuentra con una negativa fundada en que su personaje principal “no tiene arco dramático”. El redobla la apuesta, diciendo que la vida no viene con arco dramático. Tras eso intentarán negociar lo innegociable mientras los representantes de Netflix no paran de repetir que están en 190 países. Parecen estar hablando en idiomas diferentes.

 

El sol del porvenir tiene un comienzo brillante, no tanto porque en la primera escena se inaugura una nueva red de luz en un barrio de los suburbios de Roma, sino por como esa escena se vuelve cine dentro del cine en una discusión de pre-producción en la que Giovanni (Moretti haciendo -casi- de sí mismo) tiene que lidiar con la ignoracia de algunos miembros de su equipo. Drama, comedia y documental en consonancia para contar una pequeña historia que se cruza con toda la historia del comunismo y sus circunstancias en la Europa de los años ´50.

Productor y director del film dentro del film

De ahí en adelante todo girará en torno a las complicaciones de esa producción histórica y en la enredada vida personal del director, que incluye a una esposa que quiere abandonarlo y es a la vez productora de otra película (Margherita Buy, eterna cómplice), un productor francés caótico (Mathieu Amalric, que en este caso está un poco desaprovechado) y una hija que quiere hacer su propio camino. 

 

A esta altura uno espera algo nuevo y mucho conocido en cada film de Moretti, como si de un Woody Allen no cancelado se tratase. Dosis equilibradas de liviandad y profundidad. Y Moretti en general cumple siempre, o casi siempre (a veces parece demasiado confiado en su comicidad).

La consabida escena musical

Se le pide a Giovanni que cambie, pero él, convencido, persiste en lo suyo, con una combinación de convicción y necedad que es a la vez tierna y agotadora (sobre todo en la convivencia). El mundo alrededor, en permanente cambio, se vuelve incomprensible. Y él no puede más que mirarlo con extrema perplejidad, un recurso repetido pero efectivo. 

 

Giovanni no está dispuesto a abandonar ninguno de sus rituales. Es una obviedad pero hay que decirlo, lo mismo sucede con el propio Moretti, que a lo largo de su filmografía ha registrado algunos cambios pero en la que lo inmutable se impone como bandera. Ni sus seguidores, ni sus detractores, ni aquellos que se mantienen indiferentes han logrado modificar su conducta y sus opiniones. Su pura insistencia se vuelve pura coherencia.

 

El sol del pasado

 

Giovanni “Nanni” Moretti nació en 1953 en Brunico, un municipio de la provincia de Bolzano, al norte de Italia, muy cercano Austria (de ese país tomó, entre otras cosas, su pasión por la Tarta Sacher, un clásico pastel de chocolate con el que nombró a su ya mítica productora de films). Su debut en el largometraje se dió en 1976 con Yo soy un autárquico. También fue el debut de su personaje más recurrente y suerte de alter-ego, Michele Apicella, que se repetiría en Ecce bombo (1978), Sueños dorados (1981) y Bianca (1984).

 

Recién cambiaría de personaje con el joven sacerdote que se reencuentra con su familia en plena crisis personal en La misa ha terminado (1985), película que le valió el Oso de Plata y el Premio especial de Jurado en el Festival de Berlín de 1986. Para muchos críticos es su primera obra maestra.

 

En 1989, con Palombella Rosa, terminaría de consolidar su sistema, cruzando curiosas anécdotas personales con lúcidos apuntes sobre la realidad política italiana y críticas internas a los errores de la izquierda a la que siempre adhiere. Vuelve el personaje de Apicella como un militante y jugador de waterpolo que experimenta una pérdida de memoria. Y se suma su habitual colaborador Silvio Orlando. De todas maneras, aún era poco conocido fuera de Italia.

 

La primera película que pude ver en el cine (y quizás por eso mi preferida), es Caro Diario (1993) que puede también que sea su trabajo más libre y personal. Como carta de presentación es extraordinaria. El formato de diario íntimo, que seguiría sostendiendo, funciona porque él mismo es interesante como personaje.

 

Tras eso sería el momento Aprile (1998), su obra más recordada, que puede verse también como una suma de las dos anteriores, cruzando la historia con máyuscas y con minúsculas, por medio de un nuevo diario personal que dialoga con una realidad política italiana que viró a la derecha en los años '90. Y para los argentinos fue particularmente fácil conectar esa experiencia de la Italia de Berlusconi con la del menemismo que seguíamos atravesando.

 

Luego llegaría La habitación del hijo (2001), un viraje a la pura ficción no vinculada a su propia historia, que explora el dolor por la pérdida con una sensibilidad contenida. Su siguiente trabajo, El caimán (2006) no colmó del todo las expectitivas, con su regreso al terreno conocido de la sátira política y el cuestionamiento indirecto a Berlusconi. También termina siendo indirecta la crítica a la Iglesia católica de Habemus Papa (2011). En los dos casos puede tratarse de expectativas desmedidas y los resultados no han sido parejos. El “gusto a poco” queda más del lado de El caimán mientras que Habemus Papa tiene un gran comienzo con la escena del concilio y la posterior primera sesión de terapia. El propio Moretti se reserva un personaje genial como psicoanalista del Papa, y sólo se puede lamentar que no se haya desarrollado más, optando por una resolución un poco más liviana y lúdica.

 

En el 2015 llegaría Mia madre y en el 2018 Santiago, Italia. La primera es una ficción en la que vuelve a explorar un drama con madurez, secundado una vez más por Margherita Buy, en este caso como su hermana (trabajaron juntos siete veces y siempre es notable la complicidad que generan sus personajes en pantalla). La segunda es un interesante documental sobre la colaboración de la embajada de Italia en Santiago de Chile para recibir refugiados políticos tras el golpe del estado del '73 que lo trajo a Argentina para ser exhibido en el marco del BAFICI de ese año.

 

En el 2021 llegaría su obra más cuestionada, Tres pisos, una película coral cercana al melodrama por la acumulación de desgracias pero narrada con la sobriedad de un drama convencional. Esa indeterminación seguramente le jugó en contra, aunque probablemente sea solo una cuestión de expectativas. Un año después, Moretti sería parte de otro melodrama, El colibrí, aunque en este caso solo como actor, en un film dirigido por Francesca Archibugi. Es buen momento para mencionar que Moretti tiene una carrera paralela como actor con destacados papeles desde la recordada Padre Padrone (1977), de los hermanos Taviani, directores que a su vez son citados en la escena de la reunión con Netflix mencionada al inicio.

 

Una filmografía luminosa, en la que El sol del porvenir aparece entonces como un regreso a los territorios conocidos de sus mejores trabajos, que siempre incluyen ácidas críticas a las contradicciones internas del comunismo que conviven sin problemas con felices secuencias musicales. Que siga el baile entonces. Hay futuro.

Comentarios 2

M
Monica Nicolau21 de mayo de 2024
Hoy vi la película y pude saborearla mejor después de leer el artículo que me permitió conocer más sobre Moretti a quien sólo había disfrutado en Habemus papa
A
ana rita pagura alegria19 de mayo de 2024
Gracias hermoso estimulante invitación a ver todo Moretti!!

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