Costra eterna

Aspectos socioculturales

“Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento”. El epígrafe de Baudelaire que encabeza la monumental novela de Roberto Bolaño: 2666 (2004: 9), condensa la narrativa de la violencia en Latinoamérica; un hiato siempre momentáneo que busca, a través de la reconstrucción alejada o de la contemplación, la llave de entendimiento a los modos y formas de contar y que tiene como sustrato (y a la vez como espejo) el horror empozado, la costra eterna que queda adherida al recuerdo y a la memoria. Quien reparte su escritura entre la verdad y la fantasía suele vivir la experiencia de contradicciones con respecto a afrontar una crónica, pero sin el mínimo conflicto para lograr hacer sucesos verosímiles a través de un simulacro, como si volvieran a suceder con detallada intensidad. “La crónica es la restitución de esa palabra perdida. Debe hablar precisamente porque no puede hablar del todo”. El cronista trabaja con préstamos que se sumergen en el entorno mediante una práctica artificiosa que transmite una verdad ajena, venida de un entorno político social, con una alternancia amarga entre luz y sombra, dual, bifronte con dos caras, que mantienen entre sí un abismo similar a la oposición maldita entre dios y el diablo, la ficción y la realidad, la memoria inconclusa. El recuerdo opaco de algunos que ya no están, esos “testigos no son ni los muertos ni los supervivientes, ni los hundidos ni los salvados, sino lo que queda entre ellos", es imposible no mezclar los testimonios con nuestras propias ficciones (se retribuyen y se acarician simbióticamente). El horizonte del intento de la escritura es sin duda dialogar en base a las consecuencias de la crueldad de la memoria, el cuerpo como objeto imaginario, el desquiciamiento desmesurado. El torturado con las manos cortadas, la lengua cercenada, las atrocidades cometidas, lo conducen a olvidarse de la individualidad de cada fallecido: ésta se transforma en un cuerpo colectivo cuya carne es esa memoria celosamente guardada. El “individuo” se convierte en un libro de registros en masa. Como si fuera un personaje más, quizás el más importante. 

Escribir, por tanto, es un exilio físico, pero también un exilio espiritual con herramientas inquietantes. No hay equilibrios que estén bien resueltos, en este mundo hay algo incómodo y muchas veces la crónica tiene que dar cuenta de eso. Entonces, les pregunto : ¿Recuerdan la fotografía de esos dos jóvenes abrazados sobre un puente a la salida de Sarajevo, él serbio y ella musulmana, muertos por francotiradores mientras intentaban huir para casarse? Fue en 1993 y los medios titularon de inmediato la noticia como “Romeo y Julieta en Sarajevo”. Tal vez sea una demencia pensarlo, pero exactamente para que nunca dos jóvenes deban morir víctimas de conflictos de los que no eran responsables y que, por lo tanto, nunca hubiera existido una fotografía que diera la vuelta al mundo llamada 'Romeo y Julieta en Sarajevo', es que se escribió Romeo y Julieta. Pedro Lemebel, desesperado por levantar desde este lado del mundo una compasión sin fin que preserve a los que vengan de la locura y la violencia, se encarga de enrostrar verdades tan certeras como marginales. En “Carta a Liz Taylor (o esmeraldas egipcias para AZT)” (Lemebel, 2000 [1996]) al mismo tiempo que deconstruye la imagen de diva intocable como modelo supremo de mujer poniendo al descubierto ese otro simulacro que es la mujer fatal, se denuncia la inhumana brecha que separa a los acaudalados burgueses de los pobres, la brecha entre el ícono metropolitano y el sujeto marginal que se traduce a su vez en una distancia entre la vida de los unos y la muerte de los otros, es un relato cerrado por una realidad segregada, parece celebrar la alienación a lo cursi, la coincidencia naturalizada entre la condición social del travesti pobre, su enfermedad y su imposibilidad de acceso a un tratamiento que dignifique su vida. A través de lo que simula ser una carta de un admirador a su diva, la escritura pone en relieve la marginalidad de un cuerpo cuya vida queda fuera de la esfera de “lo humano”, convirtiendo al texto en una crónica que restituye esa palabra perdida.

Las palabras siempre dejan algo implícito: ni siquiera sirve el olvido. El olvido implica tener en la espalda un recuerdo controlado, sometido a voluntad. Propone un pacto, una tregua con el recuerdo, un adiós momentáneo, pero siempre presente. ¿La solución? la amnesia patológica. ¿El oasis de horror? Existe. Y es más abrumador que un desierto de aburrimiento. 

 

 

 

 

Comentarios 1

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@Sehablacinefilo29 de febrero de 2024
Que escrito tan increíble. Una análisis profundo y al mismo tiempo, para mi, placentero de leer. Gracias, espero poder leer más de ti.