Studio Ghibli: el origen del reino de sueños y locura
Reseñas generalesLa industria cinematográfica suele adaptarse a un mundo cada vez más tecnologizado y alienado. Y en ese proceso se pierde muchas veces la esencia con la que nació el cine, el cual se vuelve mero producto. Pero hay un espacio en el que la artesanía y la autenticidad no mueren y en el cual se sigue teniendo fe en el arte como transformadora del mundo: Studio Ghibli.

Tres mentes fueron la cabeza de aquel lugar: Hayao Miyazaki, Isao Takahata y Toshio Suzuki. Ya habían tenido experiencia en el campo de la animación e incluso ya habían trabajado juntos con anterioridad. La figura de Takahata era para Miyazaki la de un maestro. Colaboraron en múltiples proyectos como Las aventuras de Hols el príncipe del sol (1968), Heidi (1974), Marco: de los Apeninos a los Andes (1976) o Conan, el niño del futuro (1978). Sin embargo, llegó cierto momento en que decidieron emprender su propio camino, libres de las cadenas de los estudios en los que eran empleados.
La primera brisa
Miyazaki había comenzado a escribir en 1980 un libro que hoy se puede encontrar en librerías: El viaje de Shuna. En él ya se exploraban muchas temáticas que luego abordaría en futuras películas: la importancia de la naturaleza, el rol protagónico de mujeres fuertes, la imaginería inspirada en la fantasía, el folclore y la mitología y cierto aire a “bildungsroman”, novela de crecimiento o lo que hoy se llamaría “coming of age”.

Mientras, intentaba llevar a la pantalla obras como Rowlf, del historietista underground estadounidense Richard Corben, o Cuentos de Terramar, de Ursula K. Le Guin, autora en la que siempre se inspiró y con la cual comparte varios ejes temáticos. Sin embargo, los proyectos terminaron cayendo por temas de copyright u otros factores. Años más tarde, Gorō Miyazaki, el hijo de Hayao, haría una película inspirada en la obra de Le Guin, aunque con una recepción disímil.
En el año 1982 Miyazaki comenzó a escribir un manga propiamente dicho: Nausicaä del valle del viento. Y los planetas de alguna forma se alinearon. Fue en ese momento en el que conoció a Toshio Suzuki, jefe de redacción de la revista Animage, en la que se publicaba el manga. Y él fue quien lo incentivó a hacer la historia en ese formato hasta que se pudiera llevar a la pantalla.

Dos años después, tras el éxito de la publicación, surgió el primer largometraje basado en el manga, financiado por Topcraft y hecho por el equipo que más tarde conformaría el icónico estudio: Hayao Miyazaki como director, Isao Takahata como productor y Toshio Suzuki como parte del comité de producción.
La película fue un éxito en taquilla. Y pronto se dieron cuenta que para realizar sus propios proyectos con total libertad y creatividad, necesitaban de un estudio propio. Así fue que el 15 de junio de 1985 fundaron su propia compañía, a la cual bautizaron “Studio Ghibli”.
Un huracán renovador
El vocablo deriva de una palabra italiana, el cual designa al viento cálido que sopla en el Sahara, y fue a la vez fue el nombre de un famoso avión. Como bien dice Laura Montero Plata en su libro El mundo invisible de Hayao Miyazaki: “Miyazaki quería dejar patente su intención de convertirse en un huracán renovador dentro de la industria de la animación, un anhelo transformador que implicaba la confección de películas con significado”.

Y es que en los años ochenta la producción de animes creció de forma descomunal. Pasó de ser un pequeño semillero de series y películas destinadas al público japonés a una cada vez mayor industria internacional. En este sentido, tanto Miyazaki, Takahata como Suzuki coincidían en hacer obras que surgieran de un impulso artístico y artesanal. Se habían propuesto tres ejes: un guión cuidado, una especial atención en la psique de sus personajes y una calidad gráfica detallista tanto en los paisajes como en el movimiento.
Así, El castillo en el cielo fue la primera película estrenada bajo el sello Ghibli en el año 1986. Y aunque tuvo un éxito menor al de Nausicaä del valle del viento la taquilla fue suficiente para financiar otros proyectos. Toshio Suzuki fue de nuevo una mente maestra a la hora de proyectar el futuro de Ghibli. Tras ser rechazada por una editorial una idea basada en ilustraciones que había hecho Miyazaki —y a la cual el productor había bautizado como Mi vecino Totoro—, Suzuki propuso a otra productora su participación en adaptar la novela corta de Akiyuki Nosaka, La tumba de las luciérnagas.

Así nació una idea original y casi inédita, la cual marcaría el modus operandi del estudio en los años venideros: un estreno simultáneo de dos películas hechas por las cabezas creativas de Ghibli. Obras tan diferentes como Mi vecino Totoro y La tumba de las luciérnagas, de Miyazaki y Takahata respectivamente se estrenaron en abril de 1988.
El viento continúa
Si bien el éxito de aquel estreno no fue impactante, sí fue suficiente como para seguir financiando nuevas obras. Y fue recién con Nicky la aprendiz de bruja (1989) que ocurrió el primer gran éxito comercial ára Ghibli, con cerca de 41,8 millones de dólares de recaudación. Este factor, junto con la decisión de hacer merchandising de Mi vecino Totoro supuso una fuerte base económica, lo que confluyó en mudarse a un nuevo edificio en la ciudad de Koganei, en Tokio, en 1992, donde sigue estando actualmente.

De alguna forma, su meta se cumplió. Studio Ghibli fue un huracán transformador de la industria animada. Su modelo de trabajo artesanal y motivado por un profundo deseo transformador generó películas como Princesa Mononoke, Recuerdos del ayer, Susurros del corazón, Mis vecinos los Yamada, El viaje de Chihiro, Pompoko, El castillo vagabundo, El relato de la princesa Kaguya y El viento se levanta, entre tantas otras. Y ahora, en pleno 2024, se estrenó El chico y la garza, la onceava cinta de Miyazaki dentro del estilo de Ghibli. Pero esa es otra historia.












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