
Perdiendo el juicio (2025)★ 7.4/10
- Drama
Dirección: Pablo Guerrero, María Togores, Humberto Miró, Jaime Olías
Guion: Javier Holgado, Susana López Rubio, Jaime Olías
La prestigiosa abogada Amanda sufre una grave crisis de TOC durante un juicio de alto riesgo.
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Tefita *_*6 de julio de 2026
Tefita *_*6 de julio de 2026Contiene spoilers
Perdiendo el juicio: cuando la salud mental deja de ser un detalle y pasa a ser la protagonista
Alerta de spoilers!
Perdiendo el juicio es una de esas series que recomiendo sin dudar. No solo por su trama, que consigue mantener el interés capítulo tras capítulo, sino también por las actuaciones, especialmente la de Elena Rivera en el papel de Amanda, una abogada brillante cuya vida cambia por completo tras un episodio profundamente traumático.
Amanda está casada, espera un hijo y atraviesa uno de los momentos más importantes de su carrera profesional. Sin embargo, justo antes de comenzar un juicio pierde a su bebé. En lugar de detenerse, priorizar su salud o darse el espacio para atravesar ese dolor, decide seguir adelante con el caso. Esa necesidad de sostener su imagen de profesional impecable termina pasándole factura y, en pleno juicio, todo se desmorona.
A partir de allí, la serie muestra cómo Amanda desarrolla un trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) que modifica por completo su vida. Deja de ejercer como abogada, permanece aislada durante un tiempo, aparecen las obsesiones relacionadas con la higiene, el contacto con otras personas y la ansiedad social, mientras su exmarido se hace cargo económicamente de ella. Cuando esa ayuda deja de existir, se ve obligada a intentar recuperar su independencia y volver a trabajar, enfrentándose no solo a su enfermedad, sino también a los prejuicios de quienes la rodean.
Uno de los mayores aciertos de la serie es que no convierte el TOC en un simple recurso dramático. La historia está narrada desde la perspectiva de Amanda y permite al espectador comprender, aunque sea por un momento, cómo se vive el día a día con un trastorno de salud mental. No busca que sintamos lástima por ella, sino que entendamos el enorme esfuerzo que implica realizar acciones que para la mayoría parecen simples.
También me gustó especialmente el papel del pequeño bufete que decide darle una oportunidad. Lejos de juzgarla o exigirle que funcione exactamente igual que antes, sus compañeros hacen pequeñas adaptaciones para que pueda desempeñarse profesionalmente. Es un recordatorio de que la inclusión muchas veces no requiere grandes gestos, sino voluntad, empatía y la capacidad de comprender que no todas las personas parten del mismo lugar.
Paradójicamente, aquello que muchas personas consideran una limitación termina convirtiéndose en una fortaleza. Su atención al detalle, la necesidad de observar cada elemento y su forma particular de procesar la información le permiten encontrar pistas y resolver casos que otros pasan por alto. La serie muestra así que una condición de salud mental no define el valor ni las capacidades de una persona.
Más allá de ser un muy buen drama judicial, Perdiendo el juicio invita a reflexionar sobre cómo la sociedad sigue entendiendo la salud mental. Todavía faltan herramientas para acompañar a quienes conviven con estos trastornos, tanto en el ámbito laboral como en el personal. No alcanza con el tratamiento psicológico o farmacológico: también hace falta una red de contención, comprensión y espacios donde las personas puedan seguir desarrollando su vida sin ser reducidas a un diagnóstico.
Por eso creo que esta serie vale la pena. Porque entretiene, emociona y, al mismo tiempo, nos recuerda que detrás de cada trastorno hay una persona que sigue teniendo sueños, talentos y muchísimo para aportar cuando encuentra un entorno dispuesto a acompañarla en lugar de juzgarla.
Alerta de spoilers!
Perdiendo el juicio es una de esas series que recomiendo sin dudar. No solo por su trama, que consigue mantener el interés capítulo tras capítulo, sino también por las actuaciones, especialmente la de Elena Rivera en el papel de Amanda, una abogada brillante cuya vida cambia por completo tras un episodio profundamente traumático.
Amanda está casada, espera un hijo y atraviesa uno de los momentos más importantes de su carrera profesional. Sin embargo, justo antes de comenzar un juicio pierde a su bebé. En lugar de detenerse, priorizar su salud o darse el espacio para atravesar ese dolor, decide seguir adelante con el caso. Esa necesidad de sostener su imagen de profesional impecable termina pasándole factura y, en pleno juicio, todo se desmorona.
A partir de allí, la serie muestra cómo Amanda desarrolla un trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) que modifica por completo su vida. Deja de ejercer como abogada, permanece aislada durante un tiempo, aparecen las obsesiones relacionadas con la higiene, el contacto con otras personas y la ansiedad social, mientras su exmarido se hace cargo económicamente de ella. Cuando esa ayuda deja de existir, se ve obligada a intentar recuperar su independencia y volver a trabajar, enfrentándose no solo a su enfermedad, sino también a los prejuicios de quienes la rodean.
Uno de los mayores aciertos de la serie es que no convierte el TOC en un simple recurso dramático. La historia está narrada desde la perspectiva de Amanda y permite al espectador comprender, aunque sea por un momento, cómo se vive el día a día con un trastorno de salud mental. No busca que sintamos lástima por ella, sino que entendamos el enorme esfuerzo que implica realizar acciones que para la mayoría parecen simples.
También me gustó especialmente el papel del pequeño bufete que decide darle una oportunidad. Lejos de juzgarla o exigirle que funcione exactamente igual que antes, sus compañeros hacen pequeñas adaptaciones para que pueda desempeñarse profesionalmente. Es un recordatorio de que la inclusión muchas veces no requiere grandes gestos, sino voluntad, empatía y la capacidad de comprender que no todas las personas parten del mismo lugar.
Paradójicamente, aquello que muchas personas consideran una limitación termina convirtiéndose en una fortaleza. Su atención al detalle, la necesidad de observar cada elemento y su forma particular de procesar la información le permiten encontrar pistas y resolver casos que otros pasan por alto. La serie muestra así que una condición de salud mental no define el valor ni las capacidades de una persona.
Más allá de ser un muy buen drama judicial, Perdiendo el juicio invita a reflexionar sobre cómo la sociedad sigue entendiendo la salud mental. Todavía faltan herramientas para acompañar a quienes conviven con estos trastornos, tanto en el ámbito laboral como en el personal. No alcanza con el tratamiento psicológico o farmacológico: también hace falta una red de contención, comprensión y espacios donde las personas puedan seguir desarrollando su vida sin ser reducidas a un diagnóstico.
Por eso creo que esta serie vale la pena. Porque entretiene, emociona y, al mismo tiempo, nos recuerda que detrás de cada trastorno hay una persona que sigue teniendo sueños, talentos y muchísimo para aportar cuando encuentra un entorno dispuesto a acompañarla en lugar de juzgarla.










