
Rodrigo D: No futuro (1990)★ 7.4/10
- Crimen
- Drama
- Música
Dirección: Víctor Gaviria
Guion: Juan Guillermo Arredondo, Luis Fernando Calderón, Ramón Correa, Víctor Gaviria, Angela Perez
Rodrigo, un joven en Medellín, se refugia en la música punk mientras rechaza la violencia y el ciclo de muerte que domina la ciudad que lo margina.
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Ramiro MenesesRodrigo D (Rodrigo Alfonso)
Carlos Mario RestrepoAdolfo
Jackson Idrian GallegoRamon
Vilma DíazVilma hermana de Rodrigo
Oscar HernándezPadre de Rodrigo
Irene de GalvisMadre de Adolfo
Wilson BlandónEl Alacrán
Leonardo Favio SánchezFrancis 'Burrito'
Johana Hernández
John Jairo GómezJohncito
Albeiro CardonaHermano menor
Dora CanoCuñada de RodrigoVideos
Ver todo ›Premios · 0 premios, 1 nominaciones
Ver todo ›- NominadoCannes Film Festival 1990Palme d'Or · Palma de Oro
Reseñas
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David Guzmán Quintero9 de octubre de 2024
David Guzmán Quintero9 de octubre de 2024«¿Por qué a esa generación de los 90’ se le denominó la generación del No futuro?», le pregunté hace tiempo a mi madre. «Porque ese futuro era… negro, oscuro», me respondió.
Para aquel entonces se habían instalado en las comunas de Medellín las llamadas Escuelas de sicarios, que no eran otra cosa que jovencitos reclutados por el cartel de Medellín para pagarles por matar gente; la muerte prematura por dinero fácil, parecía un trato justo. Y, más al sur de la ciudad, en los barrios ricos, tampoco escampaba: también sufrían las frecuentes bombas que explosionaban. «Suena muy feo. Pero uno como que se acostumbró», también decía mi madre. Colombia era pues un turbulento país de masacres de un lado y del otro, y Medellín era su más alto representante, incluso sobre otras ciudades donde también habían carteles y los índices de homicidios tampoco eran precisamente bajos, como Cali. El arte, siempre dispuesto a poner un espejo frente a la sociedad, no se quedó quieto con esta situación. El mismo año que se estrenó la primera película larga de Víctor Gaviria, se publicó No nacimos pa’ semilla, de Alonso Salazar, un compilado de testimonios de esta generación que se ha convertido en cultura general para los paisas, un retrato de la filosofía de los jóvenes que se encaminaban en una vida fugaz, con sus mañas, sus costumbres, sus creencias, sus familias… Parece que estoy hablando ya de la película, ¿no? Pues el valor de ambas obras radica en que esta fue la ciudad que nos parió, que nos tocó caminar y que enterró a tanta gente de 16 a 20 años; no nos queda de otra mas que abrazar esta sociedad y mirar con desamparo sus calles y sus gentes.
Mientras los jóvenes estaban ocupados escuchando punk, haciendo sus tokes en sus terrazas y pasándose la vida entre pielrojas y marihuana, los adultos parecen consumidos por sus tangos de Gardel, por sus trabajos y unos esperando —impacientes, paradójicamente— la muerte de sus vástagos y otros criticando el no hacer nada de estos mismos.
Es un verdadero infortunio el que los equipos técnicos de entonces no fueran esencialmente buenos como para hacer diálogos audibles y visuales nítidas… un infortunio para otras películas, no para Rodrigo D… Pues la carencia de sofisticación técnica hizo a esta película más hosca de lo que es por sí misma, realzó esa atmósfera agreste que impactaría directamente a los espectadores de todo el mundo y así presentar a Medellín como esta ciudad que se alza por entre las bucólicas montañas por un lado y por las laderas urbanas habitadas por desplazados, sicarios y prostitutas, pero también por madres, estudiantes y tenderos, por otro.
Para aquel entonces se habían instalado en las comunas de Medellín las llamadas Escuelas de sicarios, que no eran otra cosa que jovencitos reclutados por el cartel de Medellín para pagarles por matar gente; la muerte prematura por dinero fácil, parecía un trato justo. Y, más al sur de la ciudad, en los barrios ricos, tampoco escampaba: también sufrían las frecuentes bombas que explosionaban. «Suena muy feo. Pero uno como que se acostumbró», también decía mi madre. Colombia era pues un turbulento país de masacres de un lado y del otro, y Medellín era su más alto representante, incluso sobre otras ciudades donde también habían carteles y los índices de homicidios tampoco eran precisamente bajos, como Cali. El arte, siempre dispuesto a poner un espejo frente a la sociedad, no se quedó quieto con esta situación. El mismo año que se estrenó la primera película larga de Víctor Gaviria, se publicó No nacimos pa’ semilla, de Alonso Salazar, un compilado de testimonios de esta generación que se ha convertido en cultura general para los paisas, un retrato de la filosofía de los jóvenes que se encaminaban en una vida fugaz, con sus mañas, sus costumbres, sus creencias, sus familias… Parece que estoy hablando ya de la película, ¿no? Pues el valor de ambas obras radica en que esta fue la ciudad que nos parió, que nos tocó caminar y que enterró a tanta gente de 16 a 20 años; no nos queda de otra mas que abrazar esta sociedad y mirar con desamparo sus calles y sus gentes.
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Es un verdadero infortunio el que los equipos técnicos de entonces no fueran esencialmente buenos como para hacer diálogos audibles y visuales nítidas… un infortunio para otras películas, no para Rodrigo D… Pues la carencia de sofisticación técnica hizo a esta película más hosca de lo que es por sí misma, realzó esa atmósfera agreste que impactaría directamente a los espectadores de todo el mundo y así presentar a Medellín como esta ciudad que se alza por entre las bucólicas montañas por un lado y por las laderas urbanas habitadas por desplazados, sicarios y prostitutas, pero también por madres, estudiantes y tenderos, por otro.














