
Cleopatra (1963)★ 7.6/10
- Drama
- History
- Romance
- Biography
Directed by: Joseph L. Mankiewicz, Rouben Mamoulian
Written by: Joseph L. Mankiewicz, Ranald MacDougall, Sidney Buchman, Plutarch, Suetonius
Queen Cleopatra VII of Egypt experiences both triumph and tragedy as she attempts to resist the imperial ambitions of Rome.
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- NomineeGolden Globes, USA 1964Golden Globe · Best Supporting Actor
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M
Mr. PhAugust 21, 2026
Mr. PhAugust 21, 2026Contains spoilers
En 1963, Cleopatra llegó a las pantallas convertida en uno de los acontecimientos cinematográficos más desmesurados de su tiempo. Dirigida por Joseph L. Mankiewicz y concebida a una escala casi imposible, la película fue célebre por sus decorados monumentales, sus miles de extras, sus vestuarios, sus dificultades de producción y un presupuesto que terminó adquiriendo proporciones legendarias. Sin embargo, detrás de todo ese espectáculo existe una razón fundamental por la que Cleopatra permanece en la memoria colectiva: Elizabeth Taylor.
La actriz no interpreta simplemente a Cleopatra; consigue construir una presencia que domina la película incluso cuando permanece inmóvil. Desde su primera aparición, Taylor comprende que el poder de la reina egipcia no reside únicamente en su belleza, sino en su capacidad para convertir su propia imagen en un instrumento político. Su Cleopatra es seductora, orgullosa, vulnerable, calculadora y apasionada, y justamente esa combinación de cualidades contradictorias evita que el personaje quede reducido a la tradicional imagen de la femme fatale. Taylor dota a la reina de una inteligencia perceptible, de una voluntad férrea y, al mismo tiempo, de una fragilidad que aflora cuando el poder político comienza a mezclarse con el deseo.
La dimensión física de su interpretación es inseparable de su trabajo actoral. Los célebres vestuarios, las joyas, el maquillaje y las gigantescas escenografías podrían haber convertido a Cleopatra en una figura puramente decorativa, pero Taylor utiliza todos esos elementos como extensiones de la personalidad del personaje. Su mirada, sus pausas, la manera de caminar o de girar el rostro adquieren una importancia casi coreográfica. En una película construida alrededor del exceso, la actriz consigue algo paradójico: hacer que el espectáculo parezca depender de su presencia y no al revés.
La relación con Julio César, interpretado por Rex Harrison, revela especialmente bien esa complejidad. Taylor no presenta a Cleopatra como una mujer que simplemente seduce al poderoso romano, sino como una soberana que entiende perfectamente el valor político de su vínculo con él. Más adelante, frente a Marco Antonio, encarnado por Richard Burton, la interpretación adquiere otra temperatura. La pasión entre ambos actores, alimentada además por su célebre relación sentimental fuera de la pantalla, introduce una dimensión emocional que atraviesa buena parte de la película. Allí Taylor abandona parcialmente la calculada majestuosidad de la reina y permite que aparezca una mujer atrapada entre el amor, la ambición, los celos y el miedo a perder aquello que ha conquistado.
Es precisamente esa capacidad para alternar majestuosidad e intimidad lo que convierte su trabajo en una interpretación emblemática. Cleopatra podría recordarse como una superproducción excesiva, como uno de los ejemplos más extremos del gigantismo del Hollywood clásico, pero la actuación de Elizabeth Taylor le proporciona un centro humano y dramático. La actriz convierte a una figura histórica rodeada de mito en un personaje capaz de despertar admiración, deseo, compasión y temor.
Con el paso de las décadas, muchas de las dimensiones de Cleopatra han envejecido de manera evidente, mientras que la interpretación de Taylor conserva una fuerza particular. Su Cleopatra pertenece tanto al antiguo Egipto imaginado por Hollywood como al propio siglo XX que la convirtió en un icono. En ella confluyen la actriz, la estrella y el personaje histórico, hasta el punto de que resulta difícil separar a Cleopatra de la imagen que Taylor creó. Esa es, quizá, la verdadera dimensión de su legado: no necesitó interpretar a una leyenda; consiguió convertirse, ella misma, en parte inseparable de ella.
La actriz no interpreta simplemente a Cleopatra; consigue construir una presencia que domina la película incluso cuando permanece inmóvil. Desde su primera aparición, Taylor comprende que el poder de la reina egipcia no reside únicamente en su belleza, sino en su capacidad para convertir su propia imagen en un instrumento político. Su Cleopatra es seductora, orgullosa, vulnerable, calculadora y apasionada, y justamente esa combinación de cualidades contradictorias evita que el personaje quede reducido a la tradicional imagen de la femme fatale. Taylor dota a la reina de una inteligencia perceptible, de una voluntad férrea y, al mismo tiempo, de una fragilidad que aflora cuando el poder político comienza a mezclarse con el deseo.
La dimensión física de su interpretación es inseparable de su trabajo actoral. Los célebres vestuarios, las joyas, el maquillaje y las gigantescas escenografías podrían haber convertido a Cleopatra en una figura puramente decorativa, pero Taylor utiliza todos esos elementos como extensiones de la personalidad del personaje. Su mirada, sus pausas, la manera de caminar o de girar el rostro adquieren una importancia casi coreográfica. En una película construida alrededor del exceso, la actriz consigue algo paradójico: hacer que el espectáculo parezca depender de su presencia y no al revés.
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